El discurso del gobierno y Morena «no da más», escribe René Delgado, porque ya no empata con la práctica política. En su lectura, esa distancia ha terminado por convertirse en un «juego de engaños» donde la consigna «No mentir, no robar y no traicionar» suena ya a «un vago recuerdo».
El señalamiento central no es menor: cuando la palabra se separa de los hechos, el poder pierde credibilidad y abre espacio a la confusión. Para el lector, el dato político de fondo es claro: si el gobierno insiste en sostener el relato por encima de la evidencia, el costo no lo paga la retórica, sino la autoridad institucional.
Delgado ubica ese desgaste en varios frentes. Uno de ellos es Sinaloa. Allí, en el estado cuna del cártel de Sinaloa, la presidenta Sheinbaum declaró: «la injerencia provoca violencia». La frase, según el columnista, sugiere que la situación en la entidad deriva de la sustracción de Ismael «El Mayo» Zambada, hecho que culminó con su entrega en Estados Unidos.
Pero el propio relato presidencial, insiste Delgado, queda debilitado por un dato: la violencia en Sinaloa no recrudeció en julio, cuando Zambada fue sustraído, sino en septiembre, después de que el capo divulgara, ya preso en Estados Unidos, que fue traicionado por otra facción del cártel. En la columna aparece además una pregunta directa: «¿El gobernador Rocha fue parte de esa traición?»
Más allá de la pregunta, el punto político que subraya el columnista es otro: la defensa de la soberanía pierde fuerza si no se esclarecen responsabilidades en el terreno local. Delgado afirma que, después de un año, las fuerzas federales no han logrado rescatar la soberanía de manos del crimen en esa entidad ni se ha querido esclarecer el rol de Rubén Rocha en ese episodio. También señala que no se ha informado «a carta cabal» sobre la indagatoria supuestamente abierta a ese gobernador y otros implicados por el presunto vínculo con el crimen del que los acusa el gobierno estadounidense.
El segundo frente es el caso del exsecretario de Marina, Rafael Ojeda. La presidenta Sheinbaum afirmó: «No hay ninguna carpeta de investigación contra el almirante Ojeda. Está llamado a declarar en un juicio y ya determinará él, pues: si declara, no declara, cómo declara; y la Fiscalía y el Poder Judicial cómo atienden este tema. Pero ni está escondido ni se ha negado a declarar, sino sencillamente sigue el procedimiento».
Delgado responde con una pregunta breve: «¿Qué?». Y a partir de ahí señala tres incongruencias: en la lógica presidencial, atender un citatorio sería opcional; en la lógica de la fiscalía, el exsecretario no está desaparecido ni escondido, pero no logran localizarlo; y la supuesta denuncia presentada por el propio Ojeda sobre el contrabando de combustible sigue siendo, dice, «el mejor secreto guardado por la Fiscalía».
El tercer nivel del argumento es más amplio y apunta a un patrón. Delgado enumera otros casos que, a su juicio, también tienen «tinte de engaños»: las encuestas que habrían servido para seleccionar candidaturas estatales; la doble vara de la justicia aplicada a Ernesto Ruffo y a Rocha; la elevación a delito de la reproducción de memes con emblemas o símbolos oficiales; la sorpresa del gobernador oaxaqueño, Salomón Jará, ante la extorsión en Juchitán; y la comparación entre hablar en la ONU y hacerlo en la conferencia mañanera del pueblo.
En conjunto, la columna dibuja una crítica severa a una forma de ejercer el poder que, en vez de resolver, administra relatos. La escena lo dice todo: cuando el aparato político busca compensar con discurso lo que no entrega con resultados, el problema deja de ser de comunicación y se vuelve de gobierno.
Para el interés público, la lección es nítida. Un Estado que no aclara, no sanciona y no explica termina debilitando aquello que dice defender: la soberanía, la seguridad y la confianza en la ley. En ese vacío, la burocracia se protege a sí misma y la ciudadanía paga la cuenta.
Ese es el desenlace que asoma en la columna: no astucia, sino fragilidad. No estrategia, sino desgaste. Y cuando la política se vuelve un juego de engaños, la factura termina llegando en forma de desconfianza, impunidad y poder sin credibilidad.



