Para entender el presente hay que volver a esa estadística. Un 65% frente a un 35%. Esa diferencia en la sobrevida a cinco años del cáncer de colon, según un estudio del Centro para la Prevención y el Control del Cáncer (Cecan) citado por Nervi, no es un dato técnico menor: es el retrato más preciso del abismo que separa a los pacientes del sistema privado de los del sistema público en Chile.
Este martes, Bruno Nervi —oncólogo, presidente de la Fundación Chile Sin Cáncer y hasta hace unos días director alterno del Cecan— asumió como decano de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Católica. La designación llega en un momento en que la alerta sanitaria por listas de espera oncológicas, impulsada por la ministra de Salud, entra en su recta final.
El límite de la alerta
Nervi valora que la alerta sanitaria haya puesto el foco en las personas que esperaban ser diagnosticadas o iniciar tratamiento, y no solo en el número de atenciones. Pero es categórico sobre su alcance: «Las listas de espera nunca se van a resolver», afirmó en entrevista con La Tercera. Lo que la alerta puede ofrecer, dice, es «unos meses» de mejor capacidad de respuesta. Lo estructural —las políticas estables, la infraestructura, los especialistas— es otra conversación.
Y esa conversación es la que Nervi quiere liderar desde la UC.
Doscientos veinte oncólogos para un país entero
Los detalles cuentan la historia. Chile tiene cerca de 220 oncólogos médicos, según Nervi, cuando debería tener más del doble. La mayoría se concentra en el sector privado y en la Región Metropolitana. El resultado es predecible: quien vive en regiones y cotiza en Fonasa enfrenta el diagnóstico y el tratamiento con menos médicos, infraestructura más deficiente y menos recursos. No es una percepción: es la diferencia de treinta puntos porcentuales en sobrevida que arroja el estudio del Cecan.
El nuevo decano identifica tres causas convergentes: escasez de especialistas en el sector público, infraestructura deficiente y —la más incómoda de todas— la tolerancia social a esa desigualdad. «En Chile toleramos que haya personas que tengan acceso a una mejor educación que otras y toleramos que haya personas que tengan mejor salud que otras», dijo Nervi.
El «Sueño UC» como palanca
Lo que empujó a Nervi a dejar la dirección operativa del Cecan por el decanato fue, según sus propias palabras, el llamado «Sueño UC» del rector: la pregunta de qué necesita el país y cómo la universidad pone sus talentos al servicio de responderla. En términos concretos, eso se traduce en tres ejes: reducir las brechas en formación de especialistas, integrar la inteligencia artificial a la enseñanza médica, y reforzar el sello de la facultad desde «la compasión», con atención a toda la vida del paciente, desde el inicio hasta los cuidados paliativos.
La mención a la IA no es retórica. Las facultades de medicina de referencia en América Latina están reescribiendo sus currículos para incorporar herramientas de diagnóstico asistido y análisis de datos clínicos. La UC, bajo Nervi, anuncia que esa reflexión ya está en marcha.
Lo que el Estado no resuelve
La escena lo dice todo. Un sistema de salud con dos velocidades —una para quienes pueden pagar isapre, otra para quienes dependen del aparato público— no es un fallo técnico corregible con una alerta sanitaria de meses. Es el resultado acumulado de décadas de subinversión en infraestructura pública, de incentivos que concentran al capital humano médico donde está el poder adquisitivo, y de una burocracia que mide atenciones en lugar de resultados.
Nervi no lo dice en esos términos, pero su diagnóstico apunta en esa dirección: el problema no es que falten oncólogos en abstracto, sino que el sistema público no tiene cómo retenerlos ni atraerlos. Mientras el Estado no corrija esos incentivos —con mejores condiciones, infraestructura competitiva y autonomía profesional real—, ninguna alerta sanitaria cerrará la brecha de treinta puntos en sobrevida.
Lo que la Universidad Católica puede hacer —formar más especialistas, generar evidencia, entregar datos a los tomadores de decisiones, como dice el nuevo decano— es necesario pero insuficiente si el destino de esos especialistas sigue siendo, casi por defecto, el sector privado. El mérito y la excelencia académica no distribuyen solos. Necesitan un entorno de libre ejercicio que también alcance, con dignidad y recursos, al médico que elige el hospital público en Temuco o en Antofagasta.



