La escena lo dice todo. Mientras Keiko Fujimori asumía la Presidencia del Perú para el periodo 2026-2031, su hermano menor Kenji no estaba en el palco de honor. Estaba en un programa digital conducido por el actor Cristian Rivero, hablando de esnórquel, de ataraxia y de la paz que encontró lejos de la política.
«Nosotros como ciudadanos deseamos el bien del país», dijo Kenji en esa conversación difundida este lunes. «Tendríamos que ser mentecatos pensar o desear que la situación vaya adversa.» La frase, cargada de pragmatismo familiar, resume la postura del excongresista ante el momento más importante en la historia reciente del fujimorismo: el regreso al poder, casi 26 años después de que Alberto Fujimori dimitiera por fax desde Japón en medio de un gigantesco escándalo de corrupción.
Kenji fue elegido congresista en 2011 y reelegido en 2016. En 2018 fue suspendido del Parlamento por la presunta comisión de los delitos de cohecho activo, cohecho genérico y tráfico de influencias. En junio de 2024, la Sala Penal Permanente de la Corte Suprema ratificó una condena de cuatro años y medio de cárcel en su contra por tráfico de influencias, aunque no ingresará a un penal gracias a la figura de la prisión suspendida. La condena, según la misma sala, se vincula con el intento de negociar de manera ilícita el respaldo de legisladores para evitar la destitución del entonces presidente Pedro Pablo Kuczynski, quien posteriormente indultó a Alberto Fujimori en 2017, un indulto que fue inicialmente anulado por la Justicia y luego confirmado por la exmandataria Dina Boluarte.
Hoy, Kenji está alejado de la actividad política y dedicado a un podcast. Describe su distancia del escenario público como una «sensación de calma, de ataraxia, de paz total». Cuando se le planteó que volver al ruedo político significaría sacrificar esa tranquilidad, respondió con una sola palabra: «Totalmente».
Descartó también que exista alguna «bronca» con sus hermanos. Hiro, el menor varón, vive en Japón junto a su familia y trabaja como consultor financiero. Sachi, arquitecta, mantiene una vida entre Perú y Alemania junto a su esposo. «Ya cada uno va forjando sus propios caminos», resumió Kenji. El clan que durante décadas giró alrededor de la figura del padre y luego de la candidatura de Keiko opera ahora en tres continentes, sin un proyecto político compartido visible.
La trayectoria de Keiko hasta Palacio no fue sencilla. Perdió frente a Ollanta Humala en 2011, frente a Pedro Pablo Kuczynski en 2016 y frente a Pedro Castillo en 2021, estas dos últimas por un margen de apenas 40.000 votos, lo que la llevó a no reconocer su derrota y a denunciar fraude sin presentar pruebas. La cuarta vez fue la vencida.
Los detalles cuentan la historia. La ausencia de Kenji en la investidura de su hermana no es un dato menor en un movimiento que ha hecho de la lealtad familiar su sello de identidad desde los años noventa. Que el excongresista hable de «cada quien desde su propia trinchera» en el momento en que el fujimorismo vuelve a La Presidencia dice algo sobre el estado interno del movimiento y sobre el peso que tienen las condenas judiciales en la arquitectura política de una familia.
Para Hemisferio, el episodio ilustra una tensión que el Perú deberá procesar durante el periodo 2026-2031: el fujimorismo regresa al poder con una presidenta que cargó durante quince años con causas judiciales propias, y lo hace con parte de su núcleo familiar en la periferia, no en el centro. Eso puede ser una fortaleza —menos flancos expuestos, gestión más tecnocrática— o una señal de que el proyecto político llega con menos cohesión interna de la que aparenta. El mercado, los inversores y los socios comerciales del Perú necesitarán respuestas sobre gobernabilidad, no sobre genealogía. La oportunidad de consolidar estabilidad institucional y atraer inversión existe; aprovecharla dependerá de cuánto logre Keiko separar la herencia del apellido de la agenda concreta de gobierno.



