Para entender el presente hay que volver a esa base de datos. Noventa mil quinientos treinta y seis registros de uso de plantas, reunidos de 700 referencias publicadas entre 1504 y 2023: ese es el cimiento sobre el que investigadores de la Universidad de Zúrich construyeron el estudio más ambicioso jamás realizado sobre el vínculo entre cambio climático, biodiversidad y conocimiento indígena en la Amazonia. El resultado, publicado en Nature, es tan preciso como perturbador.
La cifra central: las sociedades amazónicas utilizan 5.796 especies nativas, equivalentes a cerca de un tercio de la flora regional conocida. Sobre esas especies se sostiene una arquitectura de saberes —medicina, alimentación, construcción, caza, vida ritual— transmitida de forma oral dentro de más de 400 grupos indígenas. Rodrigo Cámara-Leret, profesor de diversidad vegetal tropical y etnobotánica en la Universidad de Zúrich y autor principal del trabajo, lo resumió con precisión: «Revelamos que los pueblos amazónicos usan al menos un tercio de las especies de plantas conocidas de la región».
Los investigadores analizaron 8.429 modelos de distribución de especies bajo tres escenarios climáticos del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático. La comparación entre las 4.509 especies utilizadas por personas y las 3.920 no utilizadas arrojó una conclusión incómoda: las primeras sufrirían contracciones de rango geográfico más severas entre 2060 y 2080. A escala local, el estudio examinó 82 lenguas indígenas con al menos diez especies útiles registradas. Las pérdidas proyectadas oscilan entre el 28% en el escenario más optimista —SSP1-2.6— y el 34% en el más severo —SSP5-8.5—.
Los detalles cuentan la historia. Los servicios asociados a esas plantas —alimentos, remedios, materiales— caerían entre el 18% y el 23% en los mismos horizontes temporales. El golpe sería desproporcionado para las comunidades con lenguas amenazadas: pérdidas medias de plantas del 39%, frente al 25% en lenguas no amenazadas; pérdidas de servicios del 27%, frente al 17%. Las plantas medicinales concentran la mayor exposición: la base de datos registra 33.245 entradas de uso medicinal y 3.862 especies con esa función, muy por encima de las 1.804 especies alimentarias.
El punto que el estudio subraya con más fuerza es que la extinción no sería solo biológica. Cuando una especie desaparece, desaparece también su nombre indígena, los beneficios que se le atribuyen y el conocimiento acumulado sobre su papel en el ecosistema. El trabajo identificó información para 243 culturas indígenas —48 de ellas ya extintas— y registró 156 lenguas vivas. Según Ethnologue, el 55% de esas lenguas está amenazado; con el criterio de Glottolog, la proporción sube al 97%.
La arquitectura del conocimiento es, además, extraordinariamente localizada: el 74% de los servicios de las plantas está asociado a una sola cultura, y el 60% de los servicios culturalmente únicos pertenece a lenguas amenazadas. Los autores construyeron una red general con 5.796 especies, 717 servicios vegetales y 36.504 interacciones. Si las lenguas amenazadas desaparecieran hacia finales de siglo, esa red se reduciría un 26%; en el supuesto más severo, la contracción alcanzaría el 61%.
Jordi Bascompte, profesor de ecología en la Universidad de Zúrich y coautor del trabajo, señaló que las prácticas cotidianas ligadas a las plantas expresan «un respeto por la naturaleza y una conciencia de la dependencia de la humanidad de la selva tropical». Entre los ejemplos citados figura el tabaco, usado como estimulante y quemado antes de entrar al bosque para, según Cámara-Leret, apaciguar a los espíritus y dar tiempo a animales peligrosos como las serpientes para retirarse.
El propio estudio reconoce sus límites: la revisión cubre la mitad de los grupos indígenas amazónicos y el 50% de esos pueblos todavía no aparece en la literatura científica. La biblioteca viva, en otras palabras, es más grande de lo que la ciencia ha podido documentar.
La escena lo dice todo. Un conocimiento acumulado durante más de cinco siglos —eso es lo que abarcan las fuentes del estudio— enfrenta la posibilidad de evaporarse en cinco décadas. Lo que el trabajo de Zúrich pone sobre la mesa no es solo una cuestión ecológica: es la advertencia de que los grandes repertorios de saber práctico, los que no viven en servidores sino en voces y en bosques, son también un bien escaso y no renovable. Preservarlos exige algo más que declaraciones de intención: exige que los Estados reconozcan derechos territoriales reales, que la investigación científica llegue al 50% de pueblos todavía sin documentar y que las políticas de conservación traten el conocimiento indígena como lo que es —patrimonio de valor concreto, no ornamento multicultural—. El reloj corre desde 2060, pero las decisiones que importan se toman hoy.


