La escena lo dice todo. Un camino de entrada flanqueado por paisajismo, una puerta con manijón artesanal en bronce y una lámpara colgante italiana que recibe al visitante antes de que cruce el umbral. No es casualidad: cada elemento fue calculado para que la primera impresión funcione como unidad.
Detrás de esa unidad hay tres estudios que trabajaron en simultáneo. El diseño interior estuvo a cargo de la arquitecta Claudia Alonso y la interiorista Constanza Franchini, fundadoras del estudio que lleva sus nombres. La arquitectura corrió por cuenta de Hermann Arquitectos y el paisajismo fue obra de Josefina Valente. «Muchas de las decisiones de materialidad, terminaciones y detalles surgieron del diálogo; el resultado es consecuencia directa de esa metodología», señalan Alonso y Franchini.
Ese método —poco común en una industria donde cada disciplina suele llegar por separado— es, en realidad, la pieza central del proyecto. No hubo un autor único imponiendo criterios; hubo una conversación sostenida que incluyó también a los dueños de la casa. Lugares favoritos, viajes, texturas y objetos queridos formaron, según las profesionales, «ese collage de inspiraciones» que el estudio tradujo en espacios habitables.
La escala como declaración
Alonso y Franchini se definen como «traductoras». Su enfoque, dicen, está centrado en el cliente. Pero hay una constante que atraviesa su trabajo independientemente del encargo: la gran escala. «Trabajamos mucho sobre las proporciones porque somos cultoras de la gran escala, incluso en proyectos mucho más acotados que este. Nos interesa que los espacios se perciban contenidos, pero también generosos e impresionantes».
En esta casa, esa convicción se materializa en un patio interno que no cumple solo una función lumínica. Produce reflejos y efectos de sombra que modifican la percepción de los materiales a lo largo del día. Las profesionales lo llaman «una pausa visual». Es también una pausa narrativa: el recorrido de la planta baja se organiza alrededor de ese vacío.
La escalera, resuelta en metal por Minimal Hierro con peldaños forrados en madera de Patagonia Flooring, conecta los niveles sin interrumpir la continuidad visual. Detrás del revestimiento de lapacho —ejecutado por Alberto Pauletti y Grupo Forestal— se esconde la puerta hacia el playroom. El detalle importa: disimular una puerta dentro de un revestimiento es un gesto de diseño que solo se aprecia cuando alguien te lo señala, o cuando lo descubrís solo.
Madera, piedra y un mural que es una pared
La materialidad del proyecto gira en torno a dos protagonistas: la madera y el hormigón. El lapacho aparece tanto en interior como en exterior, unificando el recorrido y aportando, según las diseñadoras, «profundidad». «Más allá de su función, nos gusta su cualidad emocional, esa capacidad de crear espacios más habitables y personales», apuntan Alonso y Franchini.
Donde no había superficie para colgar obra, el estudio tomó una decisión que define el tono del proyecto: transformar una de las paredes del living en una pieza artística. El resultado fue una intervención escultórica en madera tallada por Loli Mallea, de Sur del Cruz. Un mural que no decora sino que estructura el espacio social principal.
La cocina, integrada visualmente al living, tiene isla en Neolith «Himalaya Crystal» trabajada por Mármoles Antón. Las alacenas y los artefactos ocultos permiten que el equipamiento de excelencia no compita con el espacio público. La lógica es la misma que en el resto de la casa: lo que se ve es el resultado de lo que se esconde.
En el dormitorio principal y los baños, la piedra toma el relevo. Porcelanato italiano Florim en el antebaño, piso calcáreo en el toilette, grifería Axor. «Para enfatizar el diálogo de la piedra con el resto de los elementos, apelamos a piezas de gran formato y superficies donde pudieran apreciarse los dibujos del material», explican.
Los detalles cuentan la historia.
Un proyecto como este es, ante todo, un ejercicio de coordinación. Artesanos, proveedores especializados, herrajes, iluminación, carpinterías: cada encuentro entre materiales fue pensado. Esa densidad de decisiones —la mayoría invisible para quien habita la casa— es precisamente lo que produce la sensación de que todo estaba siempre ahí, como si no hubiera podido ser de otra manera.
Para Hemisferio, la lección de fondo es más amplia que el interiorismo. En un mercado donde la oferta residencial tiende a la estandarización y al costo mínimo por metro cuadrado, este proyecto defiende otro modelo: el de la artesanía coordinada, el de los oficios especializados y el de la inversión en calidad como valor duradero. La libre empresa, cuando funciona bien, produce exactamente esto: colaboración voluntaria entre profesionales que compiten por hacer mejor su parte. El Estado no aparece en ninguna pared de esta casa. Tampoco hace falta.



