La escena lo dice todo. Anna Ellena-Rosenau recuerda los veranos de su infancia en Mountain Meadow Ranch Summer Camp, fundado por su abuelo hace 70 años en las montañas de Sierra Nevada, California. Las noches eran tan frescas que los campistas llegaban a la fogata con jeans, sudaderas y gorros de lana. Hoy, según cuenta como directora del mismo campamento, esa misma fogata se hace en shorts y camiseta sin mangas.
Ese detalle resume algo más grande: el verano estadounidense ha cambiado, y los campamentos de verano —institución cultural de larga data en el país— están rediseñando sus operaciones para sobrevivir a esa nueva realidad.
El detonante de una temporada distinta
El verano pasado, las inundaciones en Camp Mystic, Texas, mataron a 28 personas, 25 de ellas campistas. El impacto fue inmediato en el sector. Brooks Johnson, director de Brown Ledge Camp en Colchester, Vermont, afirma que durante la temporada baja cada familia con la que habló planteó la misma pregunta: ¿qué tan seguros están nuestros hijos?
Vermont, por cierto, no es ajeno al problema. El estado también ha sufrido inundaciones significativas en los últimos años, lo que convierte la preocupación de Johnson en algo más que solidaridad a distancia.
Para responder a esa presión, Johnson coordinó con autoridades locales la identificación de zonas de evacuación y contrató a un ingeniero estructural para certificar que los edificios del campamento resisten tormentas severas. «Es mucho trabajo prepararse para lo peor y esperar no tener que usarlo nunca», reconoce.
Más calor, menos agosto
Los últimos 11 años han sido todos parte del grupo de los más cálidos registrados en la historia instrumental, según recoge la fuente. En ningún momento eso se siente con más fuerza que en el verano, y los campamentos lo notan en la logística cotidiana.
Henry DeHart, director ejecutivo de la American Camp Association (ACA), matiza que los planes de contingencia ante calor extremo no son una novedad para el sector. «Siempre ha habido días con índices de calor elevados», dice. Lo que ha cambiado es la frecuencia: donde antes había cinco días de calor extremo en una temporada, ahora pueden ser ocho o diez.
En Mountain Meadow, la respuesta ha sido quirúrgica. Los períodos de actividad se acortaron. Las botellas de agua se convirtieron en pases obligatorios para acceder a cualquier actividad, garantizando que ningún campista se mueva sin hidratación. Y el campamento eliminó por completo la sesión de agosto, el mes de mayor calor y mayor riesgo de incendios forestales. En 2021 y 2024, el humo de incendios los obligó a cancelar sesiones enteras.
En Brown Ledge, un día de calor extremo derivó en una solución improvisada que ya forma parte del folclore del campamento: los campistas que iban a montar a caballo llegaron con sus botas puestas… y traje de baño. La actividad del día fue bañar a los caballos.
El argumento que no cede
DeHart, cuya organización acredita campamentos como Mountain Meadow y Brown Ledge y les exige planes documentados para eventos extremos —incendios, inundaciones, tormentas—, defiende la vigencia del modelo con un argumento que va más allá del clima: «En la era de internet, los teléfonos y las redes sociales, los niños están menos al aire libre, son menos activos y construyen menos relaciones cara a cara. El campamento es más importante ahora que nunca».
Ellena-Rosenau, por su parte, encuadra los cambios en la lógica propia de la institución. «El campamento trata de adaptarse y ser flexible», dice. «Han sido 70 años de este campamento, y cada verano ajustamos, evaluamos y encontramos nuevas formas de combatir el calor».
La lectura de Hemisferio
Lo que está ocurriendo en los campamentos de verano de Estados Unidos es, en el fondo, una historia de iniciativa privada respondiendo a condiciones cambiantes sin esperar instrucciones desde Washington. Ingenieros contratados, protocolos rediseñados, sesiones canceladas por decisión propia: el mercado y la responsabilidad individual funcionando como deben.
El riesgo real no es el calor ni los incendios en sí mismos —el sector lleva décadas gestionándolos— sino la tentación regulatoria que suele llegar después de cada tragedia. La muerte de 28 personas en Camp Mystic es una pérdida genuina que merece respuestas genuinas. La pregunta es si esas respuestas las darán mejor los directores de campamento que conocen su terreno, o los burócratas que legislan desde la distancia.



