El lote tenía un desnivel en caída entre la calle y el fondo. Los dueños tenían una idea clara: una casa sencilla y flexible, capaz de alternar entre la rutina de la familia primaria y los encuentros extendidos con amigos. Esa doble exigencia —intimidad y capacidad de recibir— es, en el mercado inmobiliario de alta gama patagónico, la ecuación más difícil de resolver sin sacrificar una de las dos partes.
La respuesta llegó del estudio Alric-Galíndez, fundado en 1995, con sede en Buenos Aires y presencia en Bariloche. El proyecto se implanta en Arelauquen Golf & Country Club, ubicado entre la ladera sur del cerro Otto y la costa del lago Gutiérrez. El encargo era claro y el sitio, exigente.
Posarse en la pendiente
Los arquitectos Carlos Galíndez, Santiago Alric, Federico Lloveras y Luciano Capaccioli describen su método con precisión: «Nuestros proyectos siempre empiezan con la evaluación de dos ejes: el vínculo entre la arquitectura y el terreno, para potenciar el paisaje, y el estilo de vida de los clientes. Ellos no nos plantean la forma de las casas, sino cómo quieren vivirlas».
En este caso, el resultado es un rectángulo que se posa en la barranca y, cuando alcanza el nivel del jardín, se abre hacia el arbolado y la cancha de golf. La fachada reviste el volumen con la misma madera de ciprés que domina el interior, emulando el ritmo vertical de los troncos. Un vidrio espejado completa la fachada y refleja la montaña hacia quienes observan la casa desde afuera. El diálogo entre lo artificial y lo natural queda enhebrado por un único material.
Monovolumen, casi monomaterial
Por pedido de sus dueños, la casa se pensó como un espacio compacto e integrado para recibir gente de manera relajada. Incluso tiene nombre propio: la llaman «La Base». No porque esté al pie del cerro Catedral, sino porque funciona como sede vacacional de multitudes.
El interior es monovolumen y, en palabras del estudio, «casi monomaterial». La planta alta balconea al estar y desdibuja los límites entre lo público y lo privado. Todos los elementos fijos —estanterías, revestimientos, carpintería— se resolvieron con madera de ciprés y hierro. Una biblioteca continua cose el living con el comedor y con la cocina: «Todo ese frente queda resuelto con un solo elemento que, a su vez, es flexible, porque permite que tanto el guardado como la decoración muten según el sector al que le da servicio», explican desde el estudio.
El proyecto de iluminación estuvo a cargo del arquitecto Arturo Peruzzotti. La consigna fue discreta: destacar solo algunas luces —las lámparas colgantes del comedor— y camuflar el resto entre la madera, con alternativas cálidas e indirectas.
Los dormitorios miran al Catedral
Las claraboyas son recortes del cielo que llevan luz a la doble altura. Una de ellas fue un pedido específico de la dueña de casa: quería traspasar el techo para sentarse arriba a contemplar el paisaje. Los dormitorios, por su parte, se elevaron sobre el nivel de la calle para capturar los picos del cerro Catedral y ganar privacidad al mismo tiempo.
El paisajismo fue diseñado por la arquitecta Sol Montes, responsable de muchos jardines del country, donde la normativa exige respetar el dibujo original de los montes. La intervención en la galería fue mínima; los alrededores permanecen en estado silvestre.
«Nos gusta sintetizar al máximo las volumetrías porque permite destacar, por contrapunto, los paisajes naturales», resume Carlos Galíndez.
Lo que la casa dice en voz baja
La escena lo dice todo. En un mercado donde la arquitectura de segunda residencia suele rendirse ante el exceso decorativo o ante la lógica del catálogo, Alric-Galíndez apuesta por la síntesis: un material, una geometría, una idea. El resultado es una casa que no compite con el paisaje sino que lo enmarca, y que no impone un programa rígido sino que se adapta a quien la habita.
Eso, en términos de libre mercado, tiene un nombre preciso: valor. No el valor declarado en el remate de una tasación, sino el que se acumula cuando una propiedad responde con inteligencia a las necesidades de quien la usa y respeta el entorno que la rodea. En la Patagonia argentina, donde el turismo de alta gama sigue creciendo como uno de los pocos sectores que no necesita subsidio para funcionar, proyectos como este son también una señal de que la inversión privada, bien dirigida, produce resultados que ningún plan estatal habría imaginado.



