La escena lo dice todo. El martes era el penúltimo día de sesión de la Cámara de Representantes antes del receso de agosto, y el calendario amenazaba con no dejar mucho espacio para legislar hasta después de las elecciones. Así que la mayoría republicana decidió hacer lo que el Congreso hace en sus mejores —y más caóticos— momentos: meterlo todo en un día.
La noche anterior, la Cámara ya había aprobado un plan de gasto provisional que renueva los niveles actuales de financiación para evitar un cierre de gobierno en octubre. El plazo de esa medida llega hasta el 4 de diciembre. Los conservadores fiscales encontraron en eso un motivo de satisfacción: las llamadas stopgap bills no añaden gasto nuevo, simplemente extienden el existente, lo que «en cierta forma», según la lógica de sus promotores, sostiene el piso fiscal sin concesiones al aparato burocrático.
Pero el verdadero plato fuerte era otro. La Cámara tenía previsto avanzar ese martes en el marco presupuestario que abre la puerta al SAVE America Act a través del proceso de reconciliación presupuestaria, el mecanismo legislativo que es inmune al filibusterismo en el Senado. Sin ese marco aprobado por ambas cámaras, no hay reconciliación. Sin reconciliación, no hay SAVE America Act. Por eso el día importaba.
Lo que los republicanos de la Cámara planean cargar en ese vehículo legislativo —bautizado ya como «Reconciliación 3.0»— es ambicioso en volumen y en alcance. Además del SAVE America Act, el paquete incluiría decenas de miles de millones de dólares vinculados a la situación con Irán y al reabastecimiento de municiones del Pentágono, según informó Fox News, así como fondos para programas agrícolas.
El presidente Donald Trump, por su parte, presionó públicamente al Congreso para que el SAVE America Act avance.
Los detalles cuentan la historia, y aquí los detalles complican el cuadro. La Cámara y el Senado republicanos no están en la misma página. John Thune, líder de la mayoría republicana en el Senado, señaló que su cámara considerará el plan de gasto provisional aprobado por la Cámara, pero ese plan necesita 60 votos y está sujeto al filibusterismo. La mayoría de los demócratas, que no participaron en su redacción, previsiblemente lo rechazarán.
Esa brecha entre las dos cámaras no es un detalle menor. Es la trastienda donde se decide si el sprint legislativo del martes se convierte en legislación real o en otro ejercicio de voluntarismo político que el calendario devora. Para entender el presente hay que volver a esa semana: la mayoría republicana tiene una ventana estrecha y la está usando con todo.
Para Hemisferio, el cuadro es más revelador que cualquier discurso. El proceso de reconciliación es, en esencia, el único camino que tiene la mayoría republicana para legislar sin depender de votos demócratas en el Senado. Que ese camino esté siendo utilizado para empaquetar desde el SAVE America Act hasta gasto de defensa y programas agrícolas dice mucho sobre la presión del calendario y la fragilidad de los consensos internos. El contribuyente americano, que financia cada uno de esos renglones, merece saber que la velocidad legislativa no siempre es sinónimo de deliberación. La pregunta que queda abierta —y que el receso no responderá— es si la Cámara y el Senado republicanos lograrán alinear sus prioridades antes de que el calendario los alcance.



