La escena es familiar: una copa de vino antes de acostarse, o una calada para «bajar las revoluciones». Para millones de personas, el ritual nocturno incluye alguna sustancia que, se supone, allana el camino al sueño. Los números lo confirman: se estima que casi uno de cada diez estadounidenses usa cannabis regularmente para dormir, y una proporción significativa de adultos hace lo mismo con el alcohol. Las tasas, según los datos disponibles, son aún más altas entre los adultos jóvenes.
El problema es que el alivio es ilusorio.
La química traiciona la promesa
Philip Gehrman, psicólogo y profesor que dirige el laboratorio de Neurobiología del Sueño y Psicopatología en la Universidad de Pensilvania, lo explica sin rodeos: «A medida que el alcohol se metaboliza, se descompone en compuestos que interrumpen el sueño y provocan más vigilia durante la noche. Así que cualquier beneficio al inicio de la noche no vale el precio que se paga el resto de ella».
El cannabis sigue un patrón similar. «Hay mucha menos investigación sobre el cannabis, pero tiene un patrón parecido al del alcohol. Además, si usas cualquiera de estas sustancias como estrategia para mejorar el sueño, aumenta la probabilidad de desarrollar dependencia», advierte Gehrman.
Lisa Fucito, profesora de psiquiatría en Yale y directora del Servicio de Tratamiento del Tabaco en el Smilow Cancer Hospital, añade otra capa al diagnóstico: «El alcohol, el cannabis y otras sustancias psicoactivas no abordan los procesos conductuales y cognitivos que perpetúan el insomnio». El efecto sedante, explica, tiende a disminuir con la tolerancia en apenas unos días, y puede empeorar la continuidad y la calidad del sueño. La tolerancia se desarrolla rápido, y a menudo le sigue una disrupción de rebote en la segunda mitad de la noche: el cuerpo cobra la deuda con intereses.
El cuadro completo es preocupante. Hasta uno de cada tres adultos padece problemas de sueño persistentes, y quienes los sufren enfrentan riesgos elevados de dificultades cardiovasculares, deterioro cognitivo y trastornos inmunológicos y respiratorios.
La alternativa que funciona —y que ya existe en el mercado
La evidencia científica señala con claridad hacia la terapia cognitivo-conductual para el insomnio como la solución más segura y duradera. No tiene el atractivo de un remedio instantáneo, pero los resultados son distintos en naturaleza.
Noelle Smith, psicóloga y vicepresidenta de atención clínica en Moona Health —una empresa especializada en terapia cognitivo-conductual para el insomnio vía telehealth—, sintetiza el argumento: «El insomnio es altamente tratable». La terapia enseña habilidades concretas: establecer un horario de sueño consistente, fortalecer la asociación entre la cama y el descanso, y modificar las preocupaciones que mantienen a las personas despiertas. «Los resultados son más duraderos que los de la medicación y otras sustancias, con menos efectos secundarios», afirma Smith.
Para quienes no tienen acceso inmediato a servicios formales —por tiempo o por costo—, el Departamento de Asuntos de Veteranos de EE.UU. y el Departamento de Defensa desarrollaron aplicaciones móviles gratuitas, basadas en evidencia, que cualquier persona puede usar sola o junto a su proveedor de salud.
La Academia Americana de Medicina del Sueño, por su parte, lanzó la campaña «Sleep is Good Medicine» con recursos públicos que incluyen un podcast llamado Talking Sleep.
Lo que está en juego
Los detalles cuentan la historia. Detrás de cada copa nocturna o cada dosis de cannabis para «conciliar el sueño» hay una decisión tomada con información incompleta —o directamente errónea. La autora del artículo original, Joan M. Cook, psicóloga, lo dice sin condescendencia: la mayoría de quienes recurren a estas sustancias intenta ayudarse, no dañarse. El problema es que nadie les explicó bien los costos.
Y aquí es donde el marco importa. La respuesta no pasa por más regulación ni por campañas de culpabilización, sino por información honesta y por un mercado de soluciones —aplicaciones, telehealth, terapia accesible— que compita con la comodidad del frasco o el porro. La libre empresa ya está produciendo esas alternativas. Lo que falta es que lleguen con la misma facilidad que el alcohol en el supermercado de la esquina.
Mientras tanto, el aparato burocrático de la salud pública sigue financiando campañas de concientización que rara vez cambian conductas. La evidencia apunta a otra dirección: herramientas concretas, accesibles y basadas en resultados. La diferencia entre ambos enfoques es, en el fondo, la diferencia entre tratar a las personas como pacientes pasivos o como individuos capaces de tomar mejores decisiones cuando tienen mejores datos.



