A las pocas horas de que Anthony Fauci se acogiera a la Quinta Enmienda ante el Senado, Robert F. Kennedy Jr. se sentó frente a Dana Bash en el programa State of the Union de CNN. Lo que siguió no fue exactamente una entrevista.
La tensión estalló cuando Bash intentó que Kennedy respondiera con precisión sobre cómo gestionaría una futura pandemia. El secretario de Salud y Servicios Humanos respondió con un principio: «Necesitamos proteger nuestros derechos constitucionales. Esa es la obligación primaria. Uno de los errores que cometimos la última vez fue suprimir esos derechos para que la gente no fuera escuchada». Bash desestimó la respuesta con un comentario que marcó el tono del resto de la conversación: «Estás hablando de derechos, y yo te pregunto sobre una posible crisis de salud pública».
Desde ese momento, los dos protagonistas dejaron de fingir que hablaban el mismo idioma.
Kennedy acusó a la periodista de haber cometido «malpractice periodístico» durante la pandemia y de no haber ejercido el escepticismo que, según él, exige el oficio. «Tu trabajo es el escepticismo furioso hacia la autoridad, y no lo estabas haciendo», le dijo. Bash replicó que no quería dejar pasar afirmaciones «completamente falsas» y defendió que «es un hecho que la vacuna COVID funcionó».
El intercambio más áspero llegó cuando Bash citó una investigación que, según ella, indica que la desinformación sobre vacunas provocó entre 100.000 y 200.000 muertes adicionales en Estados Unidos. Kennedy la desafió a citar el estudio concreto y calificó el dato de «disparate» que ella «no puede probar». «No estoy diciendo ningún disparate», respondió Bash entre interrupciones mutuas.
Sobre el brote de sarampión, Kennedy argumentó que se trata de un «brote internacional» y sostuvo que Estados Unidos «lo está manejando mejor que cualquier otro país del mundo». Atribuyó el brote en parte a las secuelas de la pandemia de COVID-19 y a un segmento de la población que rechaza la vacunación por motivos religiosos. Cuando Bash le pidió que mirara a la cámara y animara a los padres a vacunar a sus hijos contra el sarampión, Kennedy lo hizo.
En el tramo final, Bash presionó sobre el autismo. Kennedy confirmó que el presidente Trump «ciertamente sí» quiere que su departamento investigue posibles vínculos entre el autismo y las vacunas, y acusó a la periodista de repetir sus argumentos «como un loro». «¿Cuál es tu trabajo: acabar con la hesitación vacunal o decirle la verdad al pueblo americano?», le preguntó.
Bash cerró la entrevista —que se prolongó más de veinte minutos— con un tono conciliador inusual para la cadena: «Lamento que esto se haya convertido en una conversación tan tensa». La decisión de mantenerlo en antena durante todo el segmento, en lugar de cortarle el micrófono como otros presentadores de CNN han hecho históricamente con invitados que los cuestionan, no pasó desapercibida.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Fauci invocando la Quinta Enmienda ante el Senado y Kennedy enfrentando a Bash en directo no son episodios inconexos: son el desenlace de un ciclo en el que el aparato institucional de la salud pública, con el respaldo entusiasta de grandes medios, impuso narrativas que hoy están bajo escrutinio judicial y político.
Lo que la entrevista reveló no es solo la distancia entre Kennedy y CNN. Revela una grieta más profunda: la del ciudadano que durante la pandemia fue silenciado, multado o despedido por hacer las mismas preguntas que el secretario de Salud hace ahora desde el podio del gobierno. El libre debate que Bash reclamó para sí misma es exactamente el que su cadena contribuyó a estrechar cuando las preguntas venían del lado equivocado. Esa asimetría, más que cualquier dato en disputa, es lo que Kennedy llevó a la mesa. Y esta vez, nadie le apagó el micrófono.



