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La crisis climática no solo pide datos: también exige una historia creíble de salida

Solitaire Townsend sostiene que el movimiento climático ha llenado de imágenes del desastre la imaginación pública, pero ha dejado demasiado poco espacio para pensar cómo se sale de ahí. El desafío, dice, no es falta de información: es falta de una narrativa capaz de mover a la acción.
Imagen generada con IA
lunes 21 de septiembre de 2026

A las 6:40 de la mañana, en un gimnasio escolar frío y con el piso gastado, Solitaire Townsend preguntó a un grupo de niños de 10 años qué significaba el cambio climático. Las respuestas llegaron rápido: el mar sube, los incendios arrasan los bosques, todos morimos.

Cuando pasó a la segunda pregunta —qué hacer al respecto— el coro cambió. Una niña dijo «paneles solares». Un niño respondió «reciclar». Townsend, que dice haber trabajado casi 30 años en comunicación climática, ve ahí una trampa que se repite: la imaginación pública puede representar muy bien el desastre, pero se achica cuando toca pensar en soluciones.

Ese es, para ella, el corazón del problema. Sostiene que desde que el efecto invernadero y el calentamiento global entraron en la conversación pública en la década de 1980, se ha ofrecido al público cada vez más detalle sobre el apocalipsis y apenas un esbozo de la salida. El movimiento climático, del que dice ser miembro con orgullo, ha sido cómplice de esa crisis de comunicación al repetir hasta el cansancio que el cambio climático es real, que los humanos tienen la culpa y que las consecuencias son catastróficas.

Townsend llama a ese marco «desesperanza merecida» y afirma que está tan extendido que muchos preadolescentes pueden repetirlo de memoria. Pero, a su juicio, repetir el diagnóstico no alcanza. En su argumento, la ciencia es clara y la experiencia directa también: inundaciones, incendios, tormentas y sequías ya hablan por sí mismos. Lo que falta no es evidencia, sino «magia».

Esa palabra no aparece como evasión, sino como una apuesta por el relato. Townsend dice que las historias siempre ayudaron a los seres humanos a entender quiénes son y en qué podrían convertirse. También cita estudios que, según ella, muestran que la llamada «transporte narrativo» —la experiencia de entrar en una historia y sentir por un momento el mundo del personaje como propio— puede influir en actitudes, intenciones y comportamientos reales.

En su lectura, la comunicación climática se ha quedado corta porque trató a los narradores como un departamento de marketing al servicio de la ciencia. Y aunque acepta que esa función pudo haber servido alguna vez, dice que hoy es insuficiente: el clima ya se comunica por sí mismo, con su creciente cuenta de inundaciones, incendios, tormentas y sequías que capturan titulares sin ayuda.

La discusión, entonces, no sería si faltan datos sobre bombas de calor, vehículos eléctricos o agricultura regenerativa. De eso, afirma, hay de sobra. El vacío está en la arquitectura emocional del cambio: en cómo se siente querer un futuro distinto y creer que todavía se puede llegar a él.

Por eso sostiene que hace falta un giro en la historia que se cuenta. No solo narrativas públicas para electrificación o renovables, ni contra-narrativas para los combustibles fósiles, sino algo más amplio: una mitología capaz de dar sentido a una crisis de escala civilizatoria. Townsend compara el cambio climático con un relato mítico, lleno de monstruos, héroes improbables, aliados inesperados, destrucción y renacimiento.

El punto, dice, es que sobran ficciones del desastre y faltan fábulas sobre un final mejor. La escena lo dice todo. El debate climático no se juega únicamente en laboratorios, cumbres o planes de transición; también se juega en la mente de la gente común, donde una solución sin relato suele quedarse en trámite y no en decisión.

Ahí está la lección incómoda para la política y para el sector privado: no basta con informar, medir y prometer. Hace falta una historia que convierta la adaptación y la innovación en algo deseable, no en una penitencia burocrática. Si el problema es global, la salida también tendrá que serlo, pero no podrá depender solo del aparato estatal ni de consignas repetidas hasta el cansancio.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que el clima dejó de ser una amenaza abstracta y pasó a ocupar la vida diaria. Los detalles cuentan la historia. Y la historia que Townsend quiere escribir es clara: el mundo ya conoce el desastre; ahora necesita imaginar con más fuerza la libertad de salir de él.

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