La escena lo dice todo. Un astillero en la costa del golfo de Urabá, un hombre de 68 años con las manos curtidas por décadas de trabajo con madera, y seis jóvenes que nunca antes habían construido nada que flotara. Al final del proceso, una goleta. Una embarcación tradicional, de las de antes, levantada tabla por tabla según los secretos de un oficio cuyos orígenes se remontan a los tiempos coloniales.
Ese es el corazón de la crónica «Con barco a vela revive el oficio de la carpintería naval en costa de Urabá», del periodista Juan Diego Ortiz Jiménez, editor del área Metro del periódico El Colombiano. El texto acaba de ser galardonado en el Premio al Periodismo Social y Ambiental de la Constructora Capital, en su categoría Impacto Social Positivo. La ceremonia de entrega se realizó este martes.
El protagonista de la historia es Luis Miguel Coneo, presentado en la crónica como uno de los últimos maestros de una histórica dinastía de constructores de barcos en Turbo, municipio del Urabá antioqueño. Según el texto galardonado, desde hace por lo menos 40 años la construcción de barcos de madera casi se ha extinguido en la región. Coneo es, en ese contexto, una figura que carga con un conocimiento que el tiempo amenaza con borrar.
La iniciativa que da vida a la crónica fue liderada por Ruth Cantillo, directora de la Corporación Social y Cultural CocoBalé, y el sociólogo de origen holandés Gerard Martin. Bajo ese proyecto, Coneo asumió la tarea de transmitirle su oficio a seis aprendices. Sin conocimiento previo, los seis jóvenes construyeron junto al maestro una embarcación tradicional.
Para entender el presente hay que volver a ese astillero. El golfo de Urabá atraviesa hoy un momento de transformación: con la apertura de su primer puerto, la zona se ha convertido en escenario para el tránsito de grandes buques cargueros. Es el Urabá de la logística internacional, del comercio de gran escala. La crónica de Ortiz Jiménez elige mirar en otra dirección: hacia la orilla donde un hombre mayor le enseña a los jóvenes cómo doblar una madera, cómo leer el agua, cómo construir algo que dure.
La categoría que reconoció el trabajo —Impacto Social Positivo— busca, según la convocatoria del premio, exaltar temáticas relacionadas con programas, proyectos e iniciativas que hayan contribuido a la generación y protección del empleo, al crecimiento económico, al desarrollo de comunidades, a la innovación social, el empoderamiento, las mejoras escolares y la superación de la pobreza en poblaciones vulnerables.
Los detalles cuentan la historia. No es un proyecto estatal, no es un programa de gobierno, no es un subsidio. Es un maestro, una corporación cultural, un sociólogo y seis jóvenes que decidieron que un oficio no tenía por qué morir. La goleta que construyeron es, en ese sentido, más que una embarcación: es evidencia de que la transmisión directa del conocimiento —de mano en mano, de generación en generación— produce resultados que ningún manual burocrático puede replicar.
Desde Hemisferio, el episodio merece una lectura más amplia. En una región como Urabá, donde el debate público suele girar en torno a la violencia, el narcotráfico o la disputa por la tierra, una historia como la de Luis Miguel Coneo y sus seis aprendices ofrece un contrapunto valioso: el de comunidades que generan valor desde abajo, sin esperar que el aparato estatal resuelva lo que la iniciativa privada y el tejido social pueden construir con sus propias manos. El oficio de la carpintería naval no se salvará con decretos. Se salvará, si se salva, porque alguien decidió enseñarlo y otros decidieron aprenderlo. Esa es la lección que la goleta deja en el agua.



