El 18 de junio, los satélites Sentinel-1 del programa europeo Copernicus pasaron sobre el norte de Venezuela y registraron el estado del terreno. El 24 de junio, los terremotos sacudieron Caracas y La Guaira. Ese mismo día y el siguiente, los mismos satélites volvieron a capturar datos sobre la zona. La comparación entre esas mediciones produjo un mapa que lo dice todo.
Un informe reciente de la Agencia Espacial Europea (ESA) reveló que los potentes terremotos del 24 de junio provocaron cambios en la topografía del norte de Venezuela. Según los datos captados por los satélites europeos, el desplazamiento del terreno fue mayor de lo que se estimó inicialmente. Los registros certifican que en zonas cercanas a Caracas y La Guaira el suelo se elevó hasta 65 centímetros.
Los Sentinel-1 no capturan imágenes convencionales. Llevan integrado un radar avanzado que envía ondas de radio hacia la Tierra en diagonal. Esas señales viajan a la velocidad de la luz, rebotan en la superficie y regresan al satélite. Midiendo el tiempo exacto que tardan en volver, los instrumentos calculan distancias con una precisión de milímetros.
Al cruzar los datos obtenidos de dos órbitas distintas sobre la misma zona, la tecnología emplea la interferometría para generar un mapa de colores llamado interferograma. Cada franja o ciclo de colores representa un cambio de distancia entre el satélite y el suelo. Dado que el radar capta los movimientos en diagonal y no únicamente en vertical, sus lecturas se toman como una guía preliminar que debe complementarse con mediciones en tierra.
De acuerdo con informes de la Agencia Espacial Europea, los terremotos registrados en Venezuela fueron provocados por el choque entre la placa del Caribe, que se mueve hacia el este, y la placa Suramericana. Este fenómeno ocurre principalmente a lo largo de la falla de San Sebastián, frente a la costa norte de Venezuela, a un ritmo aproximado de 15 milímetros por año. Los datos del Sentinel-1 confirman además que la mayor parte de la fractura en el terreno se produjo en el mar, respaldando advertencias previas sobre la vulnerabilidad sísmica de la zona.
El cuadro que emerge de las fuentes disponibles es sombrío. Según El Nacional, más de 7.000 edificaciones presentan daños severos en Caracas, La Guaira y Miranda. Apenas el 12,3% de los escombros han sido retirados en La Guaira. Y el gobierno interino acumulaba, al cierre de esta nota, cuatro días sin publicar el balance oficial de los terremotos.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La ciencia satelital europea pudo cuantificar en días lo que la tierra tardó segundos en transformar. Lo que los interferogramas no pueden medir es la otra grieta: la que existe entre la magnitud documentada del desastre y la capacidad —o la voluntad— del aparato estatal para responder a él.
La cifra de 65 centímetros de elevación máxima no es solo un dato geofísico. Es el recordatorio de que Venezuela enfrenta una emergencia cuya escala real tardó en reconocerse, y cuya gestión sigue sin rendir cuentas públicas. Cuando el suelo se mueve más de lo calculado y los escombros permanecen, la pregunta que queda en pie no es científica: es política.



