La luz entra oblicua entre los bastidores. En el taller de Recoleta, las manos no se detienen: cortan, bordan, cosen. Pía Carregal camina entre las mesas y revisa cada detalle de la colección que presentará en septiembre. No hay urgencia de tendencia, sino algo más antiguo: el oficio.
La diseñadora argentina lleva más de 30 años en la alta costura. Estudió marketing, pero su vocación la llevó a fundar su propio atelier. Desde entonces, sus espacios en Recoleta y Belgrano funcionan, según ella misma describe, como laboratorios permanentes de diseño.
El concepto que guía su próxima propuesta es la «belleza imperfecta». No es un slogan: es la síntesis de una etapa en la que Carregal se alejó deliberadamente de las pasarelas para explorar talleres de arte e indagar en lo que ella llama arte intuitivo. «Más allá de las tendencias creo que, en el lugar que está la moda hoy, tenemos que pensar más en conceptos y dejarnos llevar por la intuición», explicó la creadora en diálogo con Infobae.
El regreso fue con criterio propio. «Estudié arte, fui a talleres y exploré todo lo referente al arte intuitivo. Quisiera que la próxima colección refleje todo eso», señaló Carregal. La nueva colección condensa esa dualidad entre tradición artesanal y experimentación personal.
Uno de los movimientos más comentados de los últimos meses en su firma fue el regreso de la línea nupcial, una propuesta que la marca no mostraba desde hacía varios años. La respuesta del público fue positiva. Cada vestido de novia se confecciona de manera artesanal en el taller de Recoleta, lo que convierte cada pieza en un trabajo singular, alejado de la producción en serie.
El panorama general de la industria, sin embargo, no es sencillo. La línea urbana Pía Spirit —su propuesta pret-a-porter— debió ajustarse al contexto: «La colección urbana se redujo en cuanto a cantidad de productos por el panorama de la indumentaria en Argentina, pero seguimos acompañando a nuestra clienta en el día a día, ajustando muchas veces la prenda a medida», explicó la diseñadora. La contracción del mercado interno obliga a recalibrar volúmenes, pero no detiene el trabajo.
Sobre el momento actual de la moda, Carregal traza un mapa sin jerarquías: «Hoy se ven propuestas monocromáticas, colores neutros y tierra, cortes amplios y un minimalismo que ya es un clásico. Pero también hay mucho color, estampas, rayas, flecos, plumas, combinaciones más jugadas». Su apuesta personal se inclina hacia las texturas, los colores y la mezcla de materiales, especialmente en la alta costura.
Lo que subyace a todo es una lectura sobre la mujer que viste sus prendas: «Creo que las mujeres cada vez elegimos más qué ponernos desde el lugar de lo que nos queda bien, con lo que nos sentimos identificadas, lo que refleja nuestra personalidad y estilo, más allá del riguroso y apurado ritmo de la moda», destacó.
Carregal también defiende algo más amplio: el valor diferencial del oficio textil argentino. «Argentina tiene mucho potencial y volver a valorar los oficios y el trabajo artesanal que es muy bueno acá también», afirmó. En un sector donde la producción masiva y la moda rápida dominan el mercado global, esa postura tiene un peso económico concreto: la artesanía de calidad es, en términos de libre empresa, un nicho con valor agregado real y difícil de replicar a escala industrial.
Los detalles cuentan la historia. Lo que Pía Carregal está construyendo en ese taller de Recoleta no es solo una colección: es un argumento sobre qué tipo de industria creativa puede sostener una economía cuando apuesta por el talento, el oficio y la diferenciación en lugar de la homogeneización. En un país que atraviesa una etapa de reordenamiento económico, el modelo del atelier —pequeño, artesanal, orientado al valor y no al volumen— ofrece una lección que va más allá de la moda: la libre empresa florece cuando el Estado deja espacio para que el mérito y la creatividad dicten las reglas.



