La pregunta llegó antes de que sonara la primera nota. ¿Podía Hesse Kassel sostener lo que prometió con La Brea? El debut del grupo había generado expectativa. El segundo disco, Morir Saltando, responde con seguridad.
La voz profunda de Renatto Olivares sigue siendo el eje. Los cortes intrincados y los paisajes disonantes que los presentaron al mundo aparecen desde la canción de apertura, Pornomiseria, que ya venían tocando en vivo. La escena lo dice todo: el quinteto llega al estudio con el material probado.
Pero hay un giro. El debut tenía una sensación solemne e intensa. Morir Saltando desarrolla el costado más directo y visceral. No me puedo relajar y Sancho Plagio despliegan un material crudo y furioso. También suenan otras voces. En Tulpa se escucha al guitarrista Luca Cosignani. La voz alta del tecladista Joaquín «Chapa» González se cuela en la intrincada Mariposa.
Lo que distingue este álbum del anterior es el control. Hesse Kassel siempre parece estar al borde de la cornisa. Aquí dominan esa sensación con mayor precisión. Los segmentos están mejor definidos. El sonido es más apretado. Cuerpo y mente se separan a más no poder.
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Escuchar el nuevo álbum de Inti-Illimani es como visitar un paisaje conocido. Uno que vuelve a remecer.
Caminos despliega diez canciones con variedad estilística bien trabajada. El Fuego de la Memoria abre con letra filosófica y arreglo suave. Todo en ti es una cumbia que enfatiza los arreglos por sobre la fiesta. La pieza instrumental Danza de los Ruendes/El Basilisco mezcla dos composiciones originales con tino.
La reflexión social aparece en La Verdad no Obedece. «Dicen patria escondiendo la espada, dicen paz invocando la ley, pero el trigo no crece en la sombra y mi pueblo se postra a tu rey», cantan. Una letra que habla del país. También del mundo.
Uno de los puntos altos del disco es Abya Yala, la colaboración con Pablo Chill-E. Reivindica la América mestiza. Evoca la sensación de himno. Actualiza la fibra de la Nueva Canción Chilena.
El detalle más emotivo llega en La Copa Alzada: un recitado inédito del fallecido Patricio Manns. Los protagonistas de medio siglo de música chilena cierran con la canción que da nombre al álbum. «Caminar, sin volver la vista atrás.» La música no cesa.
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Fue en la serie Musicians on Musicians de Rolling Stone donde Kevin Parker lo contó. Siamese Dream, el disco de los Smashing Pumpkins, fue la banda sonora de sus años escolares. Eso explica el más reciente lanzamiento de Tame Impala: una versión de Hummer, tema de aquel álbum fundamental.
El cover forma parte de un tributo que sale el 14 de agosto a través del sello Sumerian Records. Se llama Sending Hearts To All My Dearies, título tomado de un verso de la canción Mayonaise. El propio Billy Corgan respaldó la idea y aprobó el nombre. En el proyecto participan también Yonaka, The Midnight, Carpenter Brut, Meg Myers y Alice Glass.
Parker entrega una versión directa y nostálgica. Toma la textura áspera de los noventa. La pasa por su propio cedazo psicodélico. Superpone voces oníricas, guitarras vertiginosas y ritmos hipnóticos. Conserva el espíritu original. Pero lo arrastra hacia su propio territorio.
El cerebro de Tame Impala no intenta imitar la angustia industrial de Chicago. Prefiere evocar cómo se sentía escuchar esa música en su propio cuarto adolescente, bajo el sol punzante de Perth. Él mismo lo dijo: Hummer es la canción que lo transporta con mayor intensidad a su juventud. Y eso se nota.
Los tres discos comparten una misma trastienda: el regreso al impulso original. Hesse Kassel afina la furia sin perderla. Inti-Illimani actualiza su himno sin traicionarlo. Parker cubre a sus ídolos desde el recuerdo, no desde la imitación. En tiempos donde la novedad se consume y descarta en horas, los tres apuestan por algo más difícil: la coherencia con uno mismo. El mercado de la música, como cualquier otro, premia a quienes saben quiénes son.



