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El verano italiano de Alejandra Rubio y Carlo Costanzia

La pareja recorre Cerdeña, Génova y Milán con su primer hijo y a pocas semanas del nacimiento de su segunda hija. Las redes sociales, su único escenario.
Imagen ilustrativa
jueves 16 de julio de 2026

Porto San Paolo no es la Costa Esmeralda. Lo saben ellos y lo saben sus seguidores. El enclave costero del municipio de Loiri Porto San Paolo, en el noreste de Cerdeña, tiene menos de 1.000 habitantes y un ritmo que nada tiene que ver con el turismo de yates y boutiques que domina los kilómetros de costa más al norte. Alejandra Rubio y Carlo Costanzia lo eligieron precisamente por eso.

Desde allí, la hija de Terelu Campos publicó una secuencia de instantáneas románticas con la silueta de la isla de Tavolara al fondo: piedra caliza, 565 metros sobre el nivel del mar, aguas protegidas por el Área Marina Protegida de Tavolara-Punta Coda Cavallo. Un paisaje que no necesita filtro.

La ruta comenzó antes, en Génova. La pareja alquiló un coche para moverse por la región, con Carlo Costanzia al volante y Alejandra en la parte trasera junto a su hijo, el pequeño Carlo. Las imágenes que circularon en redes mostraron calles históricas, gastronomía local, el ambiente portuario y una terraza con vistas al puerto desde la que Alejandra posó para la cámara. También al niño jugando al billar, en uno de esos detalles domésticos que dicen más que cualquier declaración.

De Génova a Cerdeña. De Cerdeña a Milán. En la capital lombarda, Costanzia ejerció de guía entre enclaves reconocibles y rincones que conocía de antes. Alejandra se dejó fotografiar embarazada frente al Duomo y en la Galería Vittorio Emanuele, con un vestido de estampado animal print que varias cuentas de moda apuntaron como respuesta práctica a la ola de calor europea.

El vínculo con Italia no es nuevo ni accidental. La familia paterna de Carlo Costanzia tiene raíces en ese país, del mismo modo que Málaga aparece de forma recurrente en las escapadas de la pareja como punto de contacto con las raíces andaluzas de Alejandra. Italia y el sur de España: dos coordenadas que se repiten desde el inicio de su relación.

El viaje se enmarca en las últimas semanas antes del nacimiento de su segunda hija. La pareja espera una niña, hermana del pequeño Carlo. Las vacaciones funcionan, en ese sentido, como un paréntesis consciente: el último verano de tres antes de ser cuatro.

La exposición pública tiene sus propias reglas en este caso. Alejandra Rubio y Carlo Costanzia llevan meses alejados de los platós de televisión, pero mantienen una presencia activa y calculada en redes sociales. Cada imagen compartida responde a una lógica visible: mostrar lo suficiente para alimentar el relato, sin ceder el control del encuadre. Los paseos de la mano y los besos con escenarios de fondo no son casuales; son, según el propio tono de sus publicaciones, también una respuesta visual ante los comentarios que con frecuencia aparecen en sus perfiles.

Los detalles cuentan la historia. Un niño jugando al billar en Génova, una embarazada frente al Duomo, un coche alquilado para moverse sin depender de nadie. El verano de Alejandra Rubio y Carlo Costanzia es, ante todo, una declaración de normalidad buscada.

Para Hemisferio, lo más relevante de esta crónica no es el itinerario sino la mecánica que lo rodea: la pareja gestiona su imagen pública con una disciplina que muchos profesionales de la comunicación envidiarían, sin agencias de prensa ni ruedas de preguntas. En un ecosistema mediático donde la sobreexposición suele acabar en desgaste, su apuesta por el control del relato propio —lejos de los programas de corazón, cerca de las redes directas— representa un modelo que cada vez más figuras públicas están adoptando. El resultado, por ahora, les funciona.

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