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La caída argentina en el ranking QS expone el costo de las restricciones financieras

La UBA sostuvo su lugar en el top 10 regional, pero la Argentina registró la mayor caída neta de América Latina en la clasificación de QS. El problema de fondo aparece donde más importa para una universidad: producción científica, citas y capacidad de sostener investigación.
Imagen generada con IA
jueves 1 de octubre de 2026

La Argentina registró la mayor caída neta de América Latina en la nueva edición del ranking QS, con 17 universidades que perdieron posiciones. La Universidad de Buenos Aires, sin embargo, conservó el décimo lugar regional y volvió a aparecer como la excepción dentro de un sistema con resultados dispares.

Quacquarelli Symonds, la consultora británica que elabora la clasificación, vinculó ese desempeño con las continuas restricciones financieras, aunque al mismo tiempo destacó fortalezas argentinas en reputación académica, reconocimiento entre empleadores y recursos docentes. Ben Sowter, vicepresidente sénior de QS, dijo que las universidades argentinas «siguen demostrando una reputación sólida en toda América Latina» y que la UBA «mantiene su posición entre las instituciones líderes de la región».

Pero el mismo diagnóstico trae la advertencia central: crecen las presiones sobre el sector y los resultados más débiles se concentran en investigación. Esa combinación explica por qué el ranking, que pondera ocho variables vinculadas con prestigio académico y laboral, condiciones de enseñanza, producción e impacto científico, formación doctoral, presencia digital y cooperación internacional, terminó castigando al país más que a otros de la región.

Entre las 46 universidades argentinas incluidas, ocho mejoraron su ubicación y 20 se mantuvieron estables. Aun así, el balance general fue negativo. La UBA fue la única del país dentro de las diez primeras, mantuvo el puesto 10 que ocupa desde la edición 2025 y quedó segunda en América Latina en reputación académica y reputación entre empleadores. También figuró entre las diez mejores de la región en cuatro de los ocho indicadores de QS.

La universidad avanzó del séptimo al cuarto lugar en impacto en la web y mejoró del puesto 26 al 21 en la relación entre docentes y estudiantes. Ricardo Gelpi, rector de la UBA, sostuvo que el resultado «renueva nuestro compromiso y responsabilidad como institución académica». Emiliano Yacobitti, vicerrector, vinculó la continuidad de ese desempeño con las condiciones de trabajo y afirmó que «para poder seguir en este camino, es primordial que nuestros trabajadores cuenten con salarios acordes con el inmenso trabajo que realizan cada día».

El punto más sensible del informe está en la producción científica. Ninguna universidad argentina figura entre las 50 primeras de la región en citas por artículo ni entre las 90 primeras en publicaciones por profesor. En ambos rubros, el promedio nacional quedó por debajo del regional. Ese dato, duro y concreto, es el que mejor resume la grieta entre reputación y capacidad de generar conocimiento medible.

Martín Nistal, director del Observatorio de Argentinos por la Educación, dijo que los resultados deben leerse como parte de procesos que exceden una sola variable. «Si los presupuestos caen, se hace más difícil retener a los mejores docentes», afirmó. Su observación pone el foco donde siempre termina apareciendo el problema: cuando el presupuesto no alcanza, la calidad no se deteriora de golpe, pero sí se erosiona con el tiempo.

Julio César Durand, director del Doctorado en Educación Superior de la Universidad Austral, también pidió cautela porque QS considera períodos de varios años para medir publicaciones y citas. Señaló además factores organizativos, como la escasez de docentes con dedicación exclusiva y la estructura de un sistema público masivo. En su visión, fortalecer las dedicaciones exclusivas y las carreras académicas puede ayudar a mejorar la capacidad de investigación.

La Austral, mejor posicionada entre las privadas argentinas, aparece como contracara parcial de ese cuadro. Durand atribuyó su desempeño sostenido a un modelo que combina educación personalizada, desarrollo de carrera académica y contratación de profesores con dedicación. También destacó que encabeza la producción científica entre las universidades privadas argentinas.

La escena lo dice todo. La Argentina conserva una marca prestigiosa, pero pierde terreno donde se mide la capacidad real de competir: investigación, impacto y publicación. En una universidad, la reputación importa; la producción científica importa más. Sin recursos suficientes, el nombre resiste, pero el sistema se desgasta.

Para entender el presente hay que volver a esa semana. El ranking QS no premia discursos ni nostalgia institucional; castiga o recompensa según resultados. Y en esta ocasión dejó una señal incómoda para la Argentina: el prestigio acumulado todavía sostiene algunos lugares, pero el deterioro financiero y la debilidad en investigación empiezan a pasar factura.

Lo que está en juego no es solo una tabla regional. Es la capacidad de un país de sostener universidades que formen, investiguen y compitan sin depender de la inercia. Cuando la producción científica queda rezagada, el costo lo paga el futuro entero: menos innovación, menos mérito y menos herramientas para que la educación superior funcione como motor de desarrollo.

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