La escena lo dice todo. En la «Carpa del pensamiento» del Festival de la Memoria, realizado este sábado en el Parque Estadio Nacional, Jeannette Jara ligó la pérdida de memoria histórica con el avance de posiciones de ultraderecha y con la revalorización de los autoritarismos. Su punto de partida fue directo: «Se haya perdido tanto la memoria que ser pinochetista en este país a nadie le dé vergüenza. O sea, cosas que ya habíamos superado».
La exministra del Trabajo y excandidata presidencial sostuvo que los problemas de la democracia para responder a demandas sociales abren espacio a ese giro. «Los problemas que ha tenido la democracia para dar respuesta muchas veces a temas de fondo, son parte de la dificultad que hace que los autoritarismos sean incluso hoy día revalorizados», afirmó ante el público.
En su intervención, Jara no se quedó en la memoria histórica. También llevó el debate al terreno del presupuesto público y de la educación. Al referirse al proyecto de Ley de Presupuestos 2027, cuestionó que, entre otras cosas, deje sin financiamiento explícito a las Becas TIC, conocidas como «Yo elijo mi PC», de Junaeb.
Su crítica apuntó a una generación que, según dijo, recibió gratuidad universitaria y antes tuvo computador en séptimo básico, pero terminó votando por la ultraderecha. «Y ahora les quitó el computador y que los amenazan permanentemente hablando de fraude social en la gratuidad. Sin pruebas, así nomás lo tiran», sostuvo.
El frente económico también entró en la trastienda de su discurso. Jara dedicó parte de sus palabras al ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, al que sacó a colación por sus vínculos con casos de colusión empresarial. Desde allí cuestionó la insistencia del Ejecutivo en culpar al gobierno anterior por las dificultades del país.
«¿Qué más fraude que haber sido parte de las colusiones? Francamente, se habla mucho de cómo no hemos recuperado la confianza económica en el gobierno. Tienen la teoría del enemigo interno, entonces, insisten en echarle la culpa al gobierno anterior», manifestó.
Luego llevó su crítica a la relación entre finanzas públicas y mercados. «¿Qué es lo que les da más incertidumbre a los mercados? ¿Tener un ministro que participó de colusiones alterando las leyes del mercado o que hace seis meses atrás había otro gobierno de otro signo político? A mí me da la impresión que manejar la hacienda pública requiere de alguien que tenga las manos completamente limpias», añadió.
Jara también evocó el caso de Marta Ugarte Román, profesora y dirigente comunista, víctima de desaparición forzada y homicidio durante la dictadura de Augusto Pinochet. Dijo que la historia de Ugarte es parte de la memoria que debe preservarse y reforzarse, y recordó que su cuerpo fue encontrado en septiembre de 1976 en la playa La Ballena, en Los Molles.
Más adelante, la exministra criticó la reacción de autoridades chilenas ante declaraciones de Javier Milei durante su visita al país. Según dijo, el presidente argentino vino a «ofender a un conjunto de personas, de compatriotas, y en realidad al país completo», mientras hubo «un silencio cómplice» de las principales autoridades.
También pidió hablar con menos eufemismos sobre lo que ha pasado en Chile. Y cerró con una defensa explícita del rol estatal. «Fortalecer la democracia nos hace fortalecer el rol de lo público, y que es en definitiva lo que a países como el nuestro, que tiene carencias evidentes, puede ayudar a que salga de esta situación de una mejor forma», concluyó.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. El punto de Jara no fue solo memorial: fue político y presupuestario. En su lectura, la erosión de la memoria histórica abre espacio a discursos autoritarios, mientras el aparato estatal sigue siendo la herramienta decisiva para corregir carencias y sostener derechos.
La escena deja una disputa de fondo que no se agota en la coyuntura. De un lado, una visión que pone a la memoria, la educación pública y la limpieza en el manejo de los recursos como condiciones de legitimidad. Del otro, una política que, a juicio de Jara, tolera demasiado el olvido, normaliza el ruido ideológico y debilita la confianza en las instituciones. En esa tensión, el dinero de los contribuyentes, el orden institucional y el papel de lo público vuelven a ser el centro de la batalla.



