La escena lo dice todo. Mientras el debate público se concentra en los celulares, la educación en México sigue atrapada en una crisis que, según la columna, es longeva, alarmante y sin solución pronta. El punto de partida fue claro: el 22 de septiembre se publicó en el Diario Oficial de la Federación el acuerdo número 09/09/26, que, según el secretario de Educación, «establece condiciones y prácticas para garantizar los derechos de niñas, niños, adolescentes y jóvenes en la interacción y el uso responsable y seguro de dispositivos digitales personales y tecnologías de aprendizaje en las escuelas públicas y particulares del Sistema Educativo Nacional».
Del lado oficial, Delgado defendió el acuerdo como «un paso fundamental para garantizar los derechos de las niñas, niños, adolescentes y jóvenes, procurando su salud mental, su aprendizaje y su desarrollo integral, fortaleciendo la atención, el contacto humano y la comunidad». Pero el giro del argumento aparece enseguida: la columna sostiene que culpar al uso de celulares, tabletas y pantallas funciona como un chivo expiatorio. Algo pueden influir, admite, pero no son el fondo del problema.
La lectura es incómoda para quien busca soluciones rápidas. La crisis educativa, dice el texto, responde al menos a dos causas de mayor peso. La primera es estructural: la inseguridad. En escuelas primarias de varios estados, agrega, hay protocolos para actuar en caso de ataques armados y en muchas se hacen simulacros de balaceras. Esa sola imagen basta para mostrar el tamaño del deterioro con el que conviven maestros y alumnos.
La segunda causa se concentra en una figura que, según la columna, suele eludirse cuando se discute el tema: el profesor. El texto pone ejemplos concretos para sostenerlo. Menciona a la maestra de primaria que, ante una balacera real en Nuevo Laredo, protegió a sus alumnos. También recuerda a decenas de profesores que siguieron dando clase durante la pandemia en pueblos y rancherías. Y suma a tantos docentes que, dice, hacen hasta lo imposible por llevar a buen puerto lo que depende de ellos.
Ese es el centro de gravedad del planteamiento. No se trata sólo de equipamiento, reglamentos o prohibiciones, sino de quién sostiene la escuela en la práctica. La columna remarca que nadie es más importante en la educación escolar que el profesor. Los niños pasan una tercera parte del día, durante 10 meses, con él. No sólo les da clase: se vuelve su confidente y su ejemplo. En esa afirmación se resume la apuesta de fondo: sin buenos maestros, no hay sistema educativo que aguante.
Pero el texto también advierte que la circunstancia de la mayoría de los profesores juega en contra de cualquier salida real a la crisis. A la inseguridad y la violencia, añade desánimo, presiones y obligaciones sindicales de toda índole, salarios deficientes, instalaciones deterioradas y una larga lista de obstáculos mucho más gravosos que los teléfonos celulares en el aula. El cierre de esa parte es tajante: la reciente regulación, dice la columna, poco o nada va a contribuir para paliar la crisis educativa del país.
La escena cambia después de la crítica al presente y se mueve hacia la trastienda moral del argumento. El texto insiste en que, si lo más importante para una sociedad es la educación, entonces habría que darle la importancia debida a quien está en el primer frente de batalla: el aula. No es una frase decorativa. Es una forma de trasladar el foco desde la tecnología hacia el trabajo humano que sostiene la enseñanza.
El desenlace llega con una referencia a Mr. Holland’s Opus, la película de 1995 protagonizada por Richard Dreyffus. La historia de Glenn Holland, un compositor que termina dando clase de música en una secundaria pública, sirve como metáfora del profesor que termina dejando una huella mayor que la obra que soñaba componer. En la escena final que recupera la columna, una exalumna le dice: «No hay una vida en esta sala que usted no haya tocado; cada uno de nosotros es una persona mejor gracias a usted. Nosotros somos su sinfonía, señor Holland. Somos las melodías y las notas. Somos la música de su vida».
Para entender el presente hay que volver a esa semana: la prohibición o regulación de celulares puede ordenar un pedazo del salón, pero no resuelve el fondo. Lo que está en juego es otra cosa, mucho más cara para cualquier país: la calidad del maestro, la seguridad de las escuelas y la capacidad del Estado para sostener el aula como espacio de aprendizaje, no de emergencia.
Desde el ángulo de esta casa, el debate importa porque ahí se decide qué hace el aparato público con el dinero de los contribuyentes. Si la prioridad se queda en el dispositivo digital y no en el docente, el sistema seguirá administrando síntomas. La libertad de aprender, la disciplina escolar y el mérito no se defienden con decretos cosméticos, sino con maestros respaldados, escuelas seguras y reglas que no sustituyan con burocracia lo que sólo puede resolver una comunidad educativa sólida.
Los detalles cuentan la historia. Y aquí dicen algo incómodo: en México, el problema no es sólo la pantalla en el pupitre. El problema es todo lo que rodea al profesor y lo deja solo frente a una crisis que lleva años creciendo.



