La escena lo dice todo.
Eran las 11:11 de la mañana del sábado 8 de agosto cuando el Cuerpo de Bomberos de Río de Janeiro recibió la alerta. En un hangar cercano, Víctor Manrique y otros dos familiares aguardaban su turno para subir al helicóptero. Llevaban entre treinta y cuarenta minutos esperando. La aeronave no regresaba. Nadie les decía nada.
Rocío Cubillos, Wendy Manrique y Sofía Murillo —abuela, madre y nieta— habían abordado primero el Robinson R44 matrícula PP-MFS para un recorrido panorámico de veinte minutos sobre las montañas de Río de Janeiro. El piloto brasileño Alessandro Rocha completaba la tripulación. El plan era sencillo: seis integrantes de la familia divididos en dos grupos de tres, porque la aeronave no admitía más pasajeros por turno. Las tres mujeres subieron primero por orden de llegada.
El helicóptero chocó contra la falda de un cerro en la zona boscosa de Vista Chinesa, dentro del Parque Nacional de Tijuca, en el área de Alto da Boa Vista. El impacto fue seguido de una explosión inmediata y un incendio que se extendió por la vegetación. No hubo sobrevivientes. Cuando los rescatistas llegaron al lugar, los restos de la aeronave y sus ocupantes estaban completamente calcinados.
El operativo de rescate movilizó 40 militares, 11 vehículos y cuatro unidades operativas del Departamento de Bomberos y el Grupo de Operaciones Aéreas. La dificultad del terreno obligó a utilizar técnicas de cuerda y elementos de seguridad especializados para acceder al sitio.
Mientras tanto, en el hangar, Víctor Manrique buscaba respuestas. Según relató al medio brasileño g1, un empleado le informó que el piloto había reportado la necesidad de realizar un aterrizaje de emergencia. Eso fue todo. «Nunca nos dieron la noticia. Nos enteramos por Internet», lamentó Manrique.
Los detalles cuentan la historia.
La familia había viajado por primera vez a Brasil. El motivo era la celebración de los quince años de una de las adolescentes del grupo. Un viaje de cumpleaños, el primero a ese país, terminó en tragedia por una combinación de circunstancias que Manrique describió con precisión: «Debido a circunstancias de la vida, ninguno de los tres pudimos subir al primer helicóptero porque llegaron primero».
Daniela Castañeda y su hija Laura también esperaban en tierra junto a Manrique. Los tres sobrevivientes se enteraron del accidente a través de las redes sociales, donde circularon rápidamente las últimas imágenes de las víctimas tomadas antes del vuelo.
Victor Manrique publicó en su cuenta de Facebook: «El último viaje de la mitad de mi familia. Gracias Dios, por permitirle a mi familia conocer lo bello que es este mundo y ahora darle la oportunidad de conocer lo bello del paraíso. Mi hermanita, mi madre y mi sobrina. Las amaré siempre en esta vida y la otra».
La Cancillería de Colombia emitió un comunicado en el que lamentó la muerte de las tres ciudadanas y anunció que el Gobierno nacional está acompañando a los familiares en las gestiones necesarias. Las investigaciones para determinar las causas del accidente continúan en marcha.
Para entender el presente hay que volver a esa semana.
Lo que quedó expuesto en Vista Chinesa no es solo una tragedia familiar, sino una pregunta sin responder sobre los protocolos de comunicación de las empresas de turismo aéreo: una familia entera esperó durante casi una hora sin recibir información oficial sobre el destino de sus seres queridos. Que los familiares se enteraran por Internet —y no por los operadores del servicio que contrataron— es un dato que las autoridades brasileñas deberán incorporar a su investigación. El desenlace no cambia. Pero la forma en que se gestionó la espera también forma parte de esta historia.



