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Flock, China y el costo de ceder terreno al Estado y a sus rivales

Una selección de columnas en Estados Unidos defiende la vigilancia policial, alerta sobre la presión china sobre Taiwán y acusa a demócratas de debilitar el orden legal al atacar a ICE. El hilo común: quién manda sobre la seguridad, la soberanía y la libertad.
martes 22 de septiembre de 2026

La escena lo dice todo. En una nota de opinión reunida por The New York Post, el debate arranca con una cámara de lectura automática de matrículas de Flock Safety montada al aire libre en American Fork, Utah. A partir de ahí, la discusión se abre en tres frentes: vigilancia policial, clima y seguridad fronteriza. Cada uno deja ver una disputa mayor sobre el alcance del Estado y el costo de renunciar al orden.

Sam Raus, en City Journal, sostiene que los críticos de Flock y de la tecnología ALPR, «predominantemente libertarios y de izquierda», dicen que esas cámaras crean un sistema inconstitucional de «vigilancia masiva». Pero Raus replica que «ninguna de las dos respuestas avanza la libertad», porque «el orden público es una base de nuestras libertades, y asegurarlo ayuda a mantenernos libres». Añade que, en numerosos casos, estas cámaras han servido a la justicia y han protegido la libertad de personas que obedecen la ley, como en secuestros infantiles. También ayudaron a capturar a «un asesino múltiple en Oregón responsable de cinco muertes en un lugar rural remoto».

El matiz, sin embargo, está en el límite. Raus advierte que Flock puede representar un uso nuevo y poco familiar de la tecnología, pero insiste en que lo decisivo es si los gobiernos la usan dentro de «límites legales claramente definidos y diseñados con sensatez». Esa frase resume el dilema: no se trata solo de si la herramienta existe, sino de si la burocracia la emplea con reglas firmes o la convierte en un atajo para expandir su poder.

En otro frente, Roger Pielke Jr., en The Free Press, cuestiona a World Weather Attribution por atribuir el desastre del 26 de agosto en el Himalaya al «calentamiento global causado por el ser humano». Pielke dice que los científicos de WWA han hecho esto «más de 120 veces desde su fundación en 2014»: emiten un comunicado y un informe técnico tras un evento meteorológico importante y luego «pretenden explicar cuánto ha inclinado el cambio climático las probabilidades de que ocurran tales eventos». Según él, eso no constituye «un análisis legítimo que realmente vincule el evento meteorológico con el cambio climático», sino una suposición.

Pielke va más lejos y afirma que ese método ha llegado incluso a usarse para mostrar que «aumentos en las solicitudes globales de patentes» empeoraron un tifón de 2019 en Japón. Su advertencia es clara: la metodología de WWA podría terminar desplazando la ciencia climática legítima, que hasta ahora ha sido evaluada de forma periódica y autorizada por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático. La disputa no es menor: si la explicación automática sustituye al análisis serio, el debate público queda a merced de consignas y no de evidencia.

Frank Lasee, en The Hill, entra por el ángulo cultural y generacional. Cita una encuesta en la que más de la mitad de 12.793 estadounidenses de 16 a 25 años dijeron que el cambio climático los hacía dudar de tener hijos. Para Lasee, ese miedo no debería ser una razón para rendirse. Recuerda que generaciones anteriores enfrentaron guerras mundiales, depresiones y enfrentamientos nucleares, y aun así la ingeniosidad humana limpió el aire y los ríos, triplicó los rendimientos agrícolas, redujo la pobreza extrema en dos tercios y volvió más verde una porción enorme del planeta.

Su conclusión es una defensa de la confianza en la capacidad humana, no del fatalismo. «Dos generaciones han sido enseñadas a temer el futuro», escribe. «Enseñemos a la próxima a construirlo». El mensaje, en el fondo, es económico y político: cuando el discurso público se alimenta de miedo, también crece la tentación de frenar innovación, inversión y crecimiento.

Más al este, Jason Hsu, en The Wall Street Journal, pone la lupa en Taiwán. Recuerda que, cuando Trump regresó de su cumbre en Pekín en mayo, dijo que la situación con Taiwán debía «seguir como está». De cara a la visita de Xi Jinping a la Casa Blanca esta semana, Hsu anticipa más palabras de calma, estabilidad y respeto mutuo. Pero advierte que no debe asumirse que la postura de China en el estrecho de Taiwán haya cambiado poco: «Pekín está en marcha».

Hsu describe años de avance chino sobre la isla mediante tácticas de «rebanada de salami», en las que ningún acto aislado parece justificar una guerra. Con cada nueva incursión, Xi redefine el «estatus quo» que luego ambos países prometen preservar. El efecto acumulado, escribe, es un Taiwán debilitado y empujado poco a poco a la rendición. Su advertencia final es tajante: «‘Seguir como está’ no es una política sólida».

La escena política interna de Estados Unidos tampoco ofrece mucha calma. Jenny Beth Martin, en el Washington Examiner, dice que el grito «Abolir ICE» muestra que los demócratas están cada vez más comprometidos con socavar el estado de derecho en todo el país. Según ella, para demasiados demócratas, no solo para la franja más radical, la consigna es una promesa.

Martin recuerda que, en la Cámara de Representantes, todos menos siete demócratas votaron contra la financiación del Departamento de Seguridad Nacional este año, para bloquear recursos para ICE y la Patrulla Fronteriza. Su lectura es directa: votar para desfinanciar la aplicación federal de las leyes migratorias es una forma extrema de debilitar la seguridad fronteriza y erosionar la soberanía nacional.

Para entender el presente hay que volver a esa semana: cámaras, clima, Taiwán y frontera. Cuatro debates distintos, un mismo centro de gravedad. La pregunta de fondo es cuánto poder se le concede al Estado, cuándo protege y cuándo excede su mandato. En la visión de libre empresa y gobierno limitado, la respuesta no puede ser ambigua: el orden importa, pero también importan los límites.

Si el argumento de Flock es correcto, la tecnología debe usarse con reglas claras y no como una expansión opaca de la vigilancia. Si la crítica a WWA acierta, la ciencia no puede convertirse en activismo con sello técnico. Si Hsu tiene razón, la tibieza estratégica solo anima a Pekín. Y si Martin describe bien el movimiento demócrata, desfinanciar la frontera no es una reforma: es dejar el terreno más abierto a la ilegalidad. Los detalles cuentan la historia.

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