La escena lo dice todo. Dos diseñadores industriales recién graduados suben a recibir un galardón nacional con un proyecto que comenzaron mientras todavía cursaban sus estudios en Bogotá. Detrás de ellos, invisible pero presente en cada pantalla del juego, está una comunidad indígena de Cundinamarca que les abrió sus puertas hace más de dos años.
El videojuego se llama Hizca, el guardián de los páramos. Su nombre proviene de la lengua muisca y significa curación o medicina. No es un detalle menor: el proyecto nació de una colaboración directa con el Resguardo Muisca de Sesquilé y fue construido, desde su concepción, con el conocimiento, la participación y el aval de esa comunidad.
El resultado acaba de recibir el premio al mejor videojuego en los Premios Príncipe de los Páramos, organizados por el Ministerio de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones de Colombia.
El equipo y la apuesta
Detrás de Hizca está la Facultad de Diseño Industrial de la Pontificia Universidad Javeriana. El proyecto fue liderado por el docente e investigador Torres, con la participación de los diseñadores Castellanos Molina —responsable de la conceptualización, el desarrollo y la programación— y González Álvarez, a cargo del desarrollo, el modelado, la animación 3D y los efectos especiales.
El jurado del premio destacó precisamente la alianza entre diseñadores industriales y una comunidad indígena como uno de los elementos que distinguen al proyecto. No es un videojuego construido sobre una cultura: es uno construido con ella.
«Gracias a la Javeriana por ser la cuna de este proyecto y a todos nuestros allegados que nos han acompañado a hacer crecer este proyecto que nos permite poner el cuidado de los páramos en el centro dentro del juego y en la vida», dijo Castellanos tras recibir el galardón.
Torres, por su parte, subrayó el carácter colectivo del logro: «Estamos muy felices por el reconocimiento al trabajo de estudiantes, profesores, colegas y especialmente al Resguardo Muisca de Sesquilé».
Más que entretenimiento
González Álvarez fue el más explícito sobre la apuesta de fondo. «Es un premio muy especial para nuestro proceso de crear videojuegos desde Colombia con sentido social y ambiental. Los videojuegos suelen ser vistos únicamente como medio de diversión y entretenimiento, pero también son una poderosa herramienta para concientizar y hacer pedagogía sobre la importancia de nuestros recursos naturales», señaló.
El juego está disponible en hizca.com. Sus creadores lo describen como el inicio de una nueva línea en el desarrollo de videojuegos colombianos con sentido social: un producto de entretenimiento digital que pone en el centro la protección de los páramos y que fue construido en diálogo real con quienes habitan y conocen esos territorios.
Los detalles cuentan la historia. Dos años de trabajo, una universidad, una comunidad indígena y un ministerio que decidió premiar algo distinto a lo habitual en la industria local.
Lo que está en juego
Más allá del mérito evidente del equipo, Hizca apunta a algo que Colombia necesita con urgencia: una industria creativa y tecnológica capaz de generar valor desde el talento propio, sin depender del aparato estatal como motor permanente. Que dos estudiantes hayan llevado un proyecto de esta envergadura desde las aulas hasta un reconocimiento nacional es, ante todo, una historia de libre empresa intelectual y de instituciones universitarias que funcionan.
El riesgo, claro, es el de siempre: que el galardón se convierta en vitrina política y el proyecto quede atrapado en la lógica de los subsidios y los premios oficiales, en lugar de abrirse camino en el mercado real. La industria de videojuegos colombiana tiene talento. Lo que le falta, con frecuencia, es el ecosistema de inversión privada y las reglas de juego estables que permitan escalar. Hizca merece más que un trofeo.


