A los 31 años, Carol Borda llegó al Congreso de Colombia con un currículum poco convencional para alguien que hoy ocupa una curul en la bancada más cercana al presidente electo Abelardo de la Espriella. Se formó como politóloga en la Universidad Nacional, militó en la izquierda y, según sus propias palabras, «entendí que era una ideología fracasada». El giro no fue cosmético: hoy es la única representante a la Cámara de Salvación Nacional y fue la mujer más votada a esa corporación por Bogotá.
Los detalles cuentan la historia. El 20 de julio, mientras el nuevo Congreso tomaba forma, Borda recorría los pupitres del hemiciclo recolectando firmas para trasladar la posesión presidencial al Cauca —la ceremonia terminó celebrándose en Cali—. Días después radicó una queja disciplinaria contra la representante Laura Beltrán por comentarios vinculados a los 18.677 menores que, según la JEP, fueron secuestrados por las FARC. Dos movimientos que revelan su estilo: ofensiva, sin esperar que el debate llegue a ella.
Su agenda legislativa es tan concreta como su perfil. El proyecto bandera es una ley marco de protección a la maternidad que, según Borda, garantice «información completa para que las mujeres puedan tomar sus decisiones». A eso suma la eliminación del impuesto a los pañales, la derogación del llamado impuesto saludable, un bono escolar para defender la libertad de educar y el desmonte de las APPA y las ZPPA —figuras que, a su juicio, frenan el desarrollo de las comunidades y del sector minero-energético—. El paquete es, en esencia, una apuesta por reducir la carga del Estado sobre las familias y despejar el camino a la inversión privada.
En materia de aborto, Borda forma parte de la llamada «bancada provida» que esta semana radicó un acto legislativo para incorporar en la Constitución que la vida humana se considera desde la fecundación. La representante reconoce que la Corte Constitucional sentó un precedente con la sentencia C-055 de 2022, pero argumenta que Colombia ha ratificado tratados internacionales de protección de la vida desde la gestación «que tienen rango constitucional» y que la Corte «decidió obviar». Agrega que la misma sentencia exhortó al Estado y al Legislativo a tomar medidas de protección de la vida «de manera incremental y gradual», exhorto que, a su juicio, no se ha cumplido.
Su vínculo con la iglesia Misión Carismática Internacional —la misma a la que pertenecen los padres de la senadora Sara Castellanos, su compañera de bancada— y la fundación del colectivo «Empoderadas» completan el retrato de una legisladora que se mueve con igual comodidad en el activismo cristiano y en el debate de política pública. Sobre feminismo institucional es directa: «Consideramos que una mujer, en su libertad, puede vivir el modelo de vida que quiera». Libertad individual, no agenda colectiva impuesta.
Tan significativo como sus propuestas es lo que Borda dice de su propio campo. «Soy muy crítica con esa derecha que creo que ha sido útil al juego de la estatización. Ha engrandecido el Estado, generado corrupción y alimentado la indignación que Gustavo Petro capitalizó para llegar a la Presidencia». La frase es un diagnóstico sin anestesia: la derecha colombiana, en su versión más acomodaticia, contribuyó a crear las condiciones que hicieron posible el petrismo. Borda dice creer en «una renovación de la derecha: una que defienda sus principios sin complejos».
Sus aliados naturales, según ella misma, son Creemos, el Centro Democrático y, en parte, Cambio Radical. La apuesta de De la Espriella por gobernar desde las regiones —con giras nacionales y un «empalme territorial»— le parece no un gesto simbólico sino «una necesidad de recuperar el control territorial por parte del Estado», frase que resuena con fuerza en un país donde esa presencia ha sido históricamente intermitente.
Para Hemisferio, la figura de Borda ilustra una tensión que el nuevo ciclo político colombiano tendrá que resolver: si la derecha que llega al poder es capaz de diferenciarse de la que, según su propio diagnóstico, engordó el aparato estatal durante décadas. La agenda de libre empresa, bono escolar y eliminación de impuestos apunta en la dirección correcta. El desafío no es el discurso —ese ya está articulado con precisión inusual para alguien de 31 años—. El desafío es que las mayorías legislativas, los intereses corporativos y la inercia burocrática no conviertan esas promesas en otro capítulo del mismo ciclo que Borda dice haber abandonado cuando dejó la izquierda.



