La escena lo dice todo. Una tarde en la playa, María Teresa Ruiz estaba arreglando una reja junto a su marido cuando notó que la veía «chueca». Se detuvo, miró de nuevo y supo que algo no andaba bien. Era aproximadamente 2013. Lo que vino después fue el diagnóstico de degeneración macular, una enfermedad que ataca la parte central de la retina y que, según ella misma relata, «no tiene cura».
Hoy, Ruiz ya no ve por el ojo izquierdo. Por el derecho apenas capta algunos detalles. Donde antes había mácula, ahora hay una cicatriz. Intentó tratamientos con inyecciones, en Chile y en el extranjero, pero ninguno funcionó. La enfermedad la obligó a dejar actividades que implicaban lectura y escritura —las herramientas básicas de cualquier científica— y la mantuvo dos años fuera de la actividad.
Pero Ruiz no se quedó de brazos cruzados.
Con el tiempo aprendió lo que ella llama «trucos»: adaptar sus presentaciones con imágenes y videos en lugar de texto, memorizar cada rincón de su casa para moverse con autonomía, ponerse la pasta de dientes en un dedo para no depender de la vista. «Mantengo la visión periférica», dice, «esa la voy a tener siempre». Una frase que suena casi como un programa de vida.
Los detalles cuentan la historia. María Teresa Ruiz —la Cuca, como la llaman sus cercanos— no nació mirando el cielo. De niña le interesaban las plantas, los relojes y las hormigas. Ingresó a estudiar ingeniería en la Universidad de Chile en los años 60, cuando eran solo dos mujeres entre más de cien alumnos. Fue una práctica de taller mecánico —el ruido de los tornos, las piezas metálicas— la que la empujó hacia otro lado. Llegó así al Observatorio Nacional en el Cerro Calán de Las Condes, recién inaugurado por entonces, y se enamoró de la observación nocturna.
«De repente miro el cielo, era una noche oscura, y veo la Vía Láctea y como que me abrazaba», recuerda. Esa imagen, de una joven astrónoma sola frente al firmamento, sin computadores y con todo anotado a mano, define quizás mejor que cualquier currículum lo que la ciencia puede significar para quien la elige con vocación genuina.
Completó su formación en la Universidad de Princeton. En 1997 recibió el Premio Nacional de Ciencias Exactas. Su marido, Fernando Lund, también es Premio Nacional de Ciencias Exactas. Ruiz señala que el apoyo de él ha sido «fundamental, sobre todo debido a su sentido del humor y actitud positiva frente a las dificultades».
Su mayor orgullo profesional, según sus propias palabras, es la investigación sobre estrellas enanas blancas frías: remanentes estelares que permiten estimar la edad de la galaxia y explorar la materia oscura local. Un trabajo que requiere precisión, paciencia y una capacidad de abstracción que no depende de la vista.
Para entender el presente hay que volver a esa semana —o más bien, a esa trayectoria entera— en la que una científica formada en un ambiente predominantemente masculino, que escuchó de su abuela que «las mujeres podemos hacer lo que queramos», decidió que una enfermedad degenerativa tampoco iba a ser el límite. «Lo trato de explicar a las chiquillas que se sienten discriminadas», dice.
Su próxima aparición pública será en un curso online de astronomía llamado «Cuatro Universos», organizado por el Departamento de Astronomía de la Universidad de Chile. Ruiz estará a cargo de la clase titulada «El Sol. Nuestra Estrella».
«Quiero seguir dando clases, compartiendo y divulgando», establece.
Hay algo en esa determinación que trasciende la anécdota inspiracional. La historia de Ruiz es, en el fondo, la de alguien que construyó una carrera sobre la curiosidad y la disciplina —no sobre subsidios, no sobre cuotas, no sobre el reconocimiento ajeno— y que cuando el cuerpo falló, encontró en el ingenio personal la respuesta. En un tiempo en que la narrativa dominante tiende a explicar el éxito por las condiciones externas y el fracaso por la injusticia sistémica, su ejemplo apunta en otra dirección: la de una mujer que se hizo cargo, adaptó sus herramientas y siguió adelante. El universo, al parecer, no requiere mácula para ser enseñado.


