A 25 años de los atentados del 11 de septiembre, la escena en la sede diplomática de Estados Unidos en la Ciudad de México dejó ver algo más que un homenaje. Ronald Johnson usó la ceremonia para conectar la memoria de 2001 con la estrategia actual de Washington frente a los cárteles que operan en territorio mexicano.
El acto incluyó cuatro ofrendas florales, una por cada avión utilizado en los atentados, y un reconocimiento a las 2,977 personas inocentes que perdieron la vida. Johnson y su esposa, Alina Arias Johnson, encabezaron además un homenaje a bomberos, policías, personal médico y ciudadanos comunes que, según el embajador, dieron un paso al frente en medio de la tragedia.
Dentro de ese marco, Johnson reservó un espacio para México y para Los Topos, el grupo de rescate que viajó a Nueva York en 2001 para ayudar en la búsqueda entre los escombros del World Trade Center. Dijo que ese gesto no respondió a «un tratado ni a un acuerdo económico», sino a que «los vecinos ayudan a sus vecinos y los amigos permanecen unidos cuando ocurre una tragedia».
Desde ahí, el mensaje cambió de tono. Johnson, quien habló en representación de Donald Trump, afirmó que el mundo actual es distinto al de hace 25 años, pero sostuvo que las organizaciones terroristas se adaptan, cambian sus métodos y sus redes, aunque su naturaleza permanezca intacta. Luego llevó esa idea hacia los cárteles.
El embajador recordó que Trump los designó como Organizaciones Terroristas Extranjeras y precisó que, para Washington, estos grupos «utilizan el asesinato, la violencia, la corrupción y la intimidación para controlar comunidades y amenazar a nuestra gente».
No fue un mensaje suelto. Johnson ya había llamado el 3 de septiembre a «golpear las finanzas de los cárteles», en el marco de la cooperación con el gobierno mexicano. Ahora dio un paso más al colocar la discusión en el terreno de la amenaza antiterrorista, con todo lo que eso implica para la relación bilateral.
Del lado mexicano, la respuesta oficial ha sido consistente. El gobierno de Claudia Sheinbaum rechaza la etiqueta de «terroristas» para los cárteles, aunque reconoce que son grupos delictivos que deben combatirse. También ha advertido que esa clasificación no debe convertirse en un pretexto para una intervención militar o una invasión de territorio mexicano.
Como reacción, su gobierno impulsó una reforma al artículo 40 constitucional para blindar el principio de no injerencia extranjera. Además, ha repetido que la relación bilateral debe basarse en «colaboración y coordinación, nunca subordinación».
Sheinbaum también ha citado las memorias de Miguel de la Madrid, quien advirtió que Washington ha usado el combate al narcotráfico como pretexto para influir en las decisiones internas de México. Con ese antecedente, la mandataria ha descrito la designación terrorista como parte de una presión política más amplia.
En la práctica, la clasificación abre una caja de herramientas mucho más dura. Según han señalado analistas y el propio gobierno mexicano, permite sanciones financieras y bloqueo de activos. Sheinbaum ha advertido además que podría abrir la puerta a interpretaciones que justifiquen acciones unilaterales.
La tensión no es nueva, pero el discurso de Johnson la volvió visible otra vez. El embajador recordó la solidaridad de Los Topos y habló de una amistad bilateral que «da resultados» con Sheinbaum. Al mismo tiempo, insistió en que Estados Unidos vigilará de cerca a los cárteles.
La escena lo dice todo. Hay una relación que se presenta como cooperación, pero que se mueve sobre una línea cada vez más estrecha entre ayuda y presión. Y cuando Washington amplía el lenguaje antiterrorista, también amplía el poder de su aparato estatal sobre un problema que se libra en territorio mexicano.
Para México, el desenlace toca un principio central: la soberanía. La defensa de la no injerencia no es una consigna retórica, sino un límite frente a cualquier tentación de convertir la seguridad en una puerta trasera para intervenir en decisiones internas.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La memoria del 11 de septiembre sirvió aquí como puente. Pero el mensaje de fondo fue otro: en la trastienda de la cooperación, Estados Unidos quiere más margen para actuar, y México intenta cerrar esa puerta sin romper el canal bilateral.


