La escena lo dice todo. Eran casi las diez de la noche del sábado cuando una furgoneta blanca irrumpió en Ahornsteig, el sendero arbolado que atraviesa el Tiergarten, en el corazón de Berlín. Cientos de miles de personas celebraban el Christopher Street Day, uno de los eventos del Orgullo más grandes de Europa. El conductor embistió a los peatones, chocó contra un árbol, bajó del vehículo y, según las autoridades, continuó el ataque con un arma blanca antes de huir. Una mujer murió. Al menos 29 personas resultaron heridas; once de ellas, con lesiones graves o que pusieron en riesgo su vida, según el cuerpo de bomberos de Berlín.
El sospechoso fue identificado como Abdul Ballout, ciudadano alemán de 21 años con raíces libanesas, nacido en Alemania —su madre fue naturalizada en 2002, tres años antes de su nacimiento, según las autoridades—. Durante casi 24 horas, una operación policial a gran escala cubrió estaciones de tren, aeropuertos y fronteras. El domingo, alrededor de las seis de la tarde, la búsqueda terminó en Spandau, un barrio al oeste de la ciudad. Ballout se abalanzó sobre los agentes con un arma blanca. La policía abrió fuego. Los intentos de reanimación en el lugar no tuvieron éxito.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. El ministro del Interior alemán, Alexander Dobrindt, fue directo ante los periodistas: «Todo lo que vemos aquí indica un ataque terrorista islamista». Añadió que el sospechoso «había llamado la atención de las autoridades en el pasado» y que «pertenecía al entorno islamista».
Los detalles cuentan la historia. La Fiscalía de Berlín publicó el historial de Ballout el domingo por la noche. En 2019 fue declarado culpable de agredir a una víctima en un patio escolar. En 2020, de robar con un cómplice. En 2022, un tribunal de menores lo condenó por agresión y robo. En mayo de 2025, viajó a través de Turquía hacia Líbano con la intención de unirse al Estado Islámico en Siria, según los fiscales. Fue arrestado en el Líbano en julio de 2025 y condenado a tres meses de prisión por «incitación al conflicto religioso y sectario». En noviembre de 2025 regresó a Alemania, donde fue detenido en el aeropuerto de Berlín-Brandeburgo y puesto en prisión preventiva. En mayo de 2026, un tribunal lo condenó a un año y diez meses de prisión por «preparar un acto grave de violencia que pone en peligro al Estado». La sentencia fue aplazada seis meses y Ballout quedó bajo supervisión de libertad condicional. La Fiscalía había solicitado una pena más larga y sin suspensión; el tribunal no la concedió.
El 3 de julio, la policía registró su domicilio por sospecha de infracción de la Ley de Armas. Solo encontró una pistola de juguete. El caso fue archivado. Tres semanas después, una mujer estaba muerta en el Tiergarten.
El canciller Friedrich Merz visitó el lugar del ataque el domingo y habló ante una misa en memoria de las víctimas. «Estos extremistas no tienen lugar en nuestra sociedad», declaró, prometiendo defender «la libertad y la apertura» de la vida alemana. El alcalde de Berlín, Kai Wegner, calificó la captura del sospechoso en menos de 24 horas de «gran éxito» para las autoridades investigadoras. Dobrindt anunció que el nivel de amenaza en Alemania sería elevado y que otros estados recibirían recomendaciones para revisar sus medidas de seguridad en eventos masivos.
Esa misma noche, algunos miembros de la comunidad LGBTQ+ se congregaron ante la Puerta de Brandeburgo en una vigilia improvisada. Cientos de personas acudieron al Tiergarten a depositar flores y velas a lo largo del Ahornsteig.
Lo que queda sobre la mesa es una pregunta incómoda para el Estado alemán: ¿por qué un hombre con ese expediente —condenas juveniles, viaje documentado para unirse al ISIS, propaganda del Estado Islámico publicada en su cuenta de Instagram en 2024, nueva condena en mayo de 2026— caminaba libre por Berlín en julio? La respuesta está en un sistema judicial que aplazó la ejecución de la pena y en una fiscalía cuya petición de mayor rigor fue ignorada. El aparato burocrático tenía los datos; eligió la indulgencia. El coste lo pagó una mujer que salió a celebrar una noche de verano en el Tiergarten.


