La escena lo dice todo. Antes de asumir el cargo, el canciller designado del gobierno de Abelardo de la Espriella ya había fijado el rumbo en una entrevista de radio: reconstruir lo que se rompió. El nombre de Omar Bula Escobar apareció en la agenda pública apenas unas horas después de que el gobierno entrante lo revelara como jefe de la cartera de Relaciones Exteriores, y sus primeras declaraciones dibujaron una política exterior radicalmente distinta a la de los últimos años.
Bula fue directo sobre Israel. «También reconstruiremos las relaciones con Israel, que nunca debieron haberse roto», dijo en La FM. «Con ellos tenemos una relación de décadas cordial y constructiva en términos económicos y de seguridad.» La frase es corta, pero su peso es considerable: el gobierno de Gustavo Petro rompió relaciones diplomáticas con Israel, una decisión que el canciller designado calificó implícitamente de error histórico al decir que «nunca debieron haberse roto».
El acercamiento con Washington sigue la misma lógica de corrección. Bula explicó que la Unión Americana tiene «una política clara en cuanto a una unión continental y un hemisferio homogéneo en políticas e ideologías», y que Colombia trabajará en «reconstruir las relaciones dañadas de los últimos tiempos defendiendo el concepto de soberanía, pero salvaguardando los intereses nacionales». La distinción importa: el nuevo gobierno no plantea subordinación, sino normalización.
Sobre el calendario político de Estados Unidos, Bula reconoció que una eventual victoria republicana en las elecciones de medio término hará «más difícil» el relacionamiento, pero subrayó que el fortalecimiento de las relaciones binacionales debe ser «una política de Estado y no de gobierno». La frase es, en sí misma, una crítica velada al estilo Petro: la diplomacia convertida en herramienta ideológica.
El canciller designado también trazó los tres pilares de la nueva Cancillería: modernización, profesionalización y austeridad. «Vendrá una transformación tecnológica y una actualización de los conocimientos de los miembros», dijo, añadiendo que trabajarán tanto en «la diplomacia tradicional» como en la «ciber-diplomacia». La palabra austeridad, colocada junto a modernización, no es casual en un contexto en que el gobierno saliente deja, según información publicada por El Colombiano, $98 billones solo en intereses para 2027.
Finalmente, Bula indicó que Colombia estará presente en Naciones Unidas, pero que revisará los acuerdos vigentes con cada una de las agencias de la ONU. Una señal de que la multilateralidad no desaparece del mapa, pero tampoco será un cheque en blanco.
Los detalles cuentan la historia. En pocas horas de entrevista, el canciller designado trazó una política exterior que invierte casi punto por punto las apuestas del petrismo: de la ruptura con Israel a la reconstrucción; de la confrontación con Washington a la normalización; del activismo ideológico en foros internacionales a la revisión de compromisos. El giro no es cosmético.
Para Hemisferio, lo que está en juego es más que la agenda diplomática de un gobierno. Colombia tiene acuerdos de cooperación en seguridad y comercio con Estados Unidos e Israel que el ciclo Petro dejó en suspenso o en deterioro activo. Cada mes de relaciones rotas tiene un costo en inteligencia compartida, en inversión frenada, en contratos que no se firmaron. La pregunta que el nuevo gobierno deberá responder con hechos —no solo con declaraciones— es cuánto de ese terreno perdido puede recuperarse, y a qué velocidad. El libre mercado y la seguridad no esperan calendarios electorales.



