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La argentina que convirtió a Trondheim en una trastienda del cerebro

Soledad Gonzalo Cogno trabaja con dos Nobel de Medicina en Noruega y defiende una ciencia que mida neuronas reales, no atada a los vaivenes políticos. Su historia también expone lo que Argentina pierde cuando la investigación depende de la burocracia y el humor del poder.
jueves 17 de septiembre de 2026

TRONDHEIM.- En el cuarto piso de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología (NTNU), la escena lo dice todo. Rajat Saxena, de la India, y Michael Schellenberger, de Alemania, acarician a una rata con implantes en la cabeza que permiten ver su actividad neuronal en monitores. «Nosotros la pasamos bien con ellas y ellas son felices con nosotros», dice Schellenberger. «Con un animal deprimido no se podría generar la cantidad de datos que necesitamos», agrega.

Un piso más abajo trabaja Soledad Gonzalo Cogno, científica nacida en Castelar, formada en la Universidad de Buenos Aires y el Instituto Balseiro de Bariloche. Vive en Trondheim desde 2017, cuando la ficharon May-Britt y Edvard Moser, matrimonio ganador del Premio Nobel de Medicina. Allí se casó con otro argentino, tiene una hija de un año y dirige la parte teórica de un trabajo que busca leer, ordenar y explicar la actividad de miles de neuronas al mismo tiempo.

La argentina define ese momento como «un cambio de paradigma, que es inicialmente tecnológico, pero que deviene en conceptual». Su tarea consiste en transformar la avalancha de datos que llegan desde arriba en hipótesis sobre cómo funciona el cerebro. «Ahora podemos ver miles de neuronas actuando a la vez, cuando antes se veía apenas una neurona o un puñado de ellas», explica. Esa diferencia, dice, permite mapear la dinámica y la función de las neuronas para perturbarlas, manipularlas y ver qué sucede.

El trabajo se inserta en una línea de investigación más amplia conocida como «conectoma»: un mapa completo de las conexiones cerebrales. Ya se logró en la mosca de la fruta, cuyos cerebros tienen menos de 200.000 neuronas, frente a las 86.000 millones del ser humano. En el caso del homo sapiens, el camino sigue lejos, pero la dirección ya está trazada.

Gonzalo Cogno insiste en que su inclinación siempre fue teórica. «Me interesa conocer los mecanismos de las funciones cerebrales; necesito entender el mecanismo asociado a una función cerebral», analiza. Para ella, los teóricos van contra el detalle: buscan principios sencillos que expliquen una observación. Su último trabajo, con Claudia Clopath, del Imperial College de Londres, está en estado de preprint y busca mostrar las secuencias neuronales que sostienen una diversidad de funciones cerebrales.

La red que armó incluye instituciones de Londres, Barcelona y Nueva York. Ese crecimiento no fue automático ni obvio. May-Britt Moser llegó a escribir sobre ella que es «conocedora, ambiciosa, entusiasta, eminente conferencista y extremadamente trabajadora», y también destacó que se preocupa por las personas y por los animales. Más tarde, cuando le dieron el laboratorio en 2023, Gonzalo Cogno resumió así lo que había pasado: «No les importó que no viniera de Princeton, Oxford, Cambridge, las grandes universidades. Les importaron las ideas y el trabajo que podía generar».

La frase es clave para entender por qué su historia va más allá de una biografía académica. En esa frase hay una defensa del mérito, del criterio y del trabajo por encima del prestigio de cartel. No se trata de un linaje universitario, sino de ideas capaces de producir conocimiento. Esa diferencia importa, porque en ciencia el capital humano vale más que la etiqueta.

También importa el contraste con Argentina. Gonzalo Cogno dice que «la ciencia requiere mucho tiempo en sus procesos y no se puede estar atado a los vaivenes políticos». Y agrega que en todos lados se reconoce el trabajo de los científicos como importante para la comunidad, por eso le resulta singular que en Argentina, por momentos, se los trate de «ñoquis».

Ese es el desenlace más incómodo de la historia: una científica formada en el sistema público argentino, radicada a 15 horas de vuelo de Buenos Aires, admite que podría volver, pero también reconoce que el momento para ejercer la ciencia en el país no es el mejor. Tiene una hija de apenas un año, está casada con el físico argentino Iván Davidovich y extraña las cosas simples, como los amigos, los asados y la avenida Bustillo al lado del Nahuel Huapi.

La escena noruega muestra qué ocurre cuando la investigación se apoya en reglas estables, equipos internacionales y libertad para pensar. La argentina, en cambio, deja al desnudo el costo de un país que discute a sus científicos o los somete al humor político. Cuando el aparato estatal no protege la continuidad del conocimiento, el resultado es previsible: el talento se va, y otro sistema cosecha lo que aquí se desaprovecha.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en Trondheim, donde una científica de Castelar trabaja con dos Nobel de Medicina y trata de descifrar cómo se organiza el cerebro. Los detalles cuentan la historia. Y esa historia habla tanto de la neurociencia del futuro como de una vieja cuenta pendiente argentina con el mérito, la estabilidad y la ciencia como inversión, no como gasto.

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