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La AfD desafía a Alemania con un programa de deportaciones, giro identitario y guiños a Trump

El partido de ultraderecha ganó 43,8% en Sajonia-Anhalt y convirtió a Donald Trump en modelo. Su avance expone el desgaste del centro alemán y una agenda que promete ordenar el país, pero a costa de derechos, memoria histórica y convivencia.
Imagen generada con IA
domingo 13 de septiembre de 2026

La escena lo dice todo. La Alternativa para Alemania, la AfD, ganó 43,8% de los votos en Sajonia-Anhalt, un estado de alrededor de dos millones de personas en el este del país, y volvió a poner en primer plano una fuerza que ya no oculta su ambición. Su lema, «Das Land Zuerst», o «El país primero», abrió una campaña de 258 páginas que no dejó lugar a interpretaciones.

El documento promete deportaciones a gran escala de inmigrantes, incluidos ciudadanos alemanes naturalizados, dentro de su programa de «remigración». También apunta de manera particular a quienes no se ven ni suenan «alemán». En el frente cultural, propone cambiar el currículo escolar para enseñar «más Bismarck y menos Hitler», con más énfasis en los logros imperiales y el poder nacional, y menos en la cultura alemana de la memoria y la atención al nazismo y el Holocausto.

La plataforma también promete respaldo a familias heterosexuales «normales» y a hogares convencionales, mientras retira beneficios y reconocimiento legal a familias LGBTQ y a otros grupos que considera «desviados». En política exterior, rechaza de forma agresiva la ayuda militar alemana a Ucrania y sostiene que restablecer relaciones amistosas con Rusia permitiría acceso más barato a la energía y precios más bajos para los alemanes.

La agencia de inteligencia interna alemana clasificó las filiales de la AfD en Sajonia-Anhalt y en un estado vecino como extremistas de derecha. Aun así, el partido logró seducir a un electorado amplio. Según los datos citados, arrebató más de 82.000 votantes a rivales tradicionales, entre ellos el gobernante Unión Demócrata Cristiana de Alemania, y además movilizó a 170.000 personas que habían dejado de votar, alrededor de una décima parte del electorado local.

Ahí está el giro político que explica parte del desenlace. La AfD no solo captó voto nuevo; reactivó a gente que llevaba años fuera del sistema. Muchos de esos votantes ven el pasado nazi como algo exagerado y rechazan cualquier paralelismo entre entonces y ahora. También perciben la política de centro como un instrumento de un Estado profundo empeñado en socavar sus valores.

El atractivo no surge en el vacío. La crisis de confianza golpea con fuerza en el este de Alemania, donde persiste un resentimiento, real o percibido, por haber sido tratados como ciudadanos de segunda clase desde la reunificación de 1990. Pero el fenómeno no se agota en la geografía alemana. Forma parte de una insurgencia de derecha más amplia en Europa, Estados Unidos y otros lugares.

Ulrich Siegmund, el candidato vencedor en Sajonia-Anhalt, tiene 35 años, fue vendedor de fragancias y condujo una campaña carismática y muy bien ejecutada. Trump es su «modelo», según la nota. En política y comunicación, la AfD se presenta como uno de los aliados internacionales más cercanos del movimiento MAGA.

El acercamiento tiene una dimensión geopolítica clara. La Estrategia de Seguridad Nacional de Trump de noviembre de 2025 prometió apoyar movimientos «patrióticos» en Europa para evitar lo que llamó «borrado civilizatorio». Tras conocerse el resultado, Trump escribió: «Wow, el partido populista en Alemania tuvo una noche realmente grande» y cerró su mensaje con «MGGA!!!», sigla aparente de «Make Germany Great Again».

La trastienda también incluye a Rusia. El partido no oculta su simpatía por Vladimir Putin, repite posiciones del Kremlin sobre Ucrania y pide negociaciones de «paz» inmediatas, prácticamente en los términos de Moscú. Su cálculo es que un acercamiento a Rusia devolvería a Europa a un suministro estable de petróleo y gas barato, y reforzaría su agenda social conservadora.

Para entender el presente hay que volver a esa semana. La votación en Sajonia-Anhalt no fue solo una victoria electoral; fue una señal de que una parte del electorado alemán está dispuesta a premiar mensajes duros sobre identidad, inmigración y poder nacional, incluso cuando esos mensajes chocan con los consensos construidos tras 1945.

El desenlace plantea una advertencia incómoda para Alemania y para Europa. Cuando la política de centro se vuelve sinónimo de recortes presupuestarios, pérdida de empleos y desgaste, el votante descontento se vuelve vulnerable a promesas simples y absolutas. La AfD ofrece orden narrativo, pero lo hace a través de una agenda que restringe libertades, debilita la memoria histórica y normaliza la exclusión.

Desde la óptica de la libertad y del Estado de derecho, la cuestión es brutalmente simple: una cosa es corregir los fallos de la política tradicional; otra muy distinta es entregar el espacio público a una fuerza que convierte la identidad, la lealtad y la obediencia cultural en criterio de pertenencia. Ahí no está solo en juego una elección regional. Está en juego el principio de que una democracia sana no necesita borrar a sus minorías ni reescribir su historia para volver a funcionar.

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