La escena lo dice todo. Un canciller y un embajador concurrente —representante de un país que despacha desde Brasil, no desde Santiago— sentados a negociar un tratado de libre comercio con una economía del sur de Asia que Chile apenas conoce. Solo 12 productos chilenos llegaron a Bangladesh en 2025. Doce, de los 4.212 que Chile exportó al mundo ese año.
Y sin embargo, los números de fondo justifican la reunión.
El intercambio comercial entre Chile y Bangladesh cerró 2025 en US$ 310 millones, el valor más alto desde que existe registro, según información oficial de la Cancillería. Ese flujo ha crecido a una tasa promedio anual del 26% en las últimas dos décadas, un ritmo que pocos corredores comerciales chilenos pueden exhibir. Las exportaciones chilenas al país sumaron US$ 41,8 millones, concentradas en chatarra de hierro y acero, aceite de pescado, preparaciones lácteas, ácido bórico, cartulinas y manzanas frescas.
El ministro Francisco Pérez Mackenna recibió al embajador Tauhedul Islam con un argumento sencillo: «Bangladesh tiene 10 veces más gente que Chile. Ese es el tamaño de las oportunidades que se nos abren en este nuevo mercado». Casi 200 millones de habitantes, crecimiento sostenido, economía dinámica. La Cancillería lo enmarca en una estrategia más amplia de diversificación de mercados.
La trastienda revela que Bangladesh no es un caso aislado. Chile mantiene en paralelo negociaciones con India para avanzar hacia un Acuerdo de Asociación Económica Integral —conocido por sus siglas en inglés como CEPA— y trabaja en un acuerdo similar con Filipinas. Si ese último prospera, Chile se convertiría en el primer país de América Latina en contar con un instrumento comercial de esa naturaleza con Manila.
Hay un dato histórico que la Cancillería no dejó pasar: Chile fue el primer país de América Latina en reconocer la independencia de Bangladesh, el 1 de junio de 1972. Más de cinco décadas después, ambos países siguen operando con embajadas concurrentes —Chile desde Nueva Delhi, Bangladesh desde Brasilia— lo que ilustra, con precisión, cuánto espacio queda por recorrer en la relación bilateral.
Los detalles cuentan la historia. Una canasta exportadora de apenas 12 productos —dominada por materias primas e insumos industriales— hacia un mercado de casi 200 millones de personas no es una relación comercial madura; es un punto de partida. La pregunta que el TLC busca responder es si Chile puede ampliar esa canasta antes de que otros competidores regionales o asiáticos consoliden sus posiciones.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La reunión Pérez Mackenna–Islam no produce un acuerdo; abre una negociación. La distancia entre ambas cosas es, en diplomacia comercial, la más larga que existe.
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La lectura de Hemisferio es directa: la diversificación de mercados mediante tratados de libre comercio es exactamente el tipo de política que expande la libre empresa sin comprometer dinero de los contribuyentes. Un TLC no es gasto público; es arquitectura institucional que reduce aranceles, protege inversiones y amplía el espacio para que privados chilenos compitan en nuevos territorios. El hecho de que Chile exporte solo 12 productos a un mercado de casi 200 millones de habitantes no es un fracaso —es una oportunidad sin explotar, y los gobiernos que abren puertas comerciales hacen bien su trabajo.
El riesgo, como siempre, está en la velocidad. Las negociaciones de TLC se miden en años, a veces en décadas. Bangladesh es hoy una economía dinámica; el momento para llegar es antes de que el mercado esté repartido, no después. Si la Cancillería mantiene el ritmo que promete —India, Filipinas y Bangladesh en simultáneo— el resultado podría ser el mapa comercial más ambicioso que Chile haya trazado hacia Asia. Si los procesos se enredan en burocracia, el récord de US$ 310 millones quedará como un techo, no como un piso.



