La escena lo dice todo. Pasajeros apilados durante horas en los pasillos de control de pasaportes de Bruselas, París o Atenas, bajo carteles que anuncian la era digital de Europa. El sistema de entrada y salida —conocido por sus siglas en inglés, EES— lleva meses prometiendo eficiencia y entregando caos.
Veintinueve países europeos, entre ellos Francia, España y Grecia, implementaron el EES para reemplazar el sellado manual de pasaportes con controles biométricos. El objetivo declarado: agilizar el proceso migratorio para los viajeros no comunitarios que ingresan al espacio Schengen en estancias cortas. La realidad, al menos en estos primeros meses, ha sido otra.
El sistema comenzó su despliegue gradual en octubre y entró en plena vigencia el 10 de abril. Desde entonces, las colas y los retrasos se han convertido en la postal más repetida de los aeropuertos europeos, especialmente en los destinos de mayor afluencia turística. Algunas autoridades fronterizas optaron directamente por apagar el sistema durante los momentos de mayor tráfico y volver a los controles manuales.
Los detalles cuentan la historia. Días después de la implementación total en abril, la asociación de aeropuertos ACI Europe informó a Politico que las colas en aeropuertos de 15 países promediaban entre dos y tres horas durante los picos de tráfico. Con el avance del verano y el aumento de viajeros, la situación no mejoró. En una carta abierta publicada el 1 de julio, ACI Europe y otras dos asociaciones del sector reportaron tiempos de espera de hasta cinco horas durante los períodos de mayor demanda.
Para entender el presente hay que volver a esa semana de abril. El EES fue adoptado originalmente en 2017, pero sufrió retrasos repetidos por la pandemia de COVID-19 y por dificultades técnicas para integrar una base de datos central de la UE con los sistemas fronterizos nacionales. Siete años después de su concepción, el sistema llegó al mundo con las costuras a la vista.
¿Qué implica concretamente para el viajero? En su primera visita al espacio Schengen desde la entrada en vigor del EES, los viajeros no comunitarios en estancias cortas deben someterse a un escaneo de huellas dactilares, captura de imagen facial y registro de datos del pasaporte. En visitas posteriores, los guardias fronterizos pueden verificar los datos biométricos almacenados, lo que en teoría permite un procesamiento más rápido. Algunos aeropuertos cuentan con quioscos automatizados y aplicaciones móviles para el prerregistro.
Los datos del viajero se almacenan durante tres años tras su última entrada o salida. El sistema calcula automáticamente la duración de la estancia: los viajeros no comunitarios, incluidos los de países exentos de visado como Estados Unidos, pueden permanecer en el espacio Schengen un máximo de 90 días por cada período de 180. Quienes superen ese límite quedan automáticamente marcados ante las autoridades migratorias y pueden enfrentar sanciones bajo la legislación nacional, incluyendo advertencias, multas, detención y restricciones futuras de entrada. Para los infractores, los datos se conservan durante cinco años. Quienes se nieguen a proporcionar datos biométricos serán directamente denegados en frontera, según la UE.
La Unión Europea defiende el sistema con cifras propias. A mediados de abril, más de 32.000 personas habían sido rechazadas a través del EES y cerca de 800 fueron identificadas como riesgo de seguridad. Más de 160 millones de cruces fronterizos han sido registrados en el sistema, según reportó el Financial Times. La UE también señala que el EES facilita la detección de fraude de identidad al cotejar huellas y rostros con biométricos almacenados.
El sistema está diseñado para operar junto a ETIAS, un mecanismo de preautorización similar al ESTA estadounidense, que aún no ha sido lanzado. ETIAS debía entrar en vigor en 2024, pero fue postergado sin fecha de lanzamiento confirmada.
La escala del EES es, en efecto, inédita: comparte registros entre 29 países. Un viajero que entra por Francia y sale por Italia tiene ambos movimientos registrados en un único sistema. Nada comparable existe en otra región del mundo con ese nivel de integración multinacional.
Para Hemisferio, el episodio ilustra una tensión que Bruselas prefiere no nombrar: la diferencia entre diseñar un sistema y operarlo. El aparato burocrático de la UE tardó siete años en desplegar el EES, acumuló retrasos, y cuando finalmente lo activó, trasladó el costo de la transición a los viajeros y a las economías locales que dependen del turismo. Las colas de cinco horas no son un dato menor: son tiempo perdido, vuelos perdidos, dinero perdido por los propios visitantes que Europa quiere atraer. La soberanía de gestionar las propias fronteras es legítima; la ineficiencia de ejecutarlo, un lujo que los ciudadanos y los turistas terminan pagando.


