San Sebastián fue este domingo la escena de una película y, al mismo tiempo, de una acusación política. Benjamín Naishtat presentó «Glaxo», un largometraje basado en la novela homónima de Hernán Ronsino, publicada en 2009, y dijo que «la Argentina actual es toda ella un guiño» a las experiencias «fastistoides» de la dictadura de 1953 y la de los años setenta.
El director aclaró que la novela antecede a la coyuntura actual y que, por lo tanto, no hay guiños concretos. Pero sostuvo que todo lo que ocurría entonces recuerda a la actualidad porque «el futuro tiene un largo pasado». En esa lectura, la película reconstruye, a través de distintas épocas y puntos de vista, la historia de un grupo de amigos de una pequeña localidad de la provincia de Buenos Aires cuya vida cambia cuando llega al pueblo un siniestro excomisario de policía, interpretado por Marcelo Subiotto, junto a su esposa, a cargo de Lali Espósito.
El filme compite en la Sección Oficial del festival español y, según su propia sinopsis pública en la presentación, habla de política, dictaduras y opresión a través de la historia íntima de una amistad entre cuatro adolescentes que descubren el amor y el sexo. Espósito describió a su personaje como una mujer que defiende su idea de libertad pese a estar casada con un hombre que representa la opresión. La actriz dijo que disfrutó mucho el papel y que le encanta «ponerse tacones, bailar, cantar».
La otra trama, menos visible pero decisiva, fue la de la producción. El productor brasileño Rodrigo Teixeira afirmó que la película es «claramente argentina», aunque se grabó en Brasil porque «los países vecinos tenemos que ayudarnos» y porque, dijo, Argentina está sufriendo ahora como sufrió Brasil durante los cuatro años del mandato de Bolsonaro. Naishtat, por su parte, aseguró que el cine «ha sido desmantelado en Argentina por las políticas del Estado» y que ese «contexto difícil» hizo imposible rodar la película en el país.
«Cuando vimos que no podíamos trabajar en Argentina fue terrible», recordó el realizador. Dijo además que, gracias a la solidaridad continental, se pudo montar un equipo mixto argentino-brasileño y concretar la producción. Santiago Gallelli añadió que «esta película se pudo hacer, pero muchas otras no han podido», en una rueda de prensa marcada por críticas a la situación del cine argentino y a la falta de apoyo a la cultura del Gobierno de Javier Milei.
El personaje de Subiotto también concentró parte del debate. El actor interpreta a un excomisario con pasado oscuro que, en sus conversaciones con superiores y con la gente del pueblo, habla de la necesidad de «civilizar» y de luchar «contra la barbarie». Subiotto dijo que esas palabras resuenan especialmente hoy porque personajes así «ha habido siempre», pero «ahora parece que la actualidad invita a comportarse así».
Naishtat fue más lejos al enlazar esas expresiones con la «batalla cultural» que suele usar Milei en sus discursos. A su juicio, hoy en Argentina no hay una batalla cultural, sino «un desmantelamiento de la cultura sin proponer nada a cambio, sólo una vacío que viene carcomiendo al cine y a todas las expresiones artísticas».
La película quedó así atrapada entre la ficción histórica y el presente político. En la pantalla, el poder entra por la puerta de un pueblo chico y altera la vida de todos. Fuera de la pantalla, los protagonistas de la película describen un país donde la creación depende de equilibrios frágiles, de apoyos externos y de un Estado que, según ellos, se retiró de escena.
La escena lo dice todo. «Glaxo» no se presentó sólo como una obra sobre dictaduras y amistades rotas, sino como un síntoma de algo más amplio: la pelea por el lugar de la cultura en una Argentina donde el aparato estatal ya no subsidia con la misma fuerza, pero tampoco ofrece un reemplazo claro. Para el mundo del cine, eso significa menos margen para producir; para el Gobierno, una prueba de que su giro también tiene costos en el terreno simbólico.
Y allí está el desenlace que deja San Sebastián: cuando la política se mete en la cultura, el resultado no suele ser neutral. O se protege la libertad creativa con reglas previsibles, o la burocracia y el desarme institucional dejan un vacío que otros ocupan. En este caso, la película encontró refugio en Brasil. El problema es que muchas otras, según Gallelli, no lo lograron.



