Los números no mienten, aunque a nadie en Hollywood le guste escucharlos.
Según cifras publicadas la semana pasada por FilmLA, la producción de cine y televisión en Los Ángeles cayó 13% en el segundo trimestre de 2026 respecto al mismo período del año anterior. El ritmo de filmación también retrocedió 8% frente al primer trimestre de este año. El golpe más duro lo absorbió el largometraje: producción de películas de ficción cayó casi 20%.
La paradoja es que el cine vive uno de sus mejores momentos en taquilla. El crítico Johnny Olesinski lo documenta: el sector está en pleno rebote comercial. «The Odyssey» era un éxito anunciado, pero los casos más reveladores son otros. La biopic de Michael Jackson, titulada «Michael», ha recaudado mil millones de dólares pese a la controvertida historia del artista. Y «Obsession», producida por menos de un millón de dólares, ha generado casi medio millón de millones en recaudación. El mercado existe. El dinero está sobre la mesa. Solo que cada vez menos de ese dinero llega a Los Ángeles.
La trampa de los incentivos fiscales
California apostó por los créditos fiscales generosos y la ciudad prometió permisos más rápidos. El resultado está a la vista: la producción sigue cayendo. El problema es estructural. Cuando todos los estados y ciudades ofrecen incentivos similares, se desata lo que los economistas llaman una «carrera hacia el fondo»: nadie gana, todos regalan dinero de los contribuyentes, y la ventaja competitiva se evapora en cuanto el vecino iguala la oferta.
Lo que Los Ángeles necesita, argumentan quienes siguen de cerca la industria, no es otro cheque del erario sino un entorno cualitativamente superior para filmar. Y en teoría lo tiene: luz natural incomparable, geografía variada, décadas de talento concentrado en un radio de treinta kilómetros. El problema es que ese activo se erosiona por factores que la ciudad lleva años sin resolver: la crisis de personas en situación de calle, la inseguridad y una carga regulatoria que encarece y complica cada rodaje.
El elefante sindical en el set
Hay un factor adicional que los grandes estudios prefieren no mencionar en voz alta: el poder sindical. Las huelgas laborales se han vuelto más frecuentes en los últimos años. Las reglas y los salarios fijados por los sindicatos convierten producciones que podrían ser ágiles y económicas en procesos largos, costosos y, según sus críticos, ineficientes.
El silencio de la industria al respecto resulta elocuente. Es políticamente más cómodo para las figuras de Hollywood pronunciarse contra las redadas migratorias del presidente Donald Trump que señalar a los sindicatos como parte del problema de competitividad. La política de identidad tiene un coste real: mientras la industria mira hacia Washington para buscar villanos, las producciones siguen desplazándose a Atlanta, a Toronto, a Budapest o a cualquier ciudad que ofrezca menos fricción.
Lo que está en juego
Los detalles cuentan la historia. Una ciudad que tiene el sol, el talento y la infraestructura, pero que pierde producción mientras el mercado global crece, no está sufriendo una mala racha: está tomando malas decisiones.
Para Hemisferio, el diagnóstico es claro. Los créditos fiscales sin reforma estructural son parches que drenan recursos públicos sin resolver el fondo. La libre empresa florece cuando las reglas son predecibles, los costos laborales reflejan la realidad del mercado y el aparato regulatorio no penaliza la inversión. Hollywood, paradójicamente, es una industria privada que ha tolerado durante demasiado tiempo un entorno hostil a la libre empresa, protegida por su propio mito cultural.
Si los líderes de la industria y los representantes sindicales no actúan con madurez —como señalan quienes siguen el sector—, el riesgo no es solo perder rodajes a otras ciudades. Es perder la industria misma. El taquillero global no esperará a que Los Ángeles resuelva sus contradicciones internas.



