La escena lo dice todo. Un joven de 17 años, en medio de una multitud de entre 30.000 y 40.000 personas en Jantar Mantar, grita una consigna que hasta hace poco habría sido impensable en la India de Narendra Modi. El movimiento que lleva el nombre de cucaracha —tomado de un comentario despectivo del presidente del Tribunal Supremo del país, quien comparó a los jóvenes desempleados con «cucarachas» y «parásitos»— acaba de obtener su primera victoria concreta: según consigna la revista TIME, el movimiento ganó «una victoria clave» con la renuncia del ministro de Educación, Dharmendra Pradhan.
La noticia sacudió a la clase política india. No tanto por el cargo vacante, sino por lo que implica: por primera vez en años, el aparato político de Modi cedió ante una presión que no venía de la oposición tradicional, sino de jóvenes que, en palabras del historiador y novelista Mukul Kesavan, llegaron a la calle «en un estado de perfecta inocencia política».
Un desafío que viene de adentro
Kesavan, uno de los escritores más reconocidos de India, lleva décadas asistiendo a manifestaciones en Jantar Mantar. Nunca había visto algo así. «No necesariamente en términos de tamaño, aunque fue muy grande», le dijo a TIME, «sino porque era tan joven». A diferencia de las protestas organizadas por sindicatos, asociaciones universitarias o grupos de izquierda, este movimiento no tiene una estructura visible. Sus participantes, según el historiador, simplemente aparecieron porque sentían «una crisis existencial en sus vidas jóvenes».
El perfil de quienes protestan complica enormemente la respuesta del gobierno. No se trata de una minoría disidente ni de activistas de izquierda: son, en palabras de Kesavan, «personas de clase media, en su mayoría hindúes, de castas medias y altas, jóvenes, urbanos y asalariados». Es decir, la base electoral teórica del propio Modi. Esa paradoja explica, según el historiador, «la extraña fluctuación entre la brutalidad y las detenciones, por un lado, y los torpes gestos de apaciguamiento del gobierno, por el otro».
El examen como metáfora
El detonante inmediato fue el sistema de exámenes de acceso a empleos públicos, que los manifestantes denuncian como corrupto e ineficiente. Pero Kesavan advierte que el foco no debe engañar: «El desempleo juvenil entre las clases medias en India es masivo. Los exámenes de ingreso que te ponen en cursos que podrían darte trabajo son, si se quiere, una metáfora de ese sentido general de anomia: ¿adónde vamos? ¿Qué nos pasará?».
Lo que el movimiento Cucaracha puso sobre la mesa no es solo una demanda educativa. Es una pregunta más profunda sobre el contrato social entre el Estado indio y su juventud: si el esfuerzo y el mérito no garantizan nada, ¿qué queda?
El hombre que parecía inevitable
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Lo que más inquieta al establishment político no es la renuncia del ministro, sino el tono. Las consignas contra Modi han abandonado el lenguaje reverencial que suele dominar la política india. «Ver a un joven de 17 años decir esto en una cultura donde los muy jóvenes son deferentes es notable», señaló Kesavan. El juggernaut de Modi, añadió, siempre fue visto como «siniestro pero eficiente». Ahora se le llama «viejo y disfuncional». Ese cambio de marco, más que cualquier programa político concreto, es lo que abre nuevas posibilidades.
El propio Kesavan admite no saber adónde va esto. «Estoy tan desconcertado por la escala, la intensidad y el surgimiento de la nada de este movimiento que no tengo claro cómo se sostiene», reconoció. El movimiento sorprendió a todos, «incluidos sus propios organizadores».
La trastienda del poder
Desde Hemisferio, el cuadro merece una lectura sin eufemismos. Un Estado que no genera empleo para su propia clase media, que administra el acceso a oportunidades mediante un sistema de exámenes que los propios jóvenes perciben como viciado, y que responde a la protesta alternando represión y promesas vacías, es un Estado que ha fallado en lo más básico: crear las condiciones para que el esfuerzo individual se traduzca en prosperidad.
La renuncia del ministro es un primer síntoma, no un desenlace. El movimiento Cucaracha no tiene programa, no tiene líderes visibles y no sabe, por su propio reconocimiento, adónde va. Pero ha logrado algo que la oposición formal no consiguió en años: demostrar que Modi es contestable. En política, eso suele ser el principio de algo.

