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La carrera por la IA: el temor regulatorio que puede frenar a Estados Unidos frente a China

Un exfuncionario del Pentágono advierte que una regulación impulsada por los «doomers» podría darle aire a China y, de paso, consolidar a los gigantes tecnológicos. Para él, Washington debe proteger riesgos concretos sin bloquear la competencia.
jueves 17 de septiembre de 2026

Will Thibeau, ex estratega de despliegue en Palantir y luego funcionario de la Oficina del Jefe Digital y de Inteligencia Artificial del Pentágono, sostiene que Estados Unidos no puede dejar que el miedo a la inteligencia artificial marque la política pública.

En declaraciones a Fox News Digital, advirtió que una regulación nacida del «doomerismo» podría «kneecapping» a Estados Unidos frente a China y, además, ayudar a que empresas como OpenAI, Anthropic y Google consoliden su ventaja sobre startups más pequeñas. La escena lo dice todo: en una industria que promete redefinir la economía, cada regla puede mover el tablero entre competencia abierta y concentración.

Thibeau dijo que comparte con Trump la idea de que el país debe «dejar que la carrera se desarrolle» y rechazó que el riesgo de una extinción global por IA sea real, al calificarlo de «hoax». También afirmó que las apuestas de perder ante China son demasiado altas como para permitir que el «doomerismo» defina la política pública.

La advertencia llega después de la renuncia de un investigador de Anthropic, quien dijo que una IA cada vez más poderosa podría amenazar a la humanidad. Trump, por su parte, llamó «hoax» a los temores sobre una IA fuera de control y comparó a quienes los promueven con los alarmistas del cambio climático.

Thibeau no plantea una postura de manos fuera. Lo que propone es otra cosa: que Estados Unidos acelere en la frontera tecnológica y, al mismo tiempo, aborde de forma acotada los riesgos concretos. Según él, el país debe evitar tanto una política que le dé ventaja a China como una regulación escrita por las compañías líderes de hoy, que podría terminar creando un «duopoly» a costa de nuevos innovadores estadounidenses.

«Debemos mantener una ventaja en la frontera», dijo, para que la economía tenga «la licencia sobre los primeros beneficios» de la inteligencia artificial. Mencionó como ejemplos capacidades manufactureras mejoradas, más potencia de procesamiento y mejor toma de decisiones en los mercados financieros.

El giro es importante porque el debate ya no enfrenta solo a optimistas y pesimistas de la IA. También enfrenta a quienes quieren abrir el campo a nuevos competidores y a quienes, con el argumento de la seguridad, podrían cerrar la puerta con una maraña regulatoria. Para entender el presente hay que volver a esa semana: cuando una tecnología estratégica empieza a repartirse, la pregunta no es solo qué puede hacer la máquina, sino quién se queda con el mercado.

Desde la óptica de la libre empresa, lo que está en juego es claro. Una regulación excesiva no solo puede costar liderazgo geopolítico; también puede convertirse en una barrera de entrada para la innovación y en un favor involuntario para los actores ya dominantes. Si Washington se equivoca de marco, el precio no lo pagarán solo las empresas emergentes: también lo pagarán los contribuyentes y los consumidores que pierdan competencia, velocidad y mejores productos.

El desenlace dependerá de si Estados Unidos decide competir con ambición o legislar desde el pánico. Los detalles cuentan la historia. En la trastienda del debate sobre la inteligencia artificial, la cuestión de fondo sigue siendo la misma: cómo proteger sin asfixiar, cómo regular sin regalar el futuro a Pekín ni a un puñado de gigantes ya instalados.

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