La escena lo dice todo. En la grabación, Naldy Saldaña pasa de la sonrisa al desconcierto en cuestión de segundos: César Sánchez Chavesta, exdirector musical de la agrupación peruana La Bella Luz, le toma la mano mientras comparten escena con la excompañera Fiorella Castillo. La cantante retira la mano y pronuncia un «¡Au!» audible. El video, captado durante un ensayo y difundido después en redes sociales, se convirtió en el nuevo centro del debate público en Perú.
El registro se suma a un caso que ya venía acumulando evidencia. Según relató la propia Saldaña en una entrevista en vivo con el programa Magaly TV La Firme, para obtener las primeras imágenes tuvo que recurrir a un argumento falso: le dijo a un trabajador que había perdido algo y que necesitaba revisar las cámaras de seguridad. «Yo sabía que si decía la verdad, no me iban a dejar acceder», declaró. La grabación, realizada con su teléfono móvil directamente desde la pantalla de monitoreo, se convirtió, según la fuente, en la principal prueba audiovisual del caso.
Los detalles cuentan la historia. Que una mujer haya tenido que valerse de un pretexto para documentar lo que le ocurría dentro del propio espacio laboral describe con precisión el entorno en que se desarrollaron los hechos denunciados. Las imágenes del ensayo no requieren interpretación: muestran a Sánchez Chavesta insistiendo en el contacto físico pese a la negativa visible de la artista.
La reacción del entorno de la orquesta ha sido, en el mejor de los casos, tardía. Óscar Custodio, dueño de La Bella Luz y primo del acusado, reconoció públicamente su error. «Yo debo asumir... la verdad, yo nuevamente pido perdón por todo esto que ha pasado. Actué mal, no hice lo que tenía que hacer, de repente me ganó el momento de ser familiar de él», manifestó Custodio. La conductora Magaly Medina lo confrontó durante la entrevista televisiva: «Usted estaba más preocupado por cómo ella había grabado», le señaló, apuntando a una prioridad que, según su lectura, estuvo invertida.
Mientras el dueño pedía disculpas, su hijo Óscar Junior —quien según informes asumió la dirección de la agrupación— guardó silencio. La abogada Rosario Sasieta fue directa: «¿Te comieron la lengua?», lanzó públicamente, sumándose a las voces que exigen un pronunciamiento. En redes sociales, seguidores de la banda apilaron mensajes de decepción: «¿Qué fue?, no hablas», «¿También será apañador como su viejo?» y «¿Así dices que son una familia todos?» figuran entre los comentarios citados por la fuente.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La combinación de un video que circula sin control, una denuncia pública detallada y la confesión del propio empresario dejó al caso en un punto sin retorno mediático. Lo que comenzó como una denuncia de acoso sexual dentro de una orquesta de cumbia peruana se transformó en un debate sobre complicidad institucional, silencio corporativo y los costos de proteger a un familiar por encima de una trabajadora.
Desde Hemisferio, el ángulo es claro: lo que está en juego no es solo la conducta de un individuo, sino la estructura que la toleró. Cuando el dueño de una empresa admite que «le ganó el momento de ser familiar» del acusado, está describiendo exactamente el mecanismo por el cual el abuso persiste: no por ausencia de pruebas, sino por ausencia de voluntad para actuar. Que haya sido una trabajadora quien tuvo que ingeniárselas para obtener evidencia dentro de su propio lugar de trabajo —mintiendo para acceder a cámaras que registraron lo que le hicieron a ella— es una imagen que debería incomodar a cualquier entorno laboral, no solo al de la farándula peruana. El mercado, la reputación y la presión pública terminaron haciendo lo que la lealtad familiar impidió: forzar una respuesta.



