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Goya en Bogotá: 80 grabados para mirar la guerra sin épica

La muestra reúne 80 obras de Los desastres de la guerra y permanecerá abierta hasta el 17 de enero de 2027 en el Museo Nacional de Colombia, dentro de Fragmentos. La escena lo dice todo: el arte de Goya vuelve sobre la violencia y la víctima, no sobre la gloria de los vencedores.
Imagen generada con IA
domingo 20 de septiembre de 2026

Un hombre arrodillado extiende los brazos como si fuera una cruz. Detrás de él, una maraña de formas oscuras avanza. Francisco de Goya tituló ese grabado Tristes presentimientos de lo que ha de acontecer, hacia 1810, y dos siglos después vuelve a aparecer en Bogotá como parte de una serie completa de 80 grabados.

La exposición Los desastres de la guerra fue presentada por el Ministerio de Cultura, el Museo Nacional de Colombia y «Fragmentos, Espacio de Arte y Memoria». Se inauguró a principios de mes y permanecerá abierta hasta el 17 de enero de 2027, en el centro de Bogotá.

Las obras fueron realizadas por Goya entre 1810 y 1820 como respuesta a la Guerra de Independencia española. En esta ocasión se exhiben por primera vez dentro de Fragmentos, el contramonumento que Doris Salcedo construyó con armas entregadas por la extinta guerrilla de las Farc.

El recorrido no se limita a los grabados. Siete poemas escritos entre 1923 y 2022 y tres acciones corales realizadas junto con la Universidad Nacional completan la muestra. El montaje intercala imágenes y textos para subrayar una idea central: la guerra no como hazaña, sino como desgaste humano.

Goya fue pintor de cámara de la corte española y realizó obras como La familia de Carlos IV, La maja desnuda y Los fusilamientos del tres de mayo. Pero Los desastres de la guerra pertenece a un registro prácticamente íntimo del artista español, porque nunca la vio exhibida. La hizo entre 1810 y 1820, a partir de lo que presenció durante un viaje a Zaragoza y de los relatos que le llegaban sobre la ocupación napoleónica. La primera edición apareció en 1863, décadas después de su muerte en 1828.

Hacia el final de su vida, ya retirado en la Quinta del Sordo, Goya profundizó esa mirada sobre el miedo y la crueldad humana en las llamadas Pinturas negras, entre ellas la famosa Saturno devorando a su hijo. En la lectura de Andrés Felipe Suárez, coordinador general de Fragmentos, la vigencia de estos grabados está en que Goya fue de los primeros artistas en retratar la guerra desde el punto de vista de quienes la sufren, y no desde la épica de los vencedores.

La serie completa se divide en tres partes: la guerra, el hambre que le sigue y una última más simbólica con figuras monstruosas. Suárez describe dos estampas tituladas Con razón o sin ella. En la primera, soldados franceses atacan con bayonetas a un grupo de campesinos españoles mientras el pueblo observa aterrado. En la segunda, la escena se invierte: un campesino español, con el rostro desencajado, ataca con un hacha a un soldado francés.

«En la guerra no hay buenos, en la guerra todo el mundo es malo y la guerra lo que hace es que nos bestializa y nos quita cualquier capacidad de agencia», resume Suárez.

Salcedo sostiene que traer al español a Fragmentos no significa mirar hacia atrás. «Yo creo que Goya no morirá nunca. Es un artista que está vivo, está más vivo que nunca», dice. Para ella, la brutalidad que el pintor registró hace dos siglos se repite hoy en escenarios atravesados por la violencia, como Cauca, Yemen, El Fasher, Gaza, el sur del Líbano y Ucrania.

También subraya que Goya nunca tomó partido entre invasores e invadidos. En algunos grabados los españoles atacan a los franceses; en otros ocurre lo contrario, y el resultado narrativo es el mismo. «La solidaridad de Goya está siempre con las víctimas, sea francesa o sea española, sea el invasor o sea el invadido», afirma.

Esa ausencia de bandera, dice Salcedo, permite reconocer en los grabados escenas que también ha vivido Colombia: desplazamientos forzados, ejecuciones extrajudiciales, torturas, desmembramientos y hambrunas. Incluso menciona que Goya, siendo anticlerical, retrató a religiosos como víctimas atravesadas por bayonetas, al tiempo que denunciaba saqueos de candelabros y objetos litúrgicos en las iglesias. «Si uno comparara el informe de la Comisión de la Verdad con esta serie de grabados, todos los crímenes están ahí ya dados», afirma.

El espacio donde se instaló la exposición es, en sí mismo, un contramonumento, dado que su piso está hecho con las armas entregadas durante el proceso de desarme de la extinta guerrilla de las Farc, fundidas y moldeadas en losetas por mujeres víctimas de violencia sexual.

Salcedo conecta ese gesto con el momento político actual del país. La exhibición llega en el décimo aniversario de la firma del Acuerdo de Paz, un pacto que, dice, «se ha intentado destruir, volverlo trizas, acabarlo».

Por eso, considera que enfrentarse a la obra de Goya ofrece dos caminos: reflexionar sobre lo que significó desarmar a 13.000 excombatientes y destruir 37 toneladas de armamento, o aceptar que la guerra siga siendo, como la retratan estos grabados, «la forma más clara y descarnada posible» de resolver un conflicto.

Salcedo traza además un paralelo histórico. Goya vivió la promulgación de la Constitución de Cádiz de 1812, un texto liberal que reconoció derechos heredados de la Revolución Francesa, y su posterior anulación cuando Fernando VII regresó al poder y restauró en España la Inquisición, el silencio y la censura. Para la artista, ese «retroceso ideológico» encuentra un eco directo en la Colombia de hoy.

La muestra entra así en una conversación más amplia sobre violencia, memoria y poder. Y lo hace sin adornos: con los cuerpos rotos de Goya al centro y con una advertencia incómoda para cualquier sociedad que siga creyendo que la guerra produce orden o victoria limpia.

La lección es otra. Cuando el Estado, la guerra o la propaganda convierten la violencia en destino, el ciudadano termina pagando la cuenta moral y material. Por eso Los desastres de la guerra sigue siendo una obra incómoda: recuerda que la épica suele favorecer a los poderosos, pero el daño lo cargan los de siempre.

En Bogotá, ese mensaje cobra una fuerza particular. El arte entra al debate público como una defensa de la víctima y una acusación contra la normalización del horror. Y en tiempos de fatiga institucional, esa es una posición que vale más que cualquier gesto de solemnidad cultural.

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