La escena lo dice todo: una empresa instala su plataforma de inteligencia artificial, lanza el piloto, anuncia el cambio cultural — y seis meses después los resultados no llegan. No es una historia aislada. Es, según el People Readiness Report 2026 de Kyndryl, la norma global.
El estudio, basado en una encuesta a 1.100 líderes empresariales y tecnológicos de ocho países, encontró que el 57 % de las organizaciones ya tiene la inteligencia artificial integrada en procesos clave o desplegada ampliamente. El número impresiona. El que sigue, enfría: apenas el 23 % considera que su fuerza laboral está completamente preparada para trabajar con esa tecnología. Esa cifra, además, cayó seis puntos porcentuales frente al año anterior.
La brecha no es técnica. Es humana.
El error de confundir herramienta con transformación
Gerardo Osio, managing director de Kyndryl Colombia y Ecuador, lo formula con precisión quirúrgica: «No basta con adquirir herramientas o desarrollar proyectos piloto. Es necesario revisar cómo se toman las decisiones, qué funciones deben evolucionar, qué habilidades requieren los equipos y qué mecanismos de gobernanza acompañan el uso de la tecnología».
Los números respaldan el diagnóstico. Solo el 32 % de las organizaciones consultadas aseguró haber alcanzado al menos uno de sus dos principales objetivos relacionados con la IA. Apenas el 11 % afirmó haber cumplido ambos. Más de la mitad del mundo corporativo lleva la tecnología instalada y los resultados, guardados.
El informe identifica un grupo que sí lo logró: los llamados Pacesetters, que representan el 9 % de la muestra. La diferencia no está en el presupuesto tecnológico sino en el método: rediseñaron los roles de sus empleados alrededor de la IA, implementaron estrategias de gestión del cambio y fortalecieron las capacidades de sus trabajadores. El resultado fue mayor probabilidad de registrar crecimiento en ingresos e impulsar la innovación. Nueve de cada cien empresas encontraron la fórmula. Las otras noventa y una todavía la buscan.
Colombia: adelantada en adopción, rezagada en talento
Para entender el presente hay que volver a ese dato de IDC citado por Osio: el 66 % de las empresas colombianas ya superó la etapa inicial de adopción de IA. Es una señal de madurez que no debe subestimarse en una economía que históricamente llega tarde a los ciclos tecnológicos.
El problema es que ese mismo 66 % reporta dificultades para encontrar talento especializado. La demanda de perfiles relacionados con inteligencia artificial crece más rápido que la oferta disponible. No es un fenómeno exclusivamente colombiano, pero en un mercado laboral con las fricciones estructurales del país, la escasez se siente con más fuerza.
Osio es cuidadoso al definir el perfil que se necesita: no solo expertos en IA, sino «líderes, analistas y profesionales de distintas áreas capaces de integrar la IA en su trabajo diario». La transformación, insiste, no es de un departamento de tecnología — es de toda la organización.
La proyección del directivo para 2030 es que la inteligencia artificial dejará de verse como tecnología experimental y se convertirá en una capacidad transversal dentro de las empresas colombianas, apoyando procesos, decisiones, atención al cliente y desarrollo de nuevos productos. Pero advirtió que ese avance deberá ir acompañado de mayores niveles de confianza, supervisión y reglas claras.
El dato que resume la tensión del momento: el 81 % de las organizaciones espera que los agentes de IA tomen decisiones de impacto durante el próximo año, pero actualmente solo el 25 % confía plenamente en sistemas capaces de operar sin supervisión humana.
Lo que está en juego
Los detalles cuentan la historia. La carrera por la inteligencia artificial no la ganarán las empresas que más gasten en licencias, sino las que entiendan antes que la tecnología es tan buena como las personas que la dirigen. El verdadero activo no está en el servidor — está en el criterio, la creatividad y el juicio del trabajador que decide cuándo confiar en el sistema y cuándo corregirlo.
Para Colombia, la oportunidad es real y la ventana, estrecha. El país avanza en adopción, pero si la formación de talento no acelera al mismo ritmo, el resultado será el peor de los mundos: tecnología cara con resultados mediocres, y una fuerza laboral desplazada sin las herramientas para reinsertarse. Las empresas que inviertan hoy en reconversión de sus equipos no están haciendo filantropía corporativa — están comprando la única ventaja competitiva que la IA, por ahora, no puede replicar.



