La escena lo dice todo. Una antena parabólica del tamaño de una pizza apuntando al cielo desde el techo de adobe de una comunidad en la Sierra Madre. No hay fibra óptica, no hay torres de telefonía, no hay carretera pavimentada. Hay, en cambio, señal. Esa imagen resume la apuesta que varias empresas están haciendo sobre el territorio mexicano.
México posee una de las orografías más complejas de América Latina. Montañas, selvas y desiertos dificultan el despliegue de infraestructura de telecomunicaciones. Llevar fibra óptica hasta una comunidad aislada puede implicar kilómetros de excavaciones, permisos, ductos y una inversión que difícilmente se recuperará cuando el número de usuarios es reducido. El resultado es una brecha que persiste: uno de cada cinco hogares mexicanos aún permanece sin acceso a internet o recibe un servicio deficiente, según datos recientes.
Y sin embargo, el avance es real. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) 2025, el 78.3% de los hogares en México cuenta con acceso a internet. La conectividad se duplicó en la última década, al pasar de 39.1% en 2015 a ese 78.3% en 2025. El 86.1% de la población de seis años o más —equivalente a 104.9 millones de personas— ya utiliza internet. Son números que hace diez años habrían parecido optimistas.
Pero los promedios nacionales esconden geografías muy distintas. Mientras Ciudad de México, Nuevo León y Baja California registran que alrededor de nueve de cada diez hogares tienen acceso, estados como Chiapas, Oaxaca y Veracruz permanecen por debajo del promedio nacional, según el INEGI. El mapa de la conectividad es también un mapa de la desigualdad.
En ese contexto entra el internet satelital. «Desplegar infraestructura física en México resulta costoso debido a la geografía del país. En muchos casos, el internet satelital representa la opción más viable para conectar aquellas zonas donde la fibra óptica simplemente no llegará en el corto plazo», explica Ernesto Piedras, director general de The CIU (The Competitive Intelligence Unit).
La tecnología funciona así: la información viaja entre una terminal en tierra —generalmente una antena parabólica— y un satélite en órbita, que la retransmite hacia estaciones terrestres conectadas a la red global. Durante años, ese modelo dependió de satélites geoestacionarios (GEO) ubicados a unos 36 mil kilómetros de altura, con cobertura amplia pero latencia elevada. La nueva generación opera con constelaciones de satélites de órbita baja (LEO), situados entre 160 y 2 mil kilómetros sobre la Tierra, lo que reduce la latencia y mejora la experiencia de navegación.
Actualmente orbitan alrededor de la Tierra 12 mil 800 satélites de órbita baja, según datos de Radar Orbital, una cifra que se ha multiplicado en los últimos años. Empresas como Starlink, OneWeb y el Proyecto Kuiper de Amazon compiten por construir redes globales capaces de ofrecer internet de alta velocidad desde el espacio. En el mercado mexicano, esa competencia se libra entre los operadores tradicionales —HughesNet y Viasat, con tecnología GEO— y esta nueva generación LEO.
El Gobierno de México lanzó el Plan Nacional de Conectividad 2026-2030, que busca una cobertura cercana al 98% de la población hacia 2030. Entre sus metas figuran conectar todas las telesecundarias y clínicas del IMSS-Bienestar. El propio plan reconoce que la cobertura universal no podrá alcanzarse únicamente con fibra óptica y redes móviles, por lo que plantea una estrategia híbrida que combine infraestructura terrestre y satelital. El país no cuenta hoy con posiciones satelitales LEO propias, aunque el «Programa Espacial Mexicano» busca poner en órbita un satélite geoestacionario antes de 2030 para proveer servicios estratégicos al Estado y conectividad a comunidades.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que la competencia satelital dejó de ser una promesa de laboratorio y se convirtió en una batalla comercial sobre el mapa de México.
Los detalles cuentan la historia. Lo que está en juego no es solo conectividad: es quién construye la infraestructura del siglo XXI en un país donde el aparato estatal lleva décadas prometiendo cobertura universal sin terminar de cumplirla. Que sean empresas privadas —y no la burocracia— las que estén cerrando la brecha digital en las sierras y las selvas mexicanas dice mucho sobre dónde reside hoy la capacidad real de ejecución. El Plan de Conectividad del gobierno puede fijar metas; la libre empresa, al parecer, ya está tendiendo la antena.


