La primera alarma la dio Ginette Acevedo. En una carta publicada en El Mercurio, la cantante dijo que estos días se ha encontrado en supermercados con melodías que se asemejan al folclor chileno, pero que nunca había escuchado. «Piezas que suenan a cueca o tonada, pero que no lo son», escribió.
Acevedo agregó que, al hablarlo con sus nietos, recibió una respuesta que la dejó pasmada: «Es IA», le dijeron. Y remató con una crítica directa: «Qué triste es que algunos espacios utilicen nuestra identidad para impulsar sus ventas, pero no sean capaces de respetarla, y acudan a herramientas como la inteligencia artificial o los repertorios de librería para emular la historia, en lugar de promoverla».
Otros músicos, como Cristóbal Criceño, también han denunciado en redes que supermercados utilizan temas pop genéricos elaborados con IA como música de fondo. La Sociedad Chilena del Derecho de Autor, por su parte, publicó una declaración en sus redes bajo el título «Si te venden chilenidad, ¡qué al menos usen música chilena! Este 18 que no te pasen IA por cueca».
En esa publicación, la SCD describe la escena con precisión: un día de compras, banderas y guirnaldas, productos asociados a las Fiestas Patrias y, de fondo, algo que se parece a una cueca, pero que «carece por completo del alma que caracteriza a nuestro baile nacional». Luego añade: «Estamos en tiempos de emuladores de música, que producen canciones no identificables, con un origen imposible de rastrear. La cueca, la tonada y nuestro folclor en general, no son la excepción».
El punto económico también está sobre la mesa. La propia nota aclara que el ejercicio que realizan los supermercados no es ilegal y que, en términos financieros, resulta más barato, porque no se paga un catálogo licenciado. Ahí aparece la trastienda del conflicto: para la empresa, la ecuación es de costo; para los músicos, el costo lo paga el trabajo creativo y la identidad cultural.
La escena lo dice todo. En un país donde las Fiestas Patrias venden chilenidad por metros lineales y por altoparlante, la música dejó de ser solo ambiente y pasó a ser parte del producto. Cuando una cadena reemplaza repertorio licenciado por piezas generadas para parecerse al folclor, no solo ahorra dinero: también desplaza a los creadores reales que sostienen esa tradición.
Ese giro importa porque revela una lógica que ya no se limita a la música de supermercado. La tecnología permite emular estilos, abaratar contenidos y llenar espacios con material funcional, pero cada ahorro de la empresa tiene un reverso: menos espacio para el autor, menos reconocimiento del origen y más distancia entre el consumo masivo y la obra humana. Los detalles cuentan la historia.
Para la industria cultural, el debate no es si la Inteligencia Artificial existe o si puede producir sonidos útiles. Eso ya está ocurriendo. La pregunta de fondo es otra: quién se beneficia cuando una identidad se vuelve decorado y quién pierde cuando la creatividad se reemplaza por un simulacro barato. En este caso, la respuesta asoma sin rodeos: gana la caja registradora; pierde la música que dio forma a esa identidad.
En tiempos en que la libre empresa busca eficiencia en cada rincón, el límite no siempre está en la legalidad, sino en el respeto por la creación y en el valor que una sociedad le asigna a lo propio. Si la chilenidad se vende en una campaña de temporada, el mínimo exigible es que no se convierta en una copia de laboratorio. De lo contrario, el ahorro empresarial termina siendo una forma elegante de vaciar de contenido aquello mismo que se promete celebrar.


