Para entender el presente hay que volver a esa publicación anual que nadie en Pekín ni en Washington lee con indiferencia. El Academic Ranking of World Universities (ARWU) 2026, elaborado por ShanghaiRanking Consultancy, ofrece este año una fotografía que confirma una tendencia y, al mismo tiempo, lanza una señal de largo plazo.
El podio no se movió. Harvard, Stanford y el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) repiten en los tres primeros lugares, exactamente como en 2025. Cambridge conserva el cuarto puesto y Berkeley el quinto. Princeton sube al sexto y adelanta a Oxford, que cae al séptimo. Columbia ocupa el octavo, Chicago asciende al noveno y el Instituto Tecnológico de California baja al décimo. Estados Unidos coloca ocho universidades entre las diez mejores y 37 entre las cien primeras. El Reino Unido suma ocho en ese mismo tramo. Los números de la cima siguen siendo, abrumadoramente, anglosajones.
Pero la historia más relevante no está en el podio. Está en el escalón siguiente.
China continental elevó de 13 a 16 su número de universidades entre las cien primeras. Las recién llegadas a ese grupo son Southeast University, Harbin Institute of Technology y Tianjin University. Tsinghua se mantiene en el puesto 18 como la mejor universidad de Asia, y la Universidad de Pekín avanza un lugar hasta el 22. Son movimientos graduales, pero consistentes.
La diferencia se vuelve más nítida al ampliar el foco. Entre las 500 mejores del mundo, China continental cuenta con 115 universidades frente a las 111 de Estados Unidos. Entre las mil clasificadas, la brecha es mayor: 234 instituciones chinas por 187 estadounidenses. El ARWU examina más de 2.500 universidades y publica las mil primeras según seis indicadores, entre ellos el número de antiguos alumnos y profesores galardonados con premios Nobel y medallas Fields, los investigadores altamente citados, los artículos publicados en las revistas «Nature» y «Science» y el rendimiento académico por persona.
En Europa, el Reino Unido suma 57 universidades entre las mil mejores, Alemania 51, Italia 42, España 30 y Francia 27. La Universidad de París-Saclay se mantiene en el puesto 13 como la mejor de la Europa continental. La Escuela Politécnica Federal de Zúrich asciende del puesto 22 al 19. Los europeos compiten con solidez en el tramo medio-alto, pero ningún centro del continente —salvo los británicos— aparece entre los diez primeros.
En Latinoamérica, Brasil cuenta con una universidad entre las 200 mejores, mientras que Argentina y México tienen una cada uno entre las 300 primeras. Brasil suma tres centros entre los 500 primeros y 14 entre los mil. México aporta dos entre los mil, Argentina uno, y Colombia y Chile dos cada uno. Los números son modestos para economías de ese tamaño, y la distancia respecto a las potencias asiáticas resulta llamativa.
En África, Sudáfrica lidera con ocho universidades entre las mil primeras —tres de ellas entre las 500 mejores—, seguida de Egipto con seis y Marruecos con dos. Ninguna institución africana figura entre las cien primeras.
Los detalles cuentan la historia. El ARWU no mide intención política ni retórica de inversión: mide producción científica verificable, premios de referencia global y rendimiento por investigador. Que China continental haya pasado de 13 a 16 universidades en el top 100 en un solo año, y que ya supere en volumen a Estados Unidos entre las 500 primeras, no es un accidente. Es el resultado de una política de Estado sostenida durante décadas, con financiamiento masivo del aparato público orientado específicamente a escalar en estos indicadores.
Desde la línea editorial de Hemisferio, el dato merece dos lecturas. La primera es de reconocimiento: la competencia académica global se intensifica, y eso, en principio, es bueno para la ciencia y para quienes acceden a ella. La segunda es de alerta: el modelo chino de ascenso universitario está impulsado por el Estado, no por la libre empresa ni por la competencia abierta de ideas. Las universidades que más rápido escalan en el ranking son instituciones donde el Partido define prioridades de investigación. Cuando el criterio de excelencia lo fija un gobierno de partido único, la pregunta no es solo cuántos Nobel produce el sistema, sino qué preguntas ese sistema tiene prohibido hacerse. Harvard, con todos sus problemas recientes, sigue siendo una institución donde esa pregunta, al menos en teoría, puede formularse en voz alta.


