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El verano que le costó mil millones a la economía británica

Una ola de calor de dos semanas dejó más de 1.500 millones de dólares en producción perdida en el Reino Unido. El debate ahora es quién paga la adaptación: el contribuyente, el empleador o ambos.
Imagen ilustrativa
jueves 23 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Era la semana del 22 de junio y en Norfolk, en la localidad de Lingwood, el termómetro marcó 37,7 °C —99,86 °F— el día 26. Era el registro provisional más alto jamás anotado en junio desde que el Reino Unido lleva estadísticas, en 1884. Trenes cancelados, escuelas cerradas, oficinas vacías. Y al fondo, un contador silencioso sumando pérdidas.

El número final lo puso sobre la mesa el Grantham Research Institute on Climate Change and the Environment junto al Euro-Mediterranean Center on Climate Change (CMCC): aproximadamente £1.150 millones —más de 1.500 millones de dólares— de producción económica evaporada en una sola semana.

La aritmética del calor

Elizabeth Robinson, directora del Grantham Research Institute, y Shouro Dasgupta, economista ambiental del CMCC y fellow visitante en el mismo instituto, encuestaron a 1.950 adultos británicos activos laboralmente durante la semana del 22 de junio. El cuestionario medía horas trabajadas, esfuerzo percibido, salud, calidad del sueño, cambios en el desplazamiento y condiciones del entorno laboral.

Los resultados son concretos. La reducción promedio en horas trabajadas fue de 0,47 horas por persona a lo largo de la semana. Extrapolado a una población activa de 34,4 millones de personas, eso equivale a aproximadamente 16 millones de horas perdidas. Un 3,6% de los encuestados —equivalente a unos 1,25 millones de trabajadores en el conjunto de la población— declaró no haber trabajado en absoluto esa semana debido al calor.

Los sectores más golpeados fueron los de mayor exposición física: construcción y agricultura registraron reducciones de horas superiores a las de empleos de oficina. La brecha no sorprende, pero la magnitud sí.

Robinson advierte además que la cifra es conservadora. «No incluimos si la gente redujo su esfuerzo, es decir, la productividad por hora, porque no podemos medirlo con este enfoque», señala. En otras palabras, los £1.150 millones son el piso, no el techo.

Adaptarse o pagar

El 49% de los trabajadores encuestados dijo tener acceso a aire acondicionado. El 27% afirmó que su empleador tomó medidas para enfriar el entorno laboral: instalación de climatización, mayor ventilación o provisión de sombra. Robinson reconoce que «las medidas de adaptación sí reducen con éxito las horas perdidas por el calor y protegen en cierta medida la salud de los trabajadores».

Pero el diagnóstico estructural es severo. Gran parte del parque inmobiliario británico fue construido para un clima frío. Las viviendas y edificios de oficinas están diseñados para retener calor, no para disipar­lo. «El Reino Unido está construido para un país frío, y ahora tenemos un clima mediterráneo con edificios pensados para mantenernos calientes, no para refrescarnos», resume Robinson.

Desde el CMCC, Dasgupta va más lejos y pide regulación: umbrales máximos de temperatura en el trabajo, pausas de descanso obligatorias o descansos adicionales para hidratación. «Los efectos son demasiado significativos en este momento para dejar esto sin atención», sostiene.

La ola de calor se extendió entre el 18 de junio y el 1 de julio, convirtiendo a junio en el más cálido desde que existen registros en 1884 en Inglaterra, con temperaturas máximas diarias que con frecuencia superaron los 32 °C.

Lo que está en juego

La trastienda del debate es más interesante que el titular climático. Cuando una ola de calor destruye £1.150 millones en una semana, la pregunta política no es si el clima cambia —eso ya está en los datos—, sino quién absorbe el coste y bajo qué reglas.

Desde la línea de Hemisferio, la respuesta importa. Si la solución pasa por regulación obligatoria impuesta desde arriba —umbrales de temperatura dictados por el Estado, pausas mandatorias, inspecciones laborales—, el aparato burocrático crece y la carga recae sobre los empleadores, muchos de ellos pequeñas y medianas empresas sin margen para absorber nuevos costes de cumplimiento. Si en cambio la adaptación se canaliza a través de incentivos de mercado —desgravaciones fiscales por inversión en climatización, competencia por talento que premie entornos laborales mejores—, el resultado es similar pero sin multiplicar la regulación.

Los datos de Robinson y Dasgupta son valiosos precisamente porque cuantifican el problema en términos económicos, no morales. Eso abre la puerta a soluciones de libre empresa. El riesgo es que, como ocurre con frecuencia, los gobiernos usen esa evidencia para justificar mandatos en lugar de incentivos. Esa elección —no el termómetro— determinará si el próximo verano cuesta más o menos que este.

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