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Juan Diego Soler, el astrofísico que llevó a Colombia a un lugar en el firmamento

El bogotano nombró Magdalena a una estructura de la Vía Láctea y acaba de publicar «Historia del universo invisible». Su trayectoria en Alemania, Francia, Austria, Canadá y la Antártica muestra cómo la ciencia colombiana también compite en la gran liga del conocimiento.
Imagen generada con IA
domingo 4 de octubre de 2026

Antes de que los telescopios más grandes del mundo miraran al cielo, miles de años atrás ya lo hacían hombres cuyos nombres ignora la historia. Esa es la puerta de entrada que abre Juan Diego Soler en su nuevo libro, Historia del universo invisible, una obra publicada por Debate que, según su contraportada, «recorre la aventura humana de descifrar el cosmos».

Soler, bogotano, no es solo escritor. Es doctor en Astronomía y Astrofísica por la Universidad de Toronto, trabajó como científico en Alemania, Francia y Austria, hizo parte de la colaboración científica del satélite Planck y descubrió una estructura de hidrógeno en la Vía Láctea llamada Magdalena, cuya función en el universo sigue siendo un misterio. Hoy trabaja como investigador de la Universidad de Viena en entender cómo nacen las estrellas y cómo transforman el entorno que las rodea.

La escena lo dice todo. El colombiano habla de un oficio en el que cada nueva herramienta abre una ventana distinta al universo. Cuenta que en la Antártica participó en un proyecto que no solo era de ciencia, sino también una aventura: llevar telescopios hasta ese continente. También relata que durante seis años hizo su doctorado en Canadá en un grupo que desarrollaba telescopios para amarrarlos a un globo que los llevaba hasta 40 kilómetros sobre la superficie de la Tierra, donde se pueden ver tipos de luz que no penetran en la atmósfera terrestre.

En esa misma conversación, Soler explica el método detrás de su trabajo. Dice que ha cambiado varias veces de campo y que se llevó «mañas» de uno a otro. En Física Médica utilizó técnicas y algoritmos matemáticos para describir imágenes diagnósticas en términos de ecuaciones, fórmulas, números y series numéricas que le describieran a la máquina qué estaba viendo. A eso lo llama machine vision, y afirma que le ha servido «como un martillo» aplicado a distintos problemas a lo largo de su carrera.

En Planck, dice, fue la primera vez que vio mediciones del campo magnético intergaláctico en esa dimensión. Allí, según su relato, ya tenía una herramienta para comenzar a hacer algo. Su idea es clara: la astronomía no se sostiene solo en observar, sino en utilizar las leyes de la física y trabajar de forma estadística. «Que uno vea una cosa una vez no significa que sea la regla», afirma.

Después de Planck, su ruta siguió en Alemania, al Instituto Max Planck de Astronomía, donde encontró un grupo que hacía el mapa más detallado en ondas de radio de la galaxia. La Vía Láctea se ha observado en múltiples frecuencias, pero en ondas de radio, para obtener imágenes de muy alta resolución, hacen falta telescopios enormes. Para verla con la misma resolución de un telescopio que uno puede comprar, explica, habría que tener uno de por lo menos 27 kilómetros de diámetro.

De ese trabajo salió el hallazgo de una «culebrita» de luz de radio debajo del plano de la galaxia. Era una nube alargada de gas hidrógeno, enorme, con 100.000 veces la masa del Sol. Según la estimación que hizo a partir de su movimiento, está del otro lado de la galaxia, a unos 50.000 años luz.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que Colombia volvió a aparecer en una historia grande: la del conocimiento que cruza fronteras y se mide en décadas, no en ciclos políticos. Soler no habla desde la épica vacía, sino desde el trabajo acumulado, el cálculo y la disciplina. Y eso importa.

En un país donde el aparato estatal suele concentrar el foco y la burocracia consume atención, historias como esta recuerdan que el progreso real nace de la libre empresa del talento, de la educación seria y de la investigación que crea valor sin pedir permiso a la rutina oficial. La ciencia también es una forma de soberanía: pone a un país en el mapa del mérito. Y cuando un colombiano nombra una estructura en la Vía Láctea, el desenlace no es solo personal. Es una señal de que Colombia puede competir en el firmamento si apuesta por la excelencia y no por la mediocridad.

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