Para entender el presente hay que volver a los números que nadie discute: en 2025, China graduó 77 mil doctores en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas. Estados Unidos graduó 40 mil. La brecha no es marginal; es estructural.
Esa es la fotografía de arranque de la carrera que Rafael Fernández de Castro describe en El Financiero como la disputa definitoria del siglo: quién lidera el desarrollo de la inteligencia artificial. Los protagonistas son dos. Solo dos. Francia, Canadá, Corea del Sur y Singapur hacen intentos, pero según el análisis, están «muy lejos» de las capacidades de Washington y Beijing. El mundo, en la práctica, ya opera bajo un G-2 —un grupo de dos países que dominan la economía y la estrategia militar global— y la IA es el terreno donde esa rivalidad se vuelve más concreta.
Cuatro frentes, dos ganadores parciales
La disputa se articula en cuatro elementos. En talento e investigación, China lleva ventaja. Sus universidades pasaron de no tener ninguna institución en el ranking de las mejores 100 del mundo en 2005 a contar con 13 en 2025. Hoy aparecen 222 universidades chinas en el top 1000, más que cualquier otro país, superando a Estados Unidos. Sin embargo, las mejores universidades del planeta siguen siendo estadounidenses —y esa distinción todavía importa.
El segundo frente, el ecosistema de innovación, favorece a Washington. Nada ha podido replicar la capacidad de Silicon Valley ni el capital de riesgo que financia grandes inventos con la lógica de que un éxito pague por veinte fracasos previos. China, con planificación centralizada, ha logrado avances significativos —el modelo DeepSeek, desarrollado con una fracción de los costos de California, es el ejemplo más citado— pero la cultura del riesgo privado sigue siendo territorio estadounidense.
El tercer frente es energía, y aquí la ventaja china es contundente. En 2005, China generaba la mitad de la electricidad que Estados Unidos. Hoy produce más del doble. En 20 años, su capacidad de generación creció casi cinco veces; la estadounidense creció menos de 1% anual. Solo en 2025, China expandió su capacidad eléctrica en más de 16%. Sin electricidad barata y abundante, los centros de datos que alimentan los modelos de IA no escalan.
El cuarto frente son los chips y la computación. Aquí Estados Unidos conserva una delantera de entre dos y cuatro años. China ya decidió producir sus propios semiconductores, pero la mayoría de los analistas coincide en que el retraso es de al menos dos años. La pieza clave es la mancuerna con Taiwán, que produce los chips más avanzados del mundo. De ahí, señala el análisis, la relevancia geopolítica de que Beijing respete la soberanía de la isla.
Modelos abiertos contra modelos cerrados
La escena lo dice todo: China apuesta por modelos de IA abiertos, prácticamente gratuitos. Estados Unidos opera bajo un esquema híbrido —algunos abiertos como Meta, otros cerrados como Claude y ChatGPT— con predominio de los costosos. La adopción global de uno u otro modelo será, según el análisis, determinante para el liderazgo de largo plazo. No es solo tecnología; es influencia cultural, dependencia digital y poder blando.
El riesgo que nadie nombra en voz alta
El análisis señala un punto que merece atención especial: la actual administración estadounidense ha erosionado la «mancuerna de acero» entre gobierno, ciencia y universidades que se construyó desde el Proyecto Manhattan. Si esa tensión se profundiza, Washington podría perder la ventaja que le queda frente al ascenso constante de China.
Desde la perspectiva de Hemisferio, el dato importa y no debe minimizarse. El ecosistema de innovación privada que hizo grande a Silicon Valley —libre empresa, capital de riesgo, tolerancia al fracaso— es irreemplazable. Pero ese ecosistema se alimenta también de talento académico y de investigación básica que, históricamente, el Estado ha cofinanciado. Debilitar esa base en nombre de la austeridad o la política cultural sería un error estratégico de primer orden, no una victoria del mercado libre.
Para el resto del hemisferio, la pregunta no es quién gana esta carrera, sino en qué posición quedará quien no compita. Los países que adopten pasivamente los modelos del ganador —sea cual sea— cederán soberanía digital, datos y, con el tiempo, capacidad de decisión. Esa es la consecuencia que los gobiernos de la región todavía no han terminado de calcular.



