En la Alta Guajira aseguran que entraron nuevos hombres armados y que hoy hay nuevos controles en comunidades como Nazareth y Siapana. La escena lo dice todo: la caída de alias Bendito Menor no dejó el territorio en manos del Estado, ni produjo el vacío que muchos esperaban.
Lo que habría ocurrido, según fuentes en Nazareth y Siapana, es que la salida de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN) de buena parte del extremo norte de Uribia abrió un espacio que comenzó a ocupar el Ejército de Liberación Nacional (ELN), organización que llevaba años con presencia en el territorio y que mantiene posiciones históricas en frontera con Venezuela.
Paula Tobo, investigadora de la Fundación Ideas para la Paz (FIP), pone un freno a cualquier lectura simplista. Explica que el ELN es uno de al menos cuatro actores armados que tienen algún nivel de injerencia en La Guajira y que el departamento no puede leerse como un territorio completamente dominado por una sola estructura.
Según Tobo, en diálogo con EL COLOMBIANO, dependiendo de la subregión cambia el actor que tiene mayor preponderancia. Mientras las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada han tenido una fuerte incidencia en sectores asociados con Dibulla y Riohacha, cuando se avanza hacia la frontera con Venezuela aparece el ELN.
La investigadora añade una diferencia sustancial entre la operación de esa guerrilla en La Guajira y la que desarrolla en el Catatumbo. En La Guajira, explica, se trata de una presencia más discreta e histórica, vinculada en buena medida al narcotráfico hacia el Caribe, a la zona fronteriza y a negocios transfronterizos.
No se trataría, dice, de una reproducción exacta del modelo de confrontación que el ELN protagoniza en el Catatumbo, donde la organización ha tenido una disputa abierta y especialmente violenta con el Frente 33. Ese matiz es fundamental para entender lo que está ocurriendo. Porque la hipótesis no es que el ELN haya tomado de un día para otro toda la Alta Guajira.
La hipótesis es otra: después de que las ACSN quedaron debilitadas por golpes militares y policiales, el ELN quedó en una posición más favorable para ampliar o reforzar su presencia sobre sectores en los que operaba.
La caída de Bendito Menor, ocurrida el 4 de septiembre pasado junto a su pareja, La Bebecita, y dos escoltas, golpeó a la subestructura Javier Cáceres, que tenía como eje de operaciones a La Guajira. La Policía había señalado que la estructura tenía cerca de 170 integrantes entre hombres armados y redes de apoyo, y que sus principales rentas estaban relacionadas con extorsión, narcotráfico, control de corredores y tráfico de armas.
Pero el golpe de septiembre no fue el primero que recibió esa organización. Cinco meses antes, en abril, nueve integrantes del anillo de seguridad y de la red de apoyo de Bendito fueron abatidos en la vereda Kamuishisain, en Uribia. El Ejército presentó esa operación como un golpe decisivo contra el frente Javier Cáceres.
Después vinieron más capturas y, finalmente, la muerte de Bendito. El 21 de septiembre cayó alias Cholo, señalado como segundo cabecilla de las ACSN, y días después el Gobierno ordenó trasladar a 76 personas recluidas en cárceles del Caribe por sus presuntos vínculos con la estructura, bajo el argumento de que podían seguir impartiendo órdenes desde prisión.
En menos de seis meses, las autoridades golpearon diferentes niveles de una organización que había convertido parte de La Guajira en uno de sus principales escenarios de operación. Y es justamente allí donde aparece la pregunta que todavía no ha sido respondida: quién está ocupando el espacio que dejaron.
Dos fuentes consultadas para esta investigación describen un cambio territorial ocurrido después de la muerte de Bendito Menor. Una de ellas, con conocimiento de Nazareth, sostiene que las células de las ACSN que tenían presencia en la Alta Guajira y en el casco urbano de Uribia comenzaron a retirarse después de esos golpes.
Según esa fuente, el repliegue no habría significado que desaparecieran las economías ilegales, sino que dejó disponible un territorio sobre el que otros actores tenían capacidad para entrar. La misma fuente señala que el Clan del Golfo «intentó aprovechar el escenario», en medio de su propia disputa con las ACSN, pero que encontró en la zona a un enemigo que ya estaba instalado: el ELN.
En ese punto reaparece el análisis de la FIP. Tobo explica que la relación entre el Clan del Golfo y el ELN en La Guajira no alcanza, hasta ahora, el nivel de una disputa territorial abierta que la fundación pueda clasificar. Según su análisis, el foco de confrontación más importante del departamento sigue estando en el escenario relacionado con las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada y el Clan del Golfo, especialmente por lo que ocurre alrededor de Magdalena, Dibulla y Riohacha.
En las zonas donde coinciden Clan del Golfo y ELN, dice, sí existen hechos de violencia y señales relevantes, pero no con la frecuencia y magnitud suficientes para hablar de una disputa consolidada. Tobo lo describe como una situación de coexistencia y de desorden criminal más que como una guerra territorial abierta.
Esa apreciación introduce una precisión importante al relato de las fuentes. El ELN estaría ganando margen de maniobra, pero eso no significa que toda expansión de esa guerrilla sea producto de una confrontación directa con el Clan del Golfo.
El dato de fondo es más incómodo para cualquier autoridad: el Estado no llenó el espacio que dejaron las ACSN. Si lo que crece en la Alta Guajira es la capacidad de maniobra de otro grupo armado, el costo lo pagan las comunidades que quedan atrapadas entre controles ilegales, corredores del narcotráfico y negocios transfronterizos.
Para entender el presente hay que volver a esa semana: las operaciones contra Bendito Menor golpearon a una estructura armada, pero no resolvieron la disputa por el territorio. Y mientras el aparato estatal celebra bajas, en la trastienda sigue intacto el incentivo que alimenta la expansión criminal.
Ahí está el desenlace que importa: cuando el Estado no ocupa con seguridad y presencia real los espacios que libera, otros lo hacen. Y en esa lógica, la propiedad, la libertad de tránsito y el orden quedan subordinados a la fuerza de quienes controlan el territorio con armas.



