La escena lo dice todo. Javier Milei, el día de su asunción, repitió dos veces desde el Congreso y desde el balcón de la Casa Rosada una definición que no era suya: «el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros». La frase pertenece al economista y académico Alberto Benegas Lynch (h), quien la acuñó en uno de sus primeros libros y la ha defendido durante décadas.
Esa anécdota inaugura el argumento central de su más reciente ensayo: que la «batalla cultural» —término que él mismo defiende pese a su carga bélica— no se gana ni se pierde en los ministerios, sino en el territorio más lento y más decisivo de las ideas.
El liberalismo como respeto, no como tolerancia
Benegas Lynch traza una distinción que considera crucial. No habla de «tolerancia» —palabra que, según él, lleva implícita cierta arrogancia del que condescendiente admite los errores ajenos— sino de respeto. «Los derechos no se toleran, se respetan», escribe. Esa diferencia semántica no es cosmética: define una concepción del individuo como anterior y superior al Estado, una tradición que el autor conecta con pensadores como Anthony de Jasay, Bruce Benson, Murray Rothbard y Michael Huemer.
El liberalismo, insiste, no es una ideología. No en el sentido marxista de «falsa conciencia de clase» ni en el sentido más corriente de un sistema cerrado de respuestas. Lo opone, en cambio, al lema de la Royal Society de Londres —nullius in verba, no hay palabras finales— para subrayar que se trata de una tradición siempre en ebullición, abierta a nuevos paradigmas. «El conocimiento no es un puerto sino una permanente navegación», escribe.
La herramienta: el ateneo de barrio
La propuesta práctica del ensayo tiene algo de deliberadamente modesta. Ante la constatación de que no todos tienen acceso a la cátedra universitaria, al libro académico o al artículo de opinión, Benegas Lynch sugiere los «ateneos de lectura»: grupos de cinco o seis personas que se reúnen en casas de familia, donde uno expone sobre un libro y el resto debate en forma rotativa.
El método, dice, ha dado «notables resultados» no solo en el perfeccionamiento de sus participantes sino en la difusión posterior en lugares de trabajo y reuniones sociales. La condición que impone es significativa: la obra elegida no debe limitarse a un aspecto del liberalismo, sino cubrir sus dimensiones jurídicas, institucionales, filosóficas, económicas e históricas.
La advertencia de Tocqueville
Para entender el presente hay que volver a esa semana —o, en este caso, a ese libro. Benegas Lynch cita a Alexis de Tocqueville en El Antiguo Régimen y la Revolución para formular su advertencia más grave: en sociedades de gran prosperidad moral y material, muchos dan por sentada esa prosperidad, lo que «indefectiblemente conduce al desastre». El desastre, en su vocabulario, tiene nombre preciso: la irrupción de «mentes estatistas que operan a contracorriente del liberalismo para entronizar las botas de las burocracias estatales que siempre asfixian y empobrecen a todos, pero muy especialmente a los más necesitados».
La política, concluye, es necesaria para ejecutar ideas, pero sin la batalla cultural como «alimento, combustible y auditoría», la trayectoria se pierde. Subestimar la tarea educativa, advierte, «introduce el comienzo de la debacle».
La lectura de Hemisferio
El ensayo de Benegas Lynch llega en un momento en que el experimento liberal más visible de la región —el gobierno de Milei en Argentina— enfrenta la presión cotidiana de gestionar sin perder el marco ideológico que lo hizo posible. La tesis del autor es, en ese sentido, una advertencia tan relevante para los aliados del proyecto como para sus críticos: ningún resultado electoral garantiza la permanencia de una cultura de libertad. Las instituciones que protegen la propiedad privada, el gobierno limitado y la libre empresa no se sostienen solas; requieren ciudadanos que las entiendan y las defiendan, uno por uno, antes de apagar la luz.
El dato que el propio Benegas Lynch subraya —tomando a Borges— es el más incómodo: «todos constituye una abstracción, mientras que cada uno es una realidad». La batalla cultural, en su versión más honesta, no es un programa de gobierno. Es una pregunta personal que se repite cada noche.



