Para entender el presente hay que volver a esa semana.
Cuando el terremoto de magnitud 7,4 sacudió Colombia el 10 de agosto de 2026, Juan Felipe Giraldo tenía 24 años, un vuelo de regreso pendiente y una boda agendada para el domingo 15. Había viajado a Pereira por motivos laborales. El Hotel Dibeni, donde se hospedaba, colapsó.
Su padre, Hernán Giraldo, no se apartó de los escombros. Movía cascotes, preguntaba a los rescatistas, concedía entrevistas a medios nacionales con una certeza que desafiaba la aritmética del desastre. «Estoy seguro de que mi hijo está vivo», repetía. En uno de esos momentos, frente a las cámaras, le habló directamente: «Hijo, te amo y el domingo te vas a estar casando, y si no es el domingo, va a ser en ocho o 15 días, pero vas a estar ahí, hijo».
La escena lo dice todo. Esa frase recorrió Colombia y convirtió a Juan Felipe en el rostro de una búsqueda colectiva, en el símbolo de los 378 desaparecidos que, al 14 de agosto, las autoridades aún no habían localizado.
El 14 de agosto, la familia confirmó el hallazgo del cuerpo. La boda no sería. Juan Felipe Giraldo dejó un hijo.
Cali: la cuenta que no cierra
Mientras Pereira despedía a uno de sus símbolos, en Cali la emergencia seguía abierta. El secretario de Gestión del Riesgo, Ricardo Peñuela, informó que la capital vallecaucana registraba 1.400 estructuras afectadas y 89 colapsadas, de las cuales 46 presentaban colapso total. El balance de fallecidos en la ciudad ascendía a 96, según reportes del CTI citados por las autoridades.
En el barrio Los Cámbulos, el edificio Vanessa concentraba la atención de los equipos de socorro. Más de 100 horas después del sismo, los rescatistas confirmaron señales de vida: una voz de auxilio y tres respuestas de golpes sobre el material. El personero de Cali, Gerardo Mendoza, lo describió con precisión: «Logré identificar una voz de auxilio y tres respuestas de tocar material. Eso significa que hay posible vida y, por lo tanto, mientras haya vida, hay que seguir con esas esperanzas de privilegiar la misma, procediendo con el rescate».
Los detalles cuentan la historia. El edificio Laureles, contiguo al Vanessa, amenazaba con colapsar. Un desplazamiento de apenas cinco milímetros en esa estructura obligaría a suspender las labores de rescate, según ingenieros de la Secretaría de Gestión del Riesgo. Drones evaluaban la situación en tiempo real. En el barrio Cuarto de Legua y en el edificio María Elvira Lloreda, los equipos hallaron ocho cuerpos y rescataron con vida a una persona.
El país en números
La Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) entregó al 14 de agosto un balance que abarca 15 departamentos y 437 municipios: 287 personas fallecidas, 3.975 heridas, 378 desaparecidas y 354 rescatadas. Las víctimas se distribuyen en ciudades como Pereira, Manizales, Cartago, Belén de Umbría, Armenia-Calarcá, Popayán, Cali, Buenaventura, Buga, Sevilla, Tuluá, Roldanillo y Quibdó. Medicina Legal reportó haber recibido 260 cuerpos, de los cuales 246 fueron identificados y 222 entregados a sus familias. En total, 56.448 familias y 135.179 personas resultaron afectadas.
El presidente Abelardo de la Espriella declaró la emergencia económica para habilitar medidas excepcionales de atención. Desde el sector privado, empresarios propusieron habilitar créditos exprés para que departamentos y municipios aseguraran liquidez inmediata.
Entre tanto, en Cali, un joven llamado Juan David lo había perdido todo. Su amigo Daniel Hernández organizó una recolecta entre el grupo: una cama, comida, implementos de aseo y dinero en efectivo. «Todo eso es suyo, papi», le dijo al entregárselo. El abrazo que siguió quedó grabado en video y circuló junto a las imágenes de los escombros.
La trastienda del desastre
Hay dos Colombia visibles en esta semana: la del aparato estatal movilizado —decretos de emergencia, secretarías de riesgo, drones, ingenieros midiendo milímetros— y la de los ciudadanos que mueven escombros con las manos, organizan recolectas y no abandonan la búsqueda aunque la esperanza se agote.
Hemisferio subraya lo segundo sin restar mérito a lo primero. La reconstrucción de 437 municipios exigirá que el Estado colombiano actúe con la misma velocidad que Hernán Giraldo mostró frente al Hotel Dibeni: sin burocracia que retrase el crédito, sin trámite que postergue la ayuda, sin gasto que se pierda en la cadena antes de llegar al damnificado. La emergencia económica declarada por De la Espriella es el instrumento; la eficiencia en su ejecución, la prueba. Colombia lleva 287 muertos y 378 desaparecidos. El reloj no se detiene.



