La escena lo dice todo. Un ministro de Economía en conferencia de prensa hablando de feriados —no de déficit, no de aranceles— y, sin embargo, el mensaje es de política económica pura: los días libres cuestan producción, y si ya están ahí, que al menos sirvan para algo.
Elmer Cuba, titular del Ministerio de Economía y Finanzas del gobierno de la presidenta Keiko Fujimori, anunció esta semana que el Ejecutivo no eliminará ni aumentará los feriados nacionales, sino que los «optimizará en el margen». La fórmula concreta: trasladar al viernes todos aquellos que no sean el 28 de julio, Navidad ni Año Nuevo. La medida, precisó Cuba, no aplicará para el año en curso sino para el calendario de 2027, de modo que familias, empresas y operadores turísticos dispongan de todo 2026 para planificar con anticipación.
«Los feriados cuestan producción y productividad», dijo el ministro sin rodeos. «Lo que vamos a hacer en el corto plazo es, dado que ya están ahí, moverlos a los viernes para que tengamos ese doble efecto: menor efecto en productividad y mayor efecto en el turismo».
El diagnóstico que subyace a la medida no es trivial. Cuba citó estudios que documentan caídas de productividad cuando un feriado cae en martes o jueves, los llamados «puentes» informales que vacían las oficinas sin que nadie lo declare oficialmente. Un feriado entre semana genera, en la práctica, dos o tres días perdidos: el feriado mismo, el día-puente que los trabajadores toman de facto y el arranque lento del día siguiente. Al concentrar ese descanso en el viernes, el argumento es que el lunes llega sin inercia acumulada.
Para el sector turismo interno, el razonamiento es el espejo: si el feriado siempre cae en viernes, los operadores saben con doce meses de anticipación cuándo habrá demanda de transporte, hospedaje y gastronomía. Eso permite contratar personal transitorio, negociar precios de alimentos y maximizar el uso de instalaciones sin los costos logísticos de una convocatoria de último momento. «Nadie baja por un día», resumió Cuba, aludiendo a que un feriado aislado a mitad de semana rara vez activa el turismo interno de manera efectiva.
La trastienda del anuncio revela también un guiño a los gerentes de empresa. Cuba los instó a incorporar los nuevos calendarios en su planeación operativa: si el viernes es feriado, las metas deben estar cerradas el jueves. La previsibilidad, en este esquema, es en sí misma un activo de productividad.
En cuanto al calendario de 2026, el ministro dejó abierta la posibilidad de aplicar algún movimiento anticipado, aunque aclaró que la implementación plena será para el ejercicio siguiente. La lógica es que la medida solo funciona si todos los actores —familias, aerolíneas, hoteles, empleadores— conocen el mapa completo con tiempo suficiente para actuar en consecuencia.
Los detalles cuentan la historia. Una reforma que en apariencia es administrativa —mover fechas en el calendario— encierra una lectura de economía aplicada: los incentivos importan, la previsibilidad tiene valor y el Estado puede mejorar resultados sin gastar un sol adicional del erario. No hay nueva burocracia, no hay subsidio, no hay programa. Solo un ajuste de calendario que alinea los incentivos de trabajadores, empresas y prestadores de servicios turísticos.
Desde la línea editorial de Hemisferio, la iniciativa merece reconocimiento precisamente por lo que no hace: no crea un feriado nuevo, no gasta dinero de los contribuyentes, no monta un aparato estatal para gestionar el ocio de los ciudadanos. Es libre empresa la que gana cuando la señal es clara y anticipada. El turismo interno peruano —golpeado históricamente por la informalidad del «puente» improvisado— necesita exactamente eso: reglas estables que permitan planificar. Si el gobierno de Fujimori logra que el decreto esté vigente antes de que terminen las ferias de verano de 2026, la medida llegará al mercado con el tiempo suficiente para demostrar si el razonamiento del ministro Cuba se sostiene en los números reales.



