La escena lo dice todo. Una madre de Ahuachapán, acompañando a su hijo de nueve años en recaída por leucemia, entra por primera vez a un lugar donde hay lavadoras, un sillón y alguien que le pregunta cómo está. No hay burocracia estatal detrás de esa puerta. Hay dos personas que enterraron a un bebé y decidieron que eso no podía ser en vano.
Tatiana Beltrán y Óscar Sandoval —conocido en redes como «Gordo Soyacity»— perdieron a su hijo Mateo a los dos meses de nacido. De ese duelo nació, el 27 de abril de 2025, la Casa de Mateo: un espacio de apoyo para los padres y madres que acompañan a sus hijos hospitalizados en el Hospital Nacional Especializado de Niños Benjamín Bloom, en San Salvador.
El Bloom es referencia regional. Recibe de forma continua a familias de Guatemala, Honduras y Nicaragua, además de todas las provincias salvadoreñas. El personal médico atiende a los niños; nadie, hasta ahora, había pensado en institucionalizar el cuidado de quienes cuidan. Muchos padres pasan semanas durmiendo en el suelo de los pasillos, sin ducha, sin ropa limpia, con alimentación precaria.
La Casa de Mateo abre de lunes a viernes, de 9:00 a.m. a 1:00 p.m., y recibe entre 30 y 40 madres al día. Ofrece área de aseo personal, lavandería equipada con cuatro lavadoras y tres secadoras, insumos de limpieza, refrigerios, apoyo espiritual y sillones donde descansar. Desde su apertura hasta diciembre de 2025, más de 2.500 madres y padres utilizaron sus servicios, según datos compartidos por los fundadores.
Los detalles cuentan la historia. Karla Morales, de Guazapa, lleva semanas acampando en el hospital junto a su hijo de once años, que espera un trasplante de riñón mientras recibe diálisis. Clarice Morán viajó desde Ahuachapán cuando su hijo de nueve años recayó en leucemia. Para ellas, la Casa de Mateo no es un trámite ni un servicio social: es el único espacio en ese entorno donde alguien las ve como personas, no como acompañantes.
«Mi principal reto fue tener que estar tan cerca del lugar donde vi a mi hijo partir», confesó Tatiana Beltrán. La urgencia de acompañar a otros pudo más que el dolor propio.
El modelo financiero es tan austero como honesto. La fundación opera sin patrocinio permanente de grandes corporaciones. Se sostiene principalmente con los ingresos que Óscar Sandoval genera a través de su proyecto de contenido digital, alianzas con marcas de detergentes y donaciones esporádicas de particulares. No hay fondo fiduciario, no hay contrato gubernamental, no hay línea presupuestaria asignada. «Una de las enseñanzas de Jesucristo es vivir el día a día. Hoy por hoy estamos aquí para ayudar y, si es la voluntad de Dios, las puertas se seguirán abriendo», reflexiona Sandoval.
Entre los planes inmediatos figura incorporar servicios de fisioterapia para ofrecer masajes relajantes a las madres sometidas a estrés físico prolongado. Para los fundadores, la Casa de Mateo no es una empresa ni un proyecto de expansión: es, en sus propias palabras, un testimonio de que el dolor puede convertirse en abrazo.
Para entender el presente hay que volver a esa semana de abril de 2025 en que abrieron la puerta por primera vez. Lo que Tatiana y Óscar construyeron no surgió de una convocatoria pública ni de un programa ministerial: surgió de la iniciativa privada en su forma más elemental, dos ciudadanos que identificaron una necesidad real y la resolvieron con sus propios medios. Es precisamente ese modelo —flexible, sin intermediarios, sostenido por la reputación y el trabajo de sus fundadores— el que le permite operar donde el aparato estatal no llega o llega tarde. La Casa de Mateo demuestra que la solidaridad organizada desde la sociedad civil puede ser más ágil y más digna que cualquier burocracia. El desafío ahora es la sostenibilidad: una iniciativa de este alcance no debería depender exclusivamente de una cuenta de creador de contenido y de donaciones esporádicas. El sector privado salvadoreño tiene aquí una oportunidad concreta de hacer lo que mejor sabe hacer: invertir donde hay retorno humano real.



