Este miércoles por la noche se estrenó en la Argentina La libertad doble, el nuevo largometraje de Lisandro Alonso, como apertura del 4° Festival Internacional de Cine de la Universidad de Buenos Aires (FIC.UBA) en el Cine Cosmos. La película ya había tenido su debut mundial en la Quincena de Cineastas del Festival de Cannes 2026.
Alonso vuelve así a uno de los territorios que definieron su cine. La libertad doble es una secuela directa de La libertad (2001), su ópera prima. Aquel film se convirtió en una obra icónica del Nuevo Cine Argentino y también se estrenó en Cannes. Veinticinco años después, Misael Saavedra retoma el mismo papel: un hachero que vive solo en el campo, con una motosierra en lugar del hacha y la misma vida austera en medio del monte.
La primera mitad de la película mira de frente esa continuidad. Repite planos largos y fijos. Repite la atención al gesto cotidiano. Repite, también, la ausencia de drama convencional. Pero el relato cambia cuando Misael recibe una noticia decisiva: el hospital psiquiátrico donde estaba internada su hermana Micaela cerrará sus puertas por falta de fondos estatales.
Ese giro ordena el resto de la historia. Sin contención posible, el hachero debe llevarla a vivir a su precaria vivienda en el campo. Catalina Saavedra interpreta a Micaela. El personaje habla poco, huye hacia las vías de un tren que ya no circula y se aferra a una regadera como si fuera su objeto más preciado. La convivencia entre ambos hermanos ocupa el centro de la segunda mitad del film.
El desenlace no oculta su base material. El instituto neuropsiquiátrico cierra por recortes presupuestarios. Y eso instala, de manera inevitable, el contexto político de la película. La obra no formula denuncias explícitas ni construye un relato de protesta directa. Pero pone en escena algo más incómodo: qué ocurre cuando el aparato estatal deja de sostener a quienes más dependen de él.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La escena lo dice todo. En lugar de un discurso, Alonso elige el silencio. En lugar de una consigna, elige la observación. Y en ese marco hace visible el costo humano de la poda del gasto público, que no siempre se mide en números. A veces se mide en una puerta que se cierra. A veces, en una familia obligada a absorber sola lo que antes estaba a cargo del Estado.
Alonso explicó a Infobae que decidió repensar «cómo había empezado a hacer películas», con un camino «más sencillo, más independiente, que requiera de menos apoyo y menos coproducción». También dijo: «Encontré una felicidad enorme en hacerla y creo que me voy a quedar quieto donde estoy, porque me siento más suelto de equipaje».
Esa elección estética también tiene una lectura política. En tiempos de grandilocuencia y ruido, La libertad doble apuesta por un cine austero, lento y de bajo voltaje. Es una decisión artística, sí. Pero también una forma de recordar que la libertad no es un eslogan. Tiene condiciones. Tiene costos. Y cuando el dinero público se retira, esos costos no desaparecen: se trasladan a personas concretas.
Ahí está el corazón de la película. Y también su incomodidad para cualquier gobierno que celebre el ajuste como virtud automática. Lo que aparece en pantalla no es una abstracción fiscal. Es una vida empujada a reorganizarse porque una institución dejó de existir. La libertad, en ese caso, llega sin red. Y el precio lo pagan los más frágiles.


